26 diciembre 2006

Entrar a matar


Ahora parece ser que han declarado Barcelona ciudad sin toros, y que el Gobierno, o no sé qué ministra del ramo (o del florero), se ha unido al general despotrique contra todo lo que suene a español para pedir que el toro no se mate en la plaza, sino fuera, lejos de la vista de los pellejos finos y sensibles. Nos lo pintarán de verde si quieren, como los toros de Lorca, pero a mí no hay quien me convenza de que la fiesta no se prohíbe ni por cruel, ni por inhumana, sino por española. Y el Gobierno, que cuando la memoria histórica no tiene que ver con el franquismo no tiene memoria ni historia, se apunta a defender semejante burla porque si no le dejan de salir las cuentas.
Son patéticos.
Al final, al paso que vamos, va a resultar que si matas a tu abuela porque se mea encima y ya no hay quien la aguante de lo que chochea, te sale a defender alguno por aquello de legalizar la eutanasia; si se te ocurre mandar al cubo de la clínica al niño aún no nacido, porque proviene de un polvo mal echado después de cuatro cervezas, también te salen a defender unos cuantos, por aquello de la libertad sexual; e incluso si has matado a veinte con el tiro en la nuca o el coche bomba el gobierno se sienta a negociar contigo y te pregunta si quieres algo, si te dan una provincia o qué se requiere para que te hagas buen chico. ¡Pero coño!, ¡como se te ocurra matar un toro la has liado!
Por lo visto, de lo que se trata aquí es del modo en que entras a matar: si es con la inyección, el escalpelo o el tiro en la nuca, todo va bien, pero como sea con el estoque o el descabello, entonces te convierten en un apestado. Y justo en Barcelona: donde tienen en el gobierno a un tipo, el Carod, que negoció con ETA que mataran a otros en otra parte. Y sale el gobierno a decirnos, encima, que habría que ir pensando en evitar la suerte de matar en las plazas.
Evitarla en las plazas, pero no en las calles, ni en las clínicas.
Evitarla en las plazas, repito, porque dense cuenta de que no se trata de perdonar la vida al toro y mandarlo de vuelta a sus verdes pastos hasta que muera de viejo, sino de matarlo fuera de la vista de todos, en silencio, en una emboscada, a ser posible atontado, enchiquerado y oliendo a cuadra.
Lo que me extraña, viniendo de esta gente es que no propongan caparlo y ponerlo a tirar de un carro en un concurso de bueyes. Sería lo suyo.

22 diciembre 2006

Competencia desleal




Hace un par de semanas entro en vigor el tan traído y llevado plan de prevención contra el fraude fiscal, y después de echarle un par de vistazos terminé de convencerme de que se trataba de perseguir los cuatro duros de los de siempre, porque al gran fraude, al que roba a manos llenas, este plan le importa un huevo.
Entre las gloriosas medidas que propone el gobierno está la retención de un uno por ciento a las facturas que los empresarios en módulos emitan a otros empresarios. Se supone que con esto se evitarán las facturas falsas o de favor, pero a ver, díganme ustedes: ¿desanima en algo una retención de un uno por ciento a gente que se está metiendo entero el dieciséis de IVA más el treinta del Impuesto de Sociedades? Pues claro que no. De lo que se trata es de retener un uno por ciento para engordar la caja, aunque haya luego que devolverlo en junio de 2008 (después de las elecciones curiosamente, cuando ya esté gastado).
Seguimos: a partir de ahora, al escriturar un piso en notaría habrá que declarar los medios de pago, y especificar con qué se paga cada cantidad. En principio suena bien, pero si se fijan, la osa va contra el consumidor final, o sea, contra el pobre currante que tiene que pagar el piso, y no contra el concejal que recalifica o el constructor que logró la recalificación del solar.
Otra perla, y esta es buena: desde el uno de diciembre, las entidades bancarias deberán tomar nota de quién solicita o ingresa billetes de 500 Euros. Estos billetes, pro tanto, dejan de ser moneda a al portador para convertirse en cheques casi nominales, porque hay que dar el nombre para que te los den o para ingresarlos. No sé a ustedes, pero a mí la cosa me huele a movimiento preparatorio de un futuro corralito. En cuanto a la pasta que se pira a Suiza o Gibraltar, ni mencionarla.
Otra estupenda: hasta ahora, se consideraban operaciones vinculadas las que realizaban empresas con propietarios en parte coincidentes. Ahora se consideran operaciones vinculadas las 2ue se realicen entre empresas participadas por personas relacionadas por afinidad o parentesco hasta el tercer grado. Esto, que suena confuso, implica que la valoración de los bienes o servicios que se presten estas empresas no será la de la factura, sino la que establezca Hacienda según sus criterios. Así que si alguno de ustedes compra, vende o contrata algo con un primo o cuñado, por ejemplo, que se vaya preparando, porque el valor de la operación no es el de la factura, sino el que Hacienda diga.
Y para el final dejo la traca: a partir de ahora, pagarán los mismos impuestos los beneficios obtenidos por los ahorradores que los beneficios obtenidos por los especuladores. Hasta ahora, cada año que pasaba desde que comprabas un bien hasta que lo vendías, reducía la cuota tributaria. ¡Ahora no! Ahora paga el mismo porcentaje el que tiene un piso desde hace treinta años y lo vende que el que lo compró hace diez días y lo vende hoy por dos millones más. ¡Esto sí que es socialismo con un par!
A veces, cuando salen leyes de estas, acaba uno pensando que el gobierno sólo lucha contra los chorizos porque le hacen competencia. Otra cosa no se entiende.

17 diciembre 2006

Puente de plata



No espabilamos: pasan dos mil años y seguimos igual de burros. Y no es que sea yo de esos que se rasgan las vestiduras diciendo cosas como "sucede esto en pleno siglo XXI", porque siempre he estado convencido de que no son los calendarios los que hacen las cosas, sino los seres humanos. Y los seres humanos, para qué engañarnos, no hemos cambiado un carajo.
Valga un ejemplo.
Allá por el año noventa antes de Cristo, en plena república romana, y tras una larga sucesión de guerras civiles, los romanos eligen a Sila como dictador. ya sé que la cosa es mucho más compleja, pero no estamos aquí para tratados de historia. El caso es que Sila, después de unos años de gobernar a su antojo, da igual si bien o mal, decide retirarse. Lo decide él mismo y se va de Roma por su pie.
Dicen que entonces, muchos de sus enemigos salieron a las puertas de Roma para lanzarle salivazos, insultos y hasta piedras. Dicen también que Sila, un hombre de físico impresionante, se detuvo, se volvió a ellos y les dijo: "Idiotas. Si tratáis así al tirano que se va, ningún otro querrá marcharse y lo habréis de sufrir hasta su muerte".
Y Dice Plutarco que, avergonzados, los enemigos de Sila se callaron y se volvieron a sus casas, porque Sila tenía razón.
Aquellos se cayaron proque tenían vergüenza, pero me temo que hoy en día, además de no haber aprendido nada no nos callamos.
Me refiero, por supuesto, a la estúpida y descerebrada persecución de que se hizo objeto a Augusto Pinochet después de dejar el poder en Chile. No entro a valorar los crímenes que había cometido o no; no entro a juzgar si merecía la impunidad, una medalla, la horca, o una estatua en una plaza. Lo que si veo claro es que fue un dictador que dejó el poder por su propia iniciativa abriendo paso a una democracia, y que la obcecación de alguna gente empeñada en perseguirlo ha dado a entender a todos los dictadores del mundo que hay que morir en la poltrona con el pie encima de la gente para que sólo después de muerto puedan decirte lo que opinan.
A los señores como Pinochet, a los que se van por su propia iniciativa y dejan una democracia, habría que darle suna vejez de sol, playa, y buena vida. ¿Por justicia? NO: Para que se larguen y crean que es buena idea jubilarse cuanto antes.
A enemigo que huye, puente de plata, se decía antes. Se decía hace mucho. Cuando la gente pensaba con la cabeza y no con la urna. Cuando los jueces eran jueces y no vedettes de variedades.
Bah.

15 diciembre 2006

Jubilar al lobo



Este caso del espía ruso envenenado con polonio, un compuesto radioactivo hasta por teléfono, puede sonar a novela vieja, pero resulta verdaderamente espeluznante si uno se para a pensarlo un momento.
Todo arranca cuando una famosa periodista, Anna Politkovskaia, es asesinada mientras investiga los abusos de las tropas rusas en Chechenia. El escándalo es tan grande que hasta la ONU condena el asesinato, mientras casi todos los dedos señalan al Kremlin como instigador del crimen. El editor del periódico en que trabajaba esta afamada periodista decide que la cosa no va a aquedar así y contrata a un antiguo espía de la KGB para que investigue la muerte. Y aquí tenemos que el espía, Litvinenko, es envenenado con una porquería radioactiva en Londres días después de que la policía británica detectase, con gran sorpresa, que entre los hinchas rusos que siguieron el partido entre el Manchester y el CSK de Moscú había varios exagentes del KGB.
Todos retirados. Todos ex.
A mí, lo que más miedo me da no es la historia en sí, que también, sino el pensar los miles y miles de espías, especialistas en sabotajes, terrorismo, armamento y explosivos que dejó en la calle el gobierno ruso después de disolver la URSS. Lo que da miedo es pensar a qué se puede dedicar esa gente y a qué empresas puede enviar su currículum, por decirlo de alguna manera.
Cuando una potencia se desmorona, sus ruinas son un perfecto vivero de gentes desesperadas dispuestas a lo que sea para no dar por completamente malgastadas su vida y su juventud. En el caso de Rusia, solemos pensar con aprehensión en qué habrá sido de los miles y miles de cabezas nucleares que construyeron en la carrera de armamentos contra los americanos, pero casi nunca nos damos cuenta de que el verdadero peligro está en la legión de profesionales, perfectamente cualificados, que se quedaron en el paro y que saben, con los ojos cerrados, asesinar a un ser humano o montar una bomba de hidrógeno.
En otros tiempos, estos profesionales era reabsorbidos inmediatamente por los servicios secretos de las potencias vencedoras. Por ejemplo, sin ir más lejos, la GESTAPO nazi estuvo trabajando hasta la vejez extrema para la CIA, con misiones tan "brillantes" como la eliminación del Ché Guevara en Bolivia (Klaus Barbie) o al organización de la policía política chilena (Walter Rauff). Se dice que hubo también antiguos nazis en el bloque del Este, y seguramente sea cierto. Y hasta en la guerra de Vietnam, en el bando vietnamita. Y uno, un tal Glücks, en el Mossad israelí, según cuentan.
En otros tiempos, como decía, había un hueco para esta clase de gente, ¿pero ahora?, ¿quién les da trabajo?, ¿quién necesita sus servicios? Me temo que Ben Laden, asimilables, derivados y sucedáneos.
Entrenamos hombres para matar y una vez que desaparece la necesidad de matar nos olvidamos de que siguen siendo hombres, y no se van a quedar en casa, cruzados de brazos, ni van a poner una frutería o una tienda de ultramarinos. Porque no saben ni de fruta ni de ultramarinos, sino de bombas y venenos, más que nada.
Al final, tras cuarenta años de guerra fría, cayó la URSS, pero aunque supios encontrar y destruir la lobera, parece que aún no se nos ha ocurrido que hacía falta para jubilar al lobo.

14 diciembre 2006

Caer del guindo


O hasta hace un mes éramos tontos de remate, que lo dudo, o ahora nos hemos vuelto muy listos de repente, que tampoco me lo trago.
Que no, oigan. Que no cuela.
Para mí que la reciente avalancha de informaciones sobre corrupción urbanística tiene toda la pinta de querer ocultar otra cosa. No puede ser que algo tan viejo, tan sangrante, y tan conocido de todos haya saltado de repente a la actualidad como si de pronto los jueces se hubiesen caído de un guindo y los periodistas se hubiesen dado de bruces con la realidad.
Si ahora se ponen a dar bombo al tema de los alcaldes y concejales corruptos tiene que ser porque tratan de ocultar alguna marranada que están a punto de hacer o algo que se va a conocer dentro de poco. ¿Quién no había oído hablar alguna vez de sobres, maletines y comisiones en las obras municipales?, ¿quién no sospechaba y sospecha que las licencias de obras se conceden a ritmo de talonario?
Pero lo sabemos ahora, en plena negociación con ETA y en plena vorágine de policías que trafican con explosivos y policías que avisan a los etarras por teléfono de que los va a ir a detener la policía francesa.
La mierda empieza a llegarnos a la barbilla y esa debe de ser la señal para que los acólitos de turno señalen a otro como culpable de lo mal que huele en todas partes.
Porque es verdad que en los ayuntamientos se trapichea a manos llenas. Es verdad que los ayuntamientos son instituciones donde cualquier mindundi o cualquier pringadete (como el autor de este artículo) puede llegar a concejal con el voto de ochenta vecinos y verse luego con más poder de actuación del que nunca imaginase. Es verdad que la política municipal le queda generalmente grande a los que se meten en ella, pero oigan, no me creo que eso lo hayamos descubierto ahora. No me lo creo.
A mí todo esto me suena a la vieja técnica de dar con un palo en la verja del chalé para cabrear al perro mientras el compinche se cuela por otro lado.
Las noticias sobre urbanismos y urbanizaciones, alcaldes y maletines, son el palo que trata de cabrearnos para que no estemos atentos al gran navajazo que planean darnos en otra cosa.
O que ya nos han dado aunque aún no lo sepamos.
¿Se apuestan algo?

En manos del enemigo


A estas alturas ya no debería sorprendernos ninguna posibilidad a la hora de inventar nuevas formas de perpetuar a los mismos, a los de siempre, en la poltrona del poder, pero de vez en cuando surgen conceptos que nos obligan a alzar una ceja.
En México, con parsimonia y perfecta inercia sostenida lograron nada menos que la revolución institucional. En Corea de Norte dieron un paso más allá, y tras la muerte de su líder revolucionario, inventaron la inefable monarquía comunista hereditaria. Por lo que estamos viendo últimamente, los españoles, fieles a nuestra lema de "plus ultra" parecemos decididos a sacarnos de la manga la monarquía federal. Hay quien dice que sería mejor una república, reeditando la segunda, pero mucho me temo que esos no han echado un vistazo a la historia Europea y no han visto lo que pasó en Alemania cuando, añorando el desparecido segundo Reich, crearon el tercero.
Y lo cierto es que no nos vendría mal echar un vistazo a Alemania. Allí, hace escasamente una semana, la canciller Merkel sacó la calculadora y se atrevió a decir a sus conciudadanos que la República federal estaría mucho mejor, más vigorosa, y más próspera, si arrinconase de una vez la duplicación de competencias de los distintos estados federales.
Afirmó también ante el Bundestag que los más beneficiados por la descentralización eran los defraudadores fiscales, que se aprovechaban de la ausencia de una entidad recaudatoria única para evadir sus impuestos. Incluso llegó a decir que las diferencias legislativas entre unos y otros estados eran a menudo aprovechadas para crear y hacer desaparecer empresas cuyo único objeto era aprovecharse de las ayudas y subvenciones con que unos Länder competían contra los otros.
Sin complejos y sin miedo a que la llamaran fascista, dijo asimismo que el estado federal era un estorbo para la coordinación de los servicios públicos, un quebradero de cabeza para la construcción de grandes infraestructuras y un motivo de incertidumbre para los ciudadanos, que debían atenerse a normas emanadas por distintas instituciones, unas normas que a veces resultaban abiertamente contradictorias y que acababan conduciendo a una judicialización escandalosa de la vida pública.
Las reflexiones de la canciller seguían abordando otros muchos puntos, pero tampoco es cosa de aburrirles con la enumeración detallada de lo que aquí, boina en mano, entendemos de sobra: "la unión hace la fuerza". O si no, miren a los Estados Unidos, por ejemplo, que tiene cincuenta estados con distintas leyes pero todos con la misma caja.
Lo dicho: que no hay para qué seguir.
Si acaso, vale la pena apuntar un detalle: la República Federal de Alemania se crea después de la derrota nazi en la segunda guerra mundial, y la crean los aliados. Por tanto, una república federal es una estructura muy adecuada y muy interesante para que te la imponga el enemigo cuando acabas de firmar la rendición incondicional, pero a lo mejor no lo es tanto cuando puedes elegir cualquier otra cosa.
Así que, visto lo que estamos viendo, habrá que preguntarse en España quién nos ha invadido y ante quién hemos firmado la rendición incondicional.
O ante quién la vamos a firmar.
No sé ustedes, pero yo ya lo sospecho.

13 diciembre 2006

Trasvases entre bolsillos


En fechas recientes se ha publicado el dato de que los salarios medios de los españoles, en términos reales, siguen al mismo nivel que en el año noventa y siete. Sin embargo, todos sabemos, dolorosamente, que el nivel de precios ha cambiado de manera escandalosa, sobre todo tras la entrada del Euro.
Dejando a un lado la hechicería, la nigromancia, la brujería y otras artes similares aplicadas por todos los gobiernos a la hora de calcular el IPC, cabe preguntarse cómo es posible que tengamos a veces la impresión de que vivimos mejor que hace unos años cuando en realidad nuestros bolsillos están más flacos que nunca y la cuenta de deudas de los españoles bate todos las plusmarcas conocidas.
En tiempos como estos, en que las impresiones se crean en los estudios de cine y otras bulerías virtuales, hay que tener cuidado con lo que uno opina, pero creo que hay dos caminos principales por los que hemos llegado a pensar que estamos mejor cuando en realidad nos hacemos más pobres cada día:
El primero es la deflación de costes. Esta clase de palabras las usamos los economistas para que no se entienda nada y quedar como señores, pero cuando se escriben en un periódico hay que explicarlas, así que vamos allá: aunque muchos bienes de alto valor, como los pisos, han multiplicado sus precios, hay que reconocer que otros, como muchos alimentos (leche y legumbres por ejemplo) no han subido significativamente de precio. Además, un montón de bienes han bajado de manera drástica, como la ropa. Dicen los malpensados que por eso se autoriza a los chinos a abrir a todas horas y a vender a cualquier precio (y a las grandes superficies a imponer su ley contra el pequeño comercio): para que la gente llegue a fin de mes y no reclame aumentos de sueldo. Aquí tenemos por tanto el primer trasvase: importar a países de mano de obra barata, o importar esa mano de obra, para que los salarios puedan mantenerse bajos sin que el consumo se resienta. A eso se le llama apariencia para hoy y quiebra para mañana.
El segundo trasvase es el de las familias. Como es un tema complicado, les ruego clemencia con mi intento de explicarlo: los salarios que pagan las empresas a los jóvenes que empiezan sólo son aceptables si estos se valen de sus familias para seguir viviendo. Hay multitud de empleos que se ofrecen en el entendimiento de que quien los desempeña no podrá vivir con el salario que recibe, de modo que la empresa se queda con el cien por cien del trabajo, pero sólo sufraga el cincuenta o el sesenta por ciento de los gastos vitales de su empleado. Antes, las empresas conseguían que el ayuntamiento, por ejemplo, les rebajase un cincuenta por ciento el precio del solar en el polígono industrial; eso era una subvención por parte del ayuntamiento. Ahora lo que tenemos es a un padre que le dice a su hijo que vaya a trabajar por quinientos euros, que ya le pondrá él la habitación, y los garbanzos sobre la mesa. Así, si se fijan, lo que tenemos delante de nosotros es que las familias subvencionan directamente a las empresas, pagando de su bolsillo una parte de los costes laborales.
A esto se le llama hambre para hoy y hambre para mañana. Miseria.
O desfachatez.
O atraco.
Pero a los que se dicen de izquierdas se la suda y prefieren desenterrar a no sé quién, muerto en el la guerra civil.
Será porque las injusticias pasadas les dan menos remordimientos quye las que ellos mismos permiten.
Será.

Europa está aquí mismo


Y cada día más cerca, oigan. De hecho, desde esta misma semana, Iberia empieza a ofrecer vuelos a Gibraltar en si catálogo de destinos "europeos".
El proceso de renuncia a cualquier cosa que pueda sonar vagamente a política de Estado parece no tener fin. En esta ocasión, la bajada de pantalones ante Gran Breta a no parece obedecer a un objetivo muy claro: ¿en qué parlamento necesita el Gobierno los votos británicos para sacar adelante una rendición, una tregua o un desfalco? A lo mejor en el de Bruselas, donde votaron ya que era buena idea negociar con criminales, o a lo mejor, quien sabe, en alguna comisión sobre enajenaciones diversas, saqueos con empresas interpuestas y tráfico de traiciones.
Porque Gibraltar es exactamente eso: un lugar donde viven veinte mil personas y se domicilian doscientas mil empresas. Un lugar donde se roba a manos llenas, con pretextos antes, descaradamente ahora, generando sociedades que ni pagan impuestos, ni cumplen garantías, ni obedecen a ninguna norma que no sea la del beneficio inmediato y costa del prójimo.
Gibraltar es la isla Tortuga del siglo XXI, el centro de reunión y libranza de los piratas, y nuestro gobierno, en vez de combatirlos con normativas fiscales, o de mantener su posición ante Gran Breta a siquiera en el asunto de la soberanía, se reúne con los llanitos concediéndoles voz y voto en nuestros asuntos y ayuda a la metrópoli británica a abaratar los costes de mantener en pie la colonia.
Porque no digo yo que haya que volver a aquellos aires nacionalistas de nariz alzada y orgullo herido, reclamando, o mendigando, la espa olidad de Gibraltar, como en otros tiempos. Pero si una potencia extranjera mantiene una colonia en tu territorio y la utiliza para saltarse todas las normas fiscales y sangrarte directamente, habrá que intentar al menos dos cosas: que el da o sea el menor posible, y que el coste sea el máximo para la potencia que se divierte con tales marranadas.
Para obligar a los ingleses a traer en barco hasta el agua mineral se levantó la verja. Para obligarlos a traerlo todo de lejos y a un enorme coste. Si se hubiese mantenido esa política, ya se habría llegado a estas alturas a algún tipo de acuerdo; o quizás no, pero no pondrían allí miles de empresas fraudulentas para robarnos a nosotros. La diferencia entre ellos y nosotros es que ellos supieron aguantar y aquí no tardó en aparecer el mercachifle que prefería venderles lo que fuese aunque sus tres pesetas de beneficio nos costaran cien mil duros al resto.
Lo que no se quiere ver, porque se pierde un bocado de economía sumergida, es que si esas empresas no pudiesen operar en Espa a Gibraltar no sería nada. Pero se permite que se creen y se les permite operar aquí. Y ahora, se les pone avión para que puedan venir a robar desde más lejos. Eso es ser europeos.
Al final, ya ven: la manera de acerarnos a Europa o de europeizarnos nosotros del todo va a ser regalar Lanzarote a los alemanes. Para que nos aplaudan, que estamos muy necesitados de aplausos. O para que se rían de nosotros unos distintos, en vez de los de siempre.

06 diciembre 2006

Agua va


Al paso que llevamos, en este país lo de "agua va" lo acabarán por decir solamente los taberneros. Y ni eso.
Desde que se ha extendido la manía por amurallarse, la manía de lo mío es mío y lo de los demás a medias, el agua se ha ido convirtiendo cada vez más en un arma arrojadiza. La idea, por supuesto, no es tanto hacer algo con ella, o utilizarla para el propio desarrollo, sino impedir que sea el vecino el que pueda mejorar.
Porque no nos engañemos: en toda esta pelea del trasvase del Ebro lo que subyace no es la intención de aragoneses o catalanes de ser ellos los que construyan las urbanizaciones, las industrias o los hoteles, sino que no se puedan construir en Valencia y Murcia y los suyos se llenen aunque sean peores y más caros.
El viejo cainismo, siempre tan de secano, resulta que ahora se moja: no se trata ya de querer lo del otro, sino de que el otro sea pobre para poder ponerlo a nuestro servicio.
Si se echa un vistazo atrás, esta clase de conductas sólo son posibles en la historia en pleno desmembramiento de las naciones. Porque, alo mejor, lo que hay que revisar es qué significa estar juntos y qué significa estar separados.
Si estamos juntos, compartimos lo que buenamente haya, y hoy por ti y mañana por mí. Pero si estamos separados, a lo mejor, las comunidades de mucho territorio y poca población, las que tenemos que mantener muchos kilómetros de cables y de carreteras con el dinero de pocos, tenemos que empezar a pensar en cobrar peajes, pontazgos y portazgos, como en los tiempos de la Edad Media.
En Zamora tenemos la ventaja de poder ir a ver corre el río cuando nos da la gana. En León, por ejemplo, la gente va a ver correr el río cuando le da la gana al río, y la diferencia es significativa, aunque no lo parezca.
Con el tiempo, si nos volvemos tontos del todo antes, nos llegaremos a convencer de que los ríos, todos, corren porque alguien no los cortó más arriba. Como la vida misma, oigan.
Mientras no nos demos cuenta de tan importante verdad, seguiremos peleando por darle una vuelta más de rosca a la boina. O a la ruina.

Llega la revolución



Con estas palabras que suenan tan fuertes me parece que lo mejor es empezar por definirlas para asegurarnos de que hablamos todos de lo mismo: la revolución consiste en modificar una constitución por métodos no previstos en ella misma.
La nuestra, por ejemplo, prevé que las grandes modificaciones constitucionales tendrán que ser consultadas al pueblo y aprobadas en referéndum.
Sin embargo, no sé ustedes, pero yo tengo la impresión de que tratan de meternos grandes cambios de rondón, y a ser posible sin consultarnos.
Eso de llevar al pueblo por el ramal ya se vio, y se sigue viendo, con el tema de la constitución europea, un texto que pusieron a referéndum sin molestarse en informar a nadie, y que en el fondo venía a decir que los políticos tenían derecho a todo, en cualquier momento, sin consultar, y sin que pudiesen ser controlados en modo alguno por los ciudadanos.
Los franceses, que tienen más experiencia que nosotros en eso de cortar cabezas a los políticos que se pasan de listos, votaron negativamente. Increíble, pero han decidido algo que nos beneficia.
Por tanto, eso de llevar al pueblo del ramal no ha funcionado en Europa y dudo mucho que llegue a funcionar. Sin embargo, aquí, en España, parece que se cocina una revolución, o sea, un cambio constitucional no previsto.
Parece que finalmente se va a entregar Navarra a los vascos, diga lo que diga la Constitución. Y aunque lo disfrazarán con un periodo transitorio, todo indica que se establecerán las bases para que todo el que se oponga a la transacción tenga que emigrar a otras tierras. Y no nos preguntarán.
Después de la aprobación del estatuto catalán, parece también que el modelo de Estado va a pasar a un sistema federal, mil veces alabado por algunos dirigentes socialistas, y que seremos una federación de naciones, o de barrios. Y nadie nos ha preguntado ni nos preguntará si nos parece buena o mala idea tener una ley y unos derechos distintos en cada región o en cada provincia.
Da la impresión, asimismo, por lo que estamos viendo en la diaria propaganda farandulesca, de que se están sentando las bases para acabar con la monarquía y decretar en España una república. A mí, personalmente, no me parecería mal si me preguntasen, pero sospecho que van a hacer como en el 31, que impusieron la república por la fuerza y luego se quejaron cuando igualmente por la fuerza la mandaron otros al carajo. Cosas de no leer aquello de "quien a espada mata a espada muere".
Pero el cambio revolucionario que veo más inminente y que más me preocupa es la mudanza en la división de poderes: la necesidad de que los jueces dicten las sentencias que le gusten al Gobierno va a terminar de un plumazo con la independencia del Poder Judicial, y entonces sí que vamos a estar listos cuando tengamos que defender nuestros derechos contra un cacique cualquiera. Elegirán a dedo al Consejo General, y el Consejo general ya usará el látigo como convenga.
Y eso es grave. Gravísimo.
Porque cuando el Gobierno dice que las sentencias tiene que ayudar a un proceso político, a uno cualquiera o a uno como la negociación con ETA, no sólo se está quejando en voz alta de que los jueces no sea tan sinvergüenzas como ellos esperaban, sino que también proclama su propia cobardía.
Los jueces aplican la ley, pero el parlamento la dicta. Si las leyes no le gustan al Gobierno, que las cambie, que para eso está.
Y aún es más: los jueves aplican la ley y condenan a un individuo como el de Juana a 12 años, pero el Gobierno tiene la potestad de indultarlo. Si tanto molesta esta condena al proceso de paz, que lo indulten.
Pero no: es más cómodo, más limpio, y se da menos la cara cuando son otros los que aparentemente se bajan los pantalones.
Así que al final, en vez de cambiar las leyes, nos cambiarán a los jueces.
Al final, tendremos la revolución, o lo que es lo mismo, un tranquilo golpe de estado de domingo por la tarde del que la mayoría ni se va a enterar siquiera hasta el día que vayan a por él. Y entonces, como siempre, será demasiado tarde para quejarse.

11 noviembre 2006

Hábitos negros



El hábito hace al monje.

Me refiero ala costumbre, por supuesto. A medida que se va acostumbrando uno a ciertas cosas, poco a poco la propia esencia muda hasta adaptarse a esas nuevas circunstancias.

Porque los seres humanos ni somos de caucho, ni monolitos inmutables, ni entes aritméticos fijos, y a medida que la interacción con los demás nos enseña el modo de gestionar los pequeños y grandes problemas de cada día vamos cambiando.

Lo malo es que parece que cambiamos para peor. La impunidad general nos instruye en la idea de que las leyes se dictan pensando en que los ciudadanos son delincuentes, con lo que estas leyes llevan ya implícitas en sí mimas el coeficiente de corrección correspondiente. ¿Un ejemplo? La legislación fiscal.

Como el Estado y las administraciones, las muchas, diversas, dispersas administraciones necesitan recursos, decretan impuestos. No hay más que leer las leyes que regulan estos impuestos para darse cuenta de que el legislador ha calculado que el ciudadano va a tratar de escaquear una parte, por lo que grava de manera doble o triple la parte que no se puede escapar, como la nómina, la casa o el coche. La conclusión es evidente: si en lo que no puedes esconder el legislador te cobra también por lo que has escondido, el que quiere ser honrado recibe palo doble y hasta triple.

La administración nos trata como delincuentes y de ese modo, por hábito, nos convierte en delincuentes. El chorizo de poca monta ve que sus raterías no reciben castigo alguno y se convierte en gangster, o forma una banda organizada. El estudiante que pega o acosa a su compañero ve que trasladan de colegio al agredido en vez de expulsarlo a él y se convierte en un matón profesional.

No sigo porque no vale la pena. Quizás el peor hábito conocido sea el de los políticos, que se amparan en que van en listas cerradas que no podemos tocar los votantes para seguir legislando de modo y manera que ellos no tengan que enfrentarse ni con las mafias, ni con los chorizos, ni con los violentos. Su hábito los hace monjes del trapicheo, la cobardía y el abandono.

Para ellos, lo único que cuenta son los votos.

Para nuestros políticos, la realidad social es sólo un efecto secundario.

El poder de la alambrada


Es un hecho: nuestro mundo se amuralla. A gran escala y a pequeña. Se amuralla por todos lados. Algunos países empiezan a construir grandes muros que los separen de sus vecinos; el de Estados Unidos con México y el de Israel con Palestina son los más llamativos, pero no los únicos. En el día a día, podemos ver también cómo se han ido levantando verjas en los parques públicos y como cada vez son más las urbanizaciones que vallan su perímetro, y hasta ponen cámaras y guardias de seguridad en los accesos.

Esta nueva situación me trae a la memoria la controversia sobre cuándo puede decirse que el Imperio romano desaparece como tal, o desaparece como idea. Uno de los postulados, para mí el más interesante, afirmaba que el Imperio romano claudica como tal cuando Aureliano ordena en el año 270 que se amurallen las ciudades.

Cuando el emperador cursa semejante instrucción no sólo las previene para la defensa, sino que además les dice, de modo tácito, que cada cual tendrá que valerse por sí mismo porque el Imperio ya no existe. Ese es el verdadero principio de la Edad Media.

Amurallar es tanto como reconocer que no se tiene ni la fuerza, ni la decisión, ni la confianza para hacer valer la propia ley. Cuando se siente la necesidad de levantar un muro, es porque se confía más en la fuerza del alambre, del cemento y de la piedra que en el vigor de tus instituciones.

Verjan los jardines porque la policía no basta. Vallan las urbanizaciones, porque no confían en el orden que imponen las autoridades. Construyen muros como el de Israel o estadios Unidos porque no se ven capaces de hacer cumplir sus propias leyes de inmigración.

Los muros son siempre señal de debilidad, y parece mentira que hayamos olvidado tan pronto que el de Berlín, y el famoso Telón de Acero, una inmensa línea de alambradas, se construyeron para que la gente no escapase. En la actualidad se levantan para que no entren desde fuera, pero la conclusión es la misma: pura debilidad.

O como dijo un alcalde amigo mío, al que le afeaban no cortar una calle con dos pilotes de cemento para peatonalizarla de veras y que no se colasen los coches: “con una señal de circulación prohibida tiene que bastar. Y si con la señal no basta, mala cosa, porque si pongo los pilotes, la autoridad en este pueblo la tendrán los pilotes y no el ayuntamiento.

Sí señor alcalde, es verdad: cuando empiezan a mandar las alambradas, mala cosa. Muy mala.

05 noviembre 2006

Maduros para el yugo


Las crónicas no los mencionan porque entonces los cronistas eran gente seria, pero seguro que cuando Aníbal se plantó a las puertas de Roma con sus elefantes cartagineses se alzaron muchas voces pidiendo que se buscara una salida pactada al conflicto. Los romanos pactaron, por supuesto, porque tenían el agua al cuello y había que ganar tiempo de cualquier manera. Cuando vas perdiendo, buscas un trato: es lo lógico.
Lo gracioso es que seguro que también se alzaron muchas voces solicitando negociaciones cuando fueron los romanos los que años después sorprendieron a los cartagineses y decidieron dejar la metrópoli enemiga convertida en una escombrera.
Con todo esto, y con lo que me callo del pacto de Munich, la república de Vichy, los acuerdos de Santoña y otras lindezas históricas similares, voy a que en todo tiempo y en todo lugar hay gente que prefiere pagar tributo antes que conquistar la libertad.
En nuestra época, nos hemos encontrado de pronto con que se negocia la paz con ETA. No sólo se le da carta de negociador a una banda de asesinos sino que se reconoce que hay algo que negociar. Y no sólo se reconoce que hay algo que negociar sino que además se oculta qué es eso susceptible de ser hablado. Porque hablar, hablan, sí, ¿pero de qué?, ¿qué parte de mi libertad están vendiendo?, ¿qué precedente crean para la próxima banda criminal? No lo dice, así que mala cosa. Muy mala.
Pero lo peor no es eso. Lo que más duele no es que un partido político, por sus razones, sus estrategias o por ahorrar en escoltas, decida sentarse a debatir de política con delincuentes. Lo peor, a mi juicio, es escuchar por la calle que las que tienen que hablar son las víctimas futuras, porque las del pasado ya no tienen nada que decir. Lo peor es escuchar que hay que darles lo que sea con tal de que dejen de matar. Lo peor es ver, como vemos en este y otros temas, que España es una sociedad madura para el yugo, donde empuñar una pistola te carga de razones, de bazas y de posibilidades de imponer tus tesis.
Si hay que darles lo que sea para que dejen de matar, hay que empezar a matar para que te den lo que sea. La lógica es así de puta.
Pero los españole no lo entienden, o no quieren entenderlo: tienen bastante con su hipoteca y las letras del coche para ponerse a soportar otras presiones y por eso la violencia actúa con ventaja. Lo vemos en los colegios, donde los agresores imponen su ley. Lo vemos en las calles, donde mandan las bandas con navajas o los clanes étnicos que primero te parten la cara y después ya se verá. Lo vemos en todas partes y a todas horas: con tal de no tener problemas, de no pararse y plantar cara, la gente traga, se aguanta y encarga vaselina al por mayor.
Con eso la sociedad civil lo único que da a entender es que si la presionas, se achanta. Y cede. Si la amenazas, paga. Si la extorsionas, se rinde. Y así, los que ejercen la violencia saben que a la gente se la lleva con un palo a cualquier lado, como a las ovejas, aunque sea al matadero.
¿Qué pasó tras las bombas de Atocha, independientemente de quién las pusiera? Que el mensaje fue bien claro: la gente no se revolvió contra los que pusieron las bombas, sino contra su propio gobierno. En otro tiempo, al decirse que habían sido los árabes, tal vez la gente se hubiese vuelto contra los árabes, incendiando mezquitas o con alguna otra burrada. Pero ahora no: nadie se metió con los árabes, porque la culpa no es de quien nos mata, sino del que no le dio al que nos mata lo que pedía. La culpa no es del secuestrador, sino del que no paga el rescate.
Por eso , en esto de las negociaciones, duele más lo que se observa en la sociedad civil que en la clase política. Al fin y al cabo lo de los políticos, si se piensa un poco, es normal: si tenemos un Gobierno que habla de igual a igual con criminales, ellos bien sabrán por qué.
Nosotros sólo lo sospechamos.

01 noviembre 2006

El teorema de la garrapata


En mil novecientos veinte, Henry Ford pagaba a los obreros de su fábrica de automóviles el equivalente actual de ciento cuarenta euros diarios. Sí, lo han leído bien: casi unas veinticinco mil pesetas de las de antes, con lo que no era raro que uno de sus trabajadores se fuese a casa a fin de mes con poco menos de un millón de pesetas.
Sus competidores le dijeron que estaba loco y esperaron tranquilamente a que quebrase. Aún están esperando, entre las malvas del cementerio, porque Ford, como todos sabemos, se hizo asquerosamente rico y su fábrica aún produce automóviles.
El secreto de Ford no era tal: al pagar los mejores salarios consiguió que los mejores especialistas y los mejores trabajadores manuales de todo el país se peleasen literalmente por trabajar para él. Mientras los demás perdían jornadas en huelgas y conflictos, Ford trabajaba todos los días del año a tres turnos y ni siquiera las convulsiones de la ley seca lograron para sus factorías. Además, consiguió venderle un coche a cada uno, con lo que recuperó el dinero y extendió el producto, de manera que en pocos años todo el mundo quería tener un coche. Cuando sus tesis se extendieron Estados Unidos se convirtió en la primera potencia del mundo.
Se trataba, sobre todo, de fomentar el consumo pagando buenos salarios, porque el que gana mucho acaba gastando mucho.
Hoy, por lo que vemos, la idea es la contraria: se trata de conseguir que los demás paguen buenos salarios para que compren tus productos, mientras tú produces en China o en Macao. El capitalismo actual se basa en vender en Occidente a precio de oro lo que se ha producido en Oriente a precio de risa. Ahí es donde está el margen.
Lo que pasa es que sólo se puede vender en Occidente a precio de oro mientras alguien pague salarios de oro en Occidente, y las empresas, de una u otra manera, ven que si se incrementan sus costes salariales no pueden enfrentarse a la competencia, así que aprietan el cinturón a sus trabajadores o se marchan también a producir lejos. Si en Occidente se dejan de cobrar buenos salarios, no se podrá seguir vendiendo en Occidente.
Así que la cosa está clara: si yo soy un empresario y pretendo tener muchos compradores, desearé que se paguen buenos salarios para vender mucho. Por eso tenemos la paradoja de que algunas grandes multinacionales apoyan a los movimientos obreros europeos. La gracia está en que, al mismo tiempo, se llevan sus fábricas a China para que sean OTROS los que paguen esos salarios, mientras ellos procuran mantener a SUS trabajadores lo más cerca posible del esclavismo.
La definición de semejante conducta es clara: esas empresas son garrapatas, parásitos que extraen la masa salarial de nuestra zona para reinvertirla lejos o no reinvertirla en absoluto. Su teorema se enuncia con facilidad: la prosperidad está siempre en pagar mucho, pero que paguen los demás.
Para refutar esta tesis se suelen alegar razones de libre competencia. No se dejen engañar: la competencia sólo es libre cuando se basa en las mismas normas, y aquí parece que estamos jugando al futbol con alguien que puede tocar el balón con la mano, agarrarlo, y hasta llevárselo a casa si quiere. Aquí jugamos a competir con alguien que hace trabajar a niños, sin sanidad y sin seguridad social.
Por este camino que cualquiera puede comprobar buscando el origen de lo que compra en la etiqueta, compraremos muy barato algunos años, y luego, no tendremos con qué seguir comprando, porque el obrero que entraba en nuestra tienda se fue al paro, el labrador dejó las tierras de balde y el profesional se quedó sin clientela.
Pero claro, dirán muchos: ¿a nosotros qué más nos da si por aquí sólo hay bares y funcionarios?
Estamos buenos.

31 octubre 2006

Democracias de la señorita Pepis


Una vez que hasta los más escépticos han acabado por reconocer la defunción y posterior sepelio de las ideologías, no queda más remedio que pararse un momento al pie del camino, este camino siempre embarrado y cuesta arriba de la historia, para echar un vistazo a la realidad.
Y la realidad es una cosa muy mala, señores, con muchos dientes, muchas uñas y cerdas como escarpias en el cogote.
No sé ustedes, pero yo echo un vistazo general a los candidatos que me presentan los partidos y lo que más deseo es que una vez se imponga el sistema de listas abiertas, porque lo que de verdad me gustaría sería votar a dos o tres candidatos de cada partido.
Pero no: los partidos se reúnen, guisan la lista, incluyen en ella a quienes mejores razones tengan para no quebrar luego la disciplina de voto, y sacan de la cocina un pastel que tenemos que tragarnos. Pastel de lentejas. Y el ciudadanos es libre y soberano, por supuesto, porque puede elegir qué clase y marca de lentejas traga, o si se va en ayunas a casa, sin votar a nadie.
Al final, el dato del que nadie habla es el porcentaje de ciudadanos que decidieron dar al demonio semejante menú y se negaron a votar. Quizás no estuviese mal que los votos no emitidos supusieran sillones vacíos, a ver si los políticos, esos políticos profesionales que nunca trabajaron en otra cosa porque en realidad no sirven para nada, se esforzasen de una vez en buscar a personas capaces de suscitar más confianza en quienes hemos de elegirlos.
Así las cosas, ya ven ustedes lo que hemos tenido: presidentes que en su vida privada desempeñaron honrosas profesiones; pero gestores, ¡ni uno! O si no, echen atrás la memoria: Adolfo Suárez, licenciado en Derecho y político profesional desde los veinticinco años; Felipe González, abogado laboralista; José María Aznar, inspector de Hacienda; José Luis Rodríguez Zapatero, profesor universitario (y muy malo, según dicen sus alumnos). ¿Para cuándo un Presidente con experiencia en gestión y administración de algo, aunque sea de una empresa de gaseosas?
Seguramente, para cuando podamos elegirlo. Porque ahora, no nos engañemos: al Presidente lo eligen los parlamentarios, y a los parlamentarios los eligen los partidos, que los incluyen en sus listas. Nosotros sólo podemos elegir entre varias de esas listas, veamos churras, merinas, galgos o podencos en ellas, bien mezclados y revueltos para mejor disimulo.
Mientras permanezca el sistema actual, este por el que el partido impone los nombres en una lista y el ciudadanos se limita a elegir qué píldora traga, no tenemos más quena democracia de la señorita Pepis.
Por el sistema actual, cambiar de voto en España es como cambiar de camarote en el Titánic.

27 octubre 2006

Una humilde propuesta


Decían los romanos que cuando una ley es sistemáticamente incumplida hay que derogarla inmediatamente, para que su desprestigio no alcance a las demás y los ciudadanos no pierdan el respeto a la legalidad.
Parece buena idea, pero aquí, en España, nos da igual. Aquí, cuando una ley se incumple sistemáticamente, se crea un impuesto, o se recaudan multas, o simplemente se promulga otra ley igual de odiosa o igual de idiota que la anterior, para que los engranajes sigan girando sobre las espaldas de los menos dispuestos a librarse a cualquier precio.
También hay casos en que la ley es justa, pero como imponer su cumplimiento es caro, o impopular, todo el mundo mira para otro lado. Aquí nos da igual: se sigue armando ruido por la calle a cualquier hora, o circulando en ciclomotor con el escape libre, o pidiéndole al fontanero que la reparación te la haga sin IVA. Nos es lo mismo.
En España tenemos leyes como para empapelar el Escorial con tres capas y que sobre para el pavimento, pero desde tiempos de Chindasvinto nos las pasamos por el arco de triunfo.
Luego, en los cafés, todo se nos vuelve discutir sobre si esto o aquello debería ser legislado de una manera u otra, pero el caso es que sabemos de antemano que da igual, porque se legisle lo que se legisle, al final van a cumplir los mismos: los que por falta de cuartos o por sobra de vergüenza no busquen la gatera por donde escaquearse. El resto, como si manda el Gobierno de turno sembrar las parcelas de altramuces. Pues se dice que se siembran de altramuces, se cobra la subvención y luego se plantan lentejas, o remolachas, o lo que cuadre.
Leyes tenemos, sí. Leyes para todo. Y jueces que en la Facultad de Derecho eran unos capullos integrales y se vuelven imparciales en cuanto sacan la oposición. Y policías hartos de que les suelten a los veinte minutos a los detenidos. Y víctimas cansadas de ver cómo se le ríen en la cara los que les causaron el daño. Y gente honrada poniendo velas a cualquier santo para que si pasa algo no sea a ellos ni en su hora, porque si no van listos; porque el que delinque es insolvente, pero el que se defiende del delincuente paga los daños.
Para eso tenemos tantas leyes y para eso las publicamos con firma del Rey o de un ministro en eso que llaman BOE.
Visto lo que hay, ya sólo queda una propuesta que acerque la teoría a la realidad: ¿Y si en lugar de pagar entre todos la publicación del BOE pagásemos una fábrica de embudos?

Manifestaciones contra la pobreza


Por estos días comienzan las manifestaciones contra la pobreza en más de cuarenta ciudades españolas. Y es cierto, indiscutible del todo, que la pobreza es una lacra que afecta a demasiados seres humanos y que hay que ponerle remedio como sea.
Pero a mí es que eso de las manifestaciones contra la pobreza o el terrorismo me suenan a cachondeo. Me suena a manifestarse contra la gripe, armados todos de pancartas insultantes hacia el virus y profiriendo enormes gritos contra la enfermedad, en vez de investigar una vacuna que funcione. Esa clase de actos, en suma, me parecen lavaderos de conciencia en los que se trata de ventilar quién lava mejor y más blanco. Eso, y en algunos casos, una satisfacción para los culpables, porque no me digan que no se debieron reír los terroristas con aquellas manifestaciones de manos blancas exigiendo el final de la violencia. Seguro que se troncharon, vaya.
Pero la cosa se lleva y hay que echarle un ojo por dentro, a ver qué hay en esta clase de inventos amigos de la Humanidad pero enemigos de la lógica, si es que tal cosa es posible.
A mi juicio, lo peor no son las manifestaciones en sí, que tienen algo de encomiable por aquello de la concienciación y otros pretextos para pedir subvenciones, sino que esta clase de eventos reflejan un estado de parálisis en la sociedad que es realmente preocupante: hay una gran masa de gente que cree que basta con pedirlas cosas o con desearlas para que se cumplan. Lo peor es que esta clase de actos denotan un infantilismo de estilo Harry Potter, una mecánica por la que parece que si nos juntamos muchos para pedir algo, aparecerá una extraña y novedosa divinidad democrática para verificarlo al instante.
En la Edad Media se organizaban novenas y rogativas contra la peste y se sacaba de procesión a san Roque; a la Yersinia, la bacteria que la producía, le daba lo mismo, pero San Roque se hizo patrón de muchos pueblos. En nuestra época, como la sociedad es laica, las procesiones son de otro tipo, pero no dejan de ser procesiones y rogativas, como las de antaño. Veremos qué patrón nos sale. Pero lo mismo que entonces no había quien se atreviese a decir que veinte mil incautos paseaban una imagen por las calles, no habrás estos días periódico ni televisión que le eche agallas para titular “veinte mil obesos se manifestaron contra el hambre”.
Cosas de la magia.

16 octubre 2006

La estrategia de Caperucita


Al final retiraron el anuncio de las selecciones autonómicas, pero la intención ya se vio: un niño con la camiseta de la selección española impedía a los demás, vestidos con camisetas de selecciones regionales, jugar al fútbol en el césped.


Lo primero que se le viene a uno a la mente es que ya hacemos bastante el ridículo como selección conjunta como para dividirnos en diecisiete equipos de colegio, peor eso es lo de menos. paralos nacionalistas loi único que cuenta es poder llevar su bandera a alguna parte y cantar el himno, boina en mano. Y el enemigo es España, claro.


Parece que últimamente los nacionalistas ya no se conforman con dar bombo a su tierra, ni con ese chauvinismo paleto de “ lo mío es lo mejor” y “somos la releche en verso alejandrino”, que al fin y al cabo son defectos de gente poco viajada y poco leída, pero defectos de andar por casa. Ahora, al leer los libros de historia que imparten en sus escuelas, parece que el enemigo es España, y que sin la destrucción de es enemigo feroz nunca podrán ser nada. Tan acostumbrados están a creerse cuentos, que da la impresión de que su estrategia se plantea sobre las huellas de Caperucita Roja. España es el lobo y ellos son las víctimas. Ellos son la abuela y la propia Caperucita. Y parece que creen que en cuanto maten al lobo, la abuela y Caperucita Roja saldrán bailando de la tripa de la fiera, abrazadas y celebrando al fin su libertad.


La realidad, en cambio, sugiere otra cosa. La realidad es una cosa muy cabrona y nos enseña aquello de “divide y vencerás”, frase antigua que también puede enunciarse en pasiva: “sé dividido y serás vencido”. La realidad, la que conocemos todos, nos enseña que cuando un organismo muere, sus miembros no se van por ahí tan campantes.


O a lo mejor en el mundo en que vive esta gente van por ahí a sus anchas los brazos y piernas sanos de los muertos. ¡Será por fantasmadas!

10 octubre 2006

Estupidofacientes



Ser tonto está de moda. Se lleva. Vende. Y por lo visto, hay algunos que no se consideran aún lo bastante lelos para moverse en sociedad y se atontan otro poco metiéndose sustancias estupefacientes.

En este caso la etimología está clara: la palabra estupefaciente se divide en "estupe" y "faciente", es decir, lo que te hace estúpido. Los últimos datos son devastadores: el consumo en España de cocaína y cannabis ha aumentado un cincuenta por ciento en los últimos diez años. Y es curioso, oigan, porque ha aumentado el consumo de dos drogas de efectos bien distintos: la cocaína produce euforia y acelera el sistema nervioso, mientras que el cannabis lo relaja y embota el entendimiento.

Es curioso, porque ha crecido tanto el número de los que toman algo para no aburrirse como el de los que lo hacen para no enterarse de nada. ¿Tanto aburrido hay suelto?, ¿tanta gente que se odia y no sabe cómo librarse de sí misma?, ¿tanto asco o tanta lástima se da la gente para acabar en estas formas de evasión, de falsificación del propio yo? A lo mejor es que no hay yo alguno que falsificar, y ahí está el problema.

A lo mejor es que los gobiernos, todos, en vez de gastarse una pasta en campañas de concienciación contra las drogas harían mejor en gastarse una fracción de ese dinero en investigar cómo obtienen los consumidores, especialmente los más jóvenes, los recursos para comprar esa coca o esas chinas. Porque lo grave no es que chavales de quince años se metan una raya de coca o se fumen unos porros a diario: lo grave es que se lo pueden permitir, la mayoría de ellos sin haber trabajado nunca. Los padres, por no discutir, por no descubrir de una vez que carecen de cualquier autoridad, por no enfrentarse a la realidad de que más que una familia tienen una pensión de realquilados, sueltan la pasta sin preguntarse dónde va a parar. Los padres cumplen con dárselo todo a sus hijos y esperar que los demás, en forma de Estado, se preocupen de que la cosa no se desmande. Pero el caso es que con el tiempo, ya lo verán, vendrán a decirnos que si sus hijos están hechos una basura es culpa de todos y que tenemos que pagar a escote ese trasplante de cerebro que tanto necesitan, o ese hígado nuevo. Y nos lo venderán muy bien envuelto en alguna canción social y solidaria. Algo así como "tu indiferencia los hace aún más idiotas". Por mi parte, desde ya y por anticipado, que les vayan dando.

03 octubre 2006

Parroquias y sindicatos


Siempre he creído que cada cual puede albergar la fe que mejor le parezca, sobre todo en su casa, sin hacer ruido, y sin discutir con el código penal, el civil, y otros mamotretos legales por el estilo. Pero es que o es sólo cuestión qué se cree y qué no. La cosa tiene más miga, como buena hogaza zamorana.
El caso de la Iglesia, en Espa a, tiene la particularidad de que mezcla muchas cosas y por eso deberíamos ser todos un poco más cuidadosos cuando abordamos el tema de la financiación de una institución semejante. Si fuese para el culto, para misas, rosarios, novenas y el mantenimiento de quien las diga, lo lógico sería que ese dinero lo pusieran los interesados en esa fe.
Pero la Iglesia , en Espa a, es mucho más que eso. Se puede creer o no creer, ser anticlerical incluso por efecto de la buena memoria, pero no se puede dejar de reconocer que la Iglesia, bien que mal, es la que mantiene en pie más de las tres cuartas partes del patrimonio histórico y artístico, la que organiza un buen porcentaje de la educación y la que administra una buena parte de los servicios sociales.
La Iglesia tiene ya una gran infraestructura montada, con una organización que funciona desde hace dos mil a os, y un conjunto de personal comprometido que sale siempre, sin duda, infinitamente más barato que el personal equivalente contratado por el Estado. Una revista económica publicó hace varios meses el cálculo: si la Iglesia dejase de prestar los servicios que presta, descontados los religiosos, al Estado le costaría alrededor de un billón de pesetas al a o mantener esos mismos servicios. Por tanto, todo lo que sea darle a la Iglesia menos de un billón al a o es ganar dinero.
Lo que ganamos los espa oles por dar dinero a las ONG, organizaciones que de media se gastan un cincuenta o sesenta por ciento en autogestión (pagarse sueldos, publicitar proyectos, alquileres de sus locales, etc.), si quieren lo hablamos otro día.
Y en cuanto a la legitimidad de estas aportaciones, porque no todo tiene que ser echar mano de la calculadora, puede ser discutible que una organización privada reciba fondos de la caja común para luego gestionarlos con su criterio, un criterio sin duda partidista y hasta sectario si quieren, pero resulta que en Espa a los partidos políticos reciben una asignación en función de sus votantes y afiliados, y resulta también que en Espa a los sindicatos disfrutan de una serie de prebendas económicas, incluidos los gloriosos puestos de trabajo liberados, y nadie sabe muy bien qué cuándo se aprobará una ley de financiación de los partidos políticos para que cada cual pague a su fe y no nos sangren a los demás.
Por mi parte, mientras la Iglesia mantenga en pie las catedrales y organice las procesiones de Semana Santa, creeré que lo que me cuesta me sale más rentable y está mejor retribuido que lo que se llevan los partidos y los sindicatos.
Porque si es para manifas, huelgas, y convenios colectivos, que ponga el dinero el interesado en ese culto. Digo.

28 septiembre 2006

La pastora en el baile


Lo peor que le puede pasar a una democracia es estar tan encantada consigo misma, tan absorta en compararse con lo que es peor que ella, que no se da cuenta de las arrugas que le van saliendo.

En España, concretamente, nos encanta comparar la democracia que tenemos con los cuarenta años de franquismo. Podríamos mirar a nuestro alrededor, y tratar de enterarnos, por ejemplo, de cómo funcionan los sistemas electorales de otros países vecinos. Podríamos echar un vistazo y saber qué hicieron franceses o alemanes para no quedar todo en manos del poder de pequeños regionalismos.

Pero no, eso no: en lugar de mirar a lo cercano y de hoy en día que funciona, preferimos miranos a nosotros mismos cuando estábamos hechos una pena. Nos sucede como al que se compara siempre con el más tonto de la clase para que no le riñan por los suspensos. ¿Por qué miramos tanto hacia atrás y tan poco hacia adelante o a los lados? Yo creo que la culpa la tienen nuestros políticos, estos políticos nuestros, campeones en promulgar leyes de reparación de la memoria (como si la memoria fuese una batidora usada, oigan), o celebrar quintos, sextos, duodécimos centenarios de algo en lo que poder comisionarse y nombrar comisionados. Aunque sigo pensando que esta obsesión por el pasado tiene un tufo de revancha y de querer ganar en los libros lo que no se supo ganar cuando fue su hora, empiezo a pensar que también hay algo de maniobra de distracción: cuanto más fija consigan mantener la mirada de la gente en lo que pasó hace setenta o quinientos años, menos malo le parecerá lo que ven al regresar con los ojos al presente.

Nuestros políticos pretenden convencernos por comparación. Ellos son estupendos porque el país esté mejor que hace cuarenta años; son honrados porque no nos fusilan (o al menos, no por ley) y son solidarios porque no tienen un imperio en ninguna parte. Pero claro: si miramos a nuestros vecinos, lo que ellos tienen y las garantías con que los ciudadanos de esos países se protegen, entonces no es todo tan maravilloso. Si miramos a nuestro alrededor, entonces empezamos a reclamarles cosas y a pensar que con Franco nos gobernaba el padre y ahora nos gobierna el hijo.

Nuestra democracia es la pastora que huyendo del lobo se metió en un baile. Mientras mire al lobo, se verá guapa. Cuando deje de mirar al lobo y se compare con las otras chicas del salón será cuando se le caiga la cara de vergüenza.

23 septiembre 2006

El miedo a la verdad


Da lo mismo quién tenga razón. Da igual que las investigaciones de el diario EL MUNDO, que conectan claramente los atentados del 11 de marzo con ETA tengan base real o sean un simple cúmulo de coincidencias. Lo que verdaderamente me preocupa es ver cómo los partidos, todos los partidos salvo el PP, que puede estar interesado en que esa conexión exista, cierran filas para que no se sigan haciendo preguntas.
Se basa todo en la mala memoria y lo poco que se frecuentan las hemerotecas. Miren en este mismo diario lo que dijeron en su día unos y otros ante la comisión de investigación y vayan viendo.
Lo que sí parece claro es que algunos de los interpelados por la comisión parlamentaria que investigó el asunto mintieron como bellacos. Pero eso tampoco importa.
Lo que sí parece claro es quela cadena de irresponsabilidades y de irregularidades parece más propia de un tebeo, o el cuento de Pulgarcito, que de una historia real. Pero eso le da igual a todo el mundo.
Ya desde el principio sonaba raro: una serie de bombas explota y una queda sin estallar. Esa bomba debía ser detonada por un teléfono móvil, y a ese teléfono móvil le faltaba un trozo de carcasa. El trozo de plástico que faltaba a ese teléfono apareció en casa de un pequeño delincuente fichado anteriormente por la policía. Ese delincuente, camello de poca monta, se suicida poco después en un piso de Leganés con otros pequeños chorizos como él. Será verdad, oigan, pero si uso esa trama par mi próxima novela policiaca los de la editorial me corren a patadas.
Será verdad, pero es flojo, es liviano, es insustancial. Con eso no van a poder condenara nadie a no ser que se pasen por el forro los derechos de los detenidos, cosa que tampoco es descartable en un país donde gobierna los mismos que hace sólo unos años enterraban en cal viva a otros delincuentes.
Pero lo que sea verdad o simple especulación es lo de menos. Lo que verdaderamente me parece terrible es que no se quiera saber, que a ningún partido político le interese nada más allá de su interés inmediato. Es tremendo que se imponga el miedo a la verdad; aunque sea por prudencia; aunque sea por evitar la crispación que supondría saber que nos han tomado el pelo a todos; aunque a muchos les duela luego reconocer que les llevaron por el ramal a la cuadra del “tú haces lo que yo diga”, como en los viejos tiempos.
Siempre es mejor saber. Saber lo que sea.
Y si fue ETA enterarnos ahora, antes de que ellos lo reivindiquen en el momento en que más daño puedan hacer a la libertad. Saberlo ahora, antes de que la certeza no sea sólo un desengaño sino un gran problema institucional.
Acuérdense de los años que se estuvo ocultando lo del GAL y en qué quedamos al final.
Mejor que se investigue. Que se hable y se pregunte.
Todo mejor que callar y agachar la cabeza. Pero la verdad parece que no le interesa a nadie. La verdad es un bicho peludo que pronto se mencionará para asustar a los niños que no se comen la verdura.
Estamos buenos.

22 septiembre 2006

El lijador de bordillos




Dicen que los inmigrantes vienen a ocupar los puestos que no quieren los españoles, y es verdad. Dicen que el país está necesitado de mano de obra que se dedique a ciertas profesiones, porque aquí padecemos gran escasez de personal en ciertos sectores, y también es cierto. Pero la cosa tiene su truco y hay que apechar con la realidad.
En economía se le llama efecto sustitución, pero como la gente no sabe economía, y hace bien, porque es como mejor se duerme, estas cosas hay que explicarlas con un ejemplo.
Supongamos, por suponer, que existe la profesión de lijador de bordillos. Es un trabajo duro, porque hay que estar todo el día de rodillas, con el cepillo de alambre, tragando polvo y arriesgándose a que te atropelle cualquiera de los muchos descerebrados que van a noventa por la ciudad. Supongamos tal cosa, por favor.
Hay diez plazas de lijador de bordillos. Diez, para que nos entendamos. Como es un trabajo tan malo, se pagan tres mil euros al mes, y aún así sólo se consiguen cubrir ocho de las diez plazas. Entonces, el empresario, busca a un inmigrante de Sildavia, el país de Tintín, y como sabe que por allí se vive fatal, le ofrece mil quinientos. La conducta del empresario es impropia, inmoral, ilegal y canallesca, sí, pero para lavar la cara inventa el contrato de aprendizaje, o lo que sea, y de pronto se encuentra con que tiene las diez plazas cubiertas: ocho a tres mil euros, y dos a mil quinientos.
La patronal, entonces, tratará de buscar todos los caminos posibles para contratar lijadores de bordillo sildavos a razón de mil quinientos euros al mes. En cuanto se jubila uno de los trabajadores nacionales, o se le termina el contrato, el empresario le ofrece al siguiente, o al mismo, mil quinientos y ni un céntimo más, porque sabe que a ese precio puede contratar a otro inmigrante. Así, en poco tiempo, tendremos que todos los lijadores de bordillo serán sildavos, y los lijadores nacionales tendrán que buscarse otro trabajo o hacer lo mismo que antes por la mitad de sueldo.
Por tanto, los lijadores sildavos vinieron a ocupar unos puestos que nadie quería, pero la mismo tiempo presionaban a la baja sobre los salarios y las condiciones sociales. Como los inmigrantes compiten a la baja en los salarios, crean un efecto de sustitución y pauperización de los trabajadores nacionales del mismo sector.
En una sociedad ideal tal vez no pasaría esto, pero la nuestra, no lo es. En la nuestra, el hecho de que venga gente de fuera sustituye en ciertos trabajos al obrero nacional, que ve repentinamente empeoradas sus condiciones laborales porque el empresario tiene más personal donde elegir y al que ofrecer un sueldo.
Pasó con las patatas: las empezaron a traer de fuera y bajaron las nuestras hasta el punto de que no valía la pena ni sembrarlas. Pasó con todo y pasará con esto también.
Y miren: que los partidos de derechas lo aprueben, me parece normal, porque todo lo que abarate la mano de obra a la patronal les beneficia. Pero que sean los sindicatos y los partidos de izquierda, que supuestamente tienen el deber de defender a los trabajadores, los que aboguen por la flexibilización de las leyes de extranjería, eso ya no me cabe en la cabeza ni aunque me lo unten con manteca.
La pancarta de “papeles para todos” sólo la puede llevar un gran empresario o un gran majadero. No hay otra, me temo.

18 septiembre 2006

Fomento de la lectura

Estoy convencido: las campañas de fomento de la lectura benefician a la industria, pero no a la literatura. Quizás en otro tiempo, cuando se estaban fundando las primeras bibliotecas públicas y había que dar a conocer esta posibilidad a gente que nunca se la había planteado, las cosas fuesen de otro modo, pero en nuestros días, cuando la educación es obligatoria y gratuita, aumentar el número de lectores no puede redundar más que en un empeoramiento de lo que se publica.

En el momento en el que se induce a entrar en el mercado como fuerza de presión a muchos miles de personas que no tienen criterio para elegir ni costumbre de consumir ese producto, lo que se logra es una masificación del producto, y un producto de consumo masivo no puede ser de calidad.

Esta postura puede parecer elitista, pero en realidad se basa en principios técnicos de economía de empresa: apreciar un producto cualquiera requiere un conocimiento previo, una formación y un interés. Da lo mismo que se hable de vino, libros, cine, motos o queso. Si, por ejemplo, se despliega una gran campa a de medios informativos para fomentar el consumo de queso, a la larga los más beneficiados serán los que fabriquen un queso cuyo sabor no moleste a nadie, un queso necesariamente flojo y vulgar. Después de un tiempo, ese grupo de consumidores, al representar una importante fuerza de mercado, desplazará la producción hacia sus gustos, y muchas fábricas de queso que antes elaboraban quesos curados o de mayor elaboración modificarán sus líneas para dedicarse al nuevo producto, más rentable.
Gana el mercado y gana la cuenta de beneficios, pero pierde el aficionado al buen queso y pierde a la larga la industria quesera de calidad, porque el queso malo lo fabrica cualquiera y no tardarán en entrar nuevos productores en esa industria, fácil y rentable.

Con los libros pasa otro tanto: si se induce a entrar en el mercado a un millón de nuevos lectores, las editoriales tendrán el máximo interés en llegar a esa gran masa de compradores, con lo que relegarán en sus catálogos a todo lo que no produzca un beneficio económico similar.
Así, las planchas de impresión y las estanterías de las librerías se verán copadas por igual por libros de alto beneficio, pero no por libros de alta calidad. El buen escritor, el que escriba sus libros pesando cada palabra y exija a sus lectores un mínimo de conocimiento del tema que se aborda quedará relegado a las estanterías más recónditas.

Por eso, si tiene usted una editorial, apoye y hasta promueva las campa as de fomento de la lectura. Pero si está en una institución y tiene verdadero interés en mejorar el nivel cultural de su país, su ayuntamiento o su Comunidad, fomente el Sudoku, por favor.
Ahí es donde el ignorante hace menos daño.

12 septiembre 2006

¿Dónde está el bobo?

Que no me lo creo.
Que se pongan como se pongan los políticos o el lucero del alba, no me creo que el alcalde de Peque sea bobo, o se haya vuelto loco de repente.
Miren ustedes, que yo soy de San Pedro de Ceque, a tres tiros de piedra, y me conozco el paño. Háganse cargo de que por aquellos andurriales los bobos se extinguieron antes de que llegasenlos romanos, y que la Universidad de la Oveja y el Burro Negro expide títulos de mucha enjundia, no como los de Salamanca, que dan risa a veces, o los de León, que ni les cuento.
Háganse a la idea de que el alcalde de Peque tiene más tiempo para pensar mientras va con el ganado que toda la Diputación junta mientras va de comilona. Pónganse en su lugar, si pueden, y piensen que el pueblo se les muere, les quedan cuatro viejos, y en las arcas municipales pasan hambre hasta las chinches.
Pónganse en su puesto, sin sueldo ni ceremonia, y hártense a pedir mejoras, carreteras, o un parche para la traída de aguas y esperen luego cien años. Que sí, que en mi pueblo hay un puente que se cayó hace ya dos lustros y aún está por arreglar. Que son así las cosas, háganme caso.
Colóquense en semejante tesitura y barrunten, como seguramente barruntó Rafael Lobato, que solicitando el cementerio nuclear iban a dejar de ningunearlo en la Diputación, de reírse de él en la Junta y de tomarle el pelo hasta en el BOE. Piensen como seguramente pensó él que de una puñetera vez le iban a oír, le iban a escuchar y hasta le iba a entrar el miedo en el cuerpo a más de uno. Piensen que total, de perdidos al río, y que no habiendo carreteras, ni infraestructuras, ni centrales cerca, ni posibilidad de cumplir la normativa, el cementerio ese no se lo ponen ni de broma, pero que lo mismo le dan alguna cosa al pueblo para callarle la boca. Piensen como seguramente pensó él que una ocasión como esta de apretar el culo a los tíos de la corbata no se tiene todos los días, y que a lo mejor, vete a saber, hasta sueltan la pasta por una vez y le ponen, yo qué sé, un consultorio. Aunque sólo sea para no oírlo más. Aunque sólo sea para perderlo de vista.
Piensen todo esto y díganme si todavía creen que está bobo o se volvió tarumba de un repente. Piensen conmigo, por favor, si los que no estarán haciendo el panoli son los que lo ponen a escurrir, en vez de darle la razón, con la boca pequeña, para que las autoridades correspondientes aflojen el bolsillo con el pueblo por una vez en la vida.
Y recuerden siempre la vieja máxima: en todas partes hay un bobo; si miras alrededor y no lo encuentras, desconfía.

Nos hicieron un corral

No voy a caer en el tópico: no voy a preguntar donde están ahora los paniaguados del no a la guerra, ni para cuándo se ha convocado la manifa de protesta por los mil y pico soldados que España envía al Líbano.
Tenemos también tropas en Afganistán, y nuestro gobierno ha mandado triturar los restos de los helicópteros que se estrellaron allí para que no se siga dudando si se accidentaron o no. Se accidentaron porque lo dice el Gobierno y porque nadie podrá probar otra cosa. Punto y final.
Tenemos todo esto, fuegos diversos, a los navarros temblando porque los van a vender, y nadie se queja. Estupendo. Sin embargo, tampoco quería hablar de ese vomitivo sectarismo que consiente todos los crímenes a los suyos, desfalco y cal viva incluidos, mientras observa con lupa al adversario. En España, antes de opinar sobre un crimen, no se pregunta si fue de defensa propia o no; se pregunta quién es el criminal, a qué partido vota, y luego ya veremos. Pero eso es otro cantar. Eso para otro día.
En lo que quisiera fijarme hoy, con su permiso, es en la creciente impresión de que nos están intentando sumergir en la lógica del pensamiento único. Nuestra democracia agoniza. La democracia real, la que supone que el pueblo tenga algún poder sobre sus gobernantes. Se nos va al carajo.
Cada vez veo más síntomas de que en España se está cociendo un PRI como el mejicano, un Partido de la Revolución Institucional (cuadrados los tenía el que le puso el nombre) que actúe como si el país entero fuese una finca propia, mientras se le cuenta a los jornaleros cualquier cosa porque no tiene modo de enterarse de la verdad.
Nos mandan callar, y callamos.
Nos preguntan, y no sabemos.
Nos prerguntan y opinamos, pero no sabemos. Opinamos lo que nos mandan opinar, porque nos da vergüenza opinar otra cosa, peor lo cierto es que no sabemos.
¿Se acuerdan de aquello del “no sabe, no contesta”? Pues ahora se lleva otra cosa: no sabe, pero contesta.
Y no es cuestión de incultura, ni de dejadez. Es culpa de que hay más aspectos de la vida diaria de los que es imposible enterarse, lea uno lo que lea y vea uno la televisión que vea. Cada vez hay más cosas que no existen, sucesos que no suceden y problemas de los que ni se habla ni se permite comentario alguno.
El otro día, por ejemplo, tuve que enterarme del coche bomba que ETA probó en Francia por las noticias de una radio Argentina en internet. Sólo una semana después lo publicaron los medios españoles como si fuese novedad.
España lo sabe una semana después de que lo cuente una radio argentina. ¿Qué está pasando?
Cuando empiezan a ocurrir esta clase de cosas no queda más remedio que pensar que ni siquiera con Franco estábamos tan a oscuras: entonces, al menos, sabíamos que el Gobierno trataba de pisarnos el gaznate, tenía censura y te podía meter un paquete si decías lo que no se debía.
Ahora han cambiado la ley de lo que no se puede decir por la ley de lo que no existe. Y además les tienes que dar las gracias .Y si te pillan en campaña electoral, incluso la mano y un abrazo.
Ja.

03 septiembre 2006

Chistes viejos

Algunas evidencias, como las setas, es mejor no tragárselas a la primera por muy comestibles que parezcan. Les llaman evidencias porque saltan a la vista, sí, pero si te descuidas, saltan, te abofetean, y te sacan un ojo. Una de estas amanitas, por ejemplo es la extraña convivencia que hoy se observa entre lo cosmopolita y lo castizo.
Estamos en un momento de integración, de uniones supranacionales, de dejar cada vez más decisiones y responsabilidades en órganos políticos y económicos como la ONU, o la Unión Europea, que no elegimos directamente y a veces ni hablan nuestro idioma.
Tribunales de Bruselas o de la Haya deciden quien compra Endesa, o si se pueden subir los peajes del las autopistas, y la cosa no tiene visos de retroceder y sin embargo, florecen como nunca los terruñismos de toda especie y andamos, tarde sí y día no, a vueltas con independencias, autodeterminaciones y zarandajas de ese pelo.
¿Se han vuelto todos locos o qué?, ¿en qué quedamos?, ¿nos reunimos para ser más competitivos o cada uno tira para su casa y amuralla hasta los tiestos?
No sé, pero pensando mal, que es lo que uno piensa cuando tiene que trabajar en verano, se me ocurre que esta ardorosa manía por buscar independencias es un intento de desquite por la poca libertad que le queda a las personas.
Quizás este furor de las autodeterminaciones se deba a que entre la hipoteca, el contrato de seis meses, el salario de setecientos euros y la amenaza de que alguien sin papeles se ofrezca a currar por la mitad y sin seguro, lo que queda para seguir pensando que mandamos algo es llamar nación a nuestro pueblo.
Es una historia vieja: como éramos mortales, imperfectos y limitados, inventamos a Dios, dicen algunos.
Como somos unos “pringadetes”, nos dedicamos a crear países, repiten otros ahora.
Un chiste viejo. Sólo eso.

14 agosto 2006

Paga el seguro

Ahora, con todo esto del carne por puntos, parece que la gente está empezando a alarmarse con la excesiva severidad del Gobierno en materia de tráfico, con sus amenazas de cárcel para ciertas infracciones, y sus cursos de reeducación vial obligatorios. Puede parecer, es cierto, que se pasan, pero lo cierto es que hasta ahora la impunidad era casi absoluta: daba igual si yendo borracho y doscientos por hora matabas a una tórtola en vuelo rasante que a una familia entera; al final, pagaba el seguro y jamás se seguía el correspondiente proceso penal por imprudencia temeraria con resultado de muerte.
¿Quién no conoce a una familia que haya tenido un muerto en un accidente de tráfico?, ¿y quién conoce a alguien que haya estado en la cárcel por ser el causante de uno de estos accidentes? Pues ahí estamos.
Hoy mismo se ha comentado el caso de un joven que ha causado su segundo muerto por atropello en cinco años, yendo en ambos casos a velocidad excesiva dentro del casco urbano. ¿Cómo es posible que ese individuo pueda seguir conduciendo?
Y no puede ser: no podemos tener cuatro mil muertos en las carreteras todos los años sin darnos cuenta de que eso es como estar en guerra. No puede ser que la responsabilidad sea solamente monetaria y que pague el seguro, de modo que al culpable no le duela en sus carnes.
El endurecimiento de las sanciones que el Gobierno ha dispuesto puede tener, en el fondo, torcidas intenciones recaudatorias, pero bien está si funciona. Por mi parte, y ya que hablamos de carnes, soy partidario de que las infracciones graves se castiguen con decenas, centenares de fines de semana de trabajos para la comunidad: porque en cuestión de euros cualquiera puede declararse insolvente y no pagar, pero en cuestión de lomo que doblar nadie es insolvente.
Entonces veríamos.

31 julio 2006

UNA HIPÓTESIS MALIGNA

Que venga una banda terrorista a decir que la Constitución no debe ser un obstáculo para la paz es la monda, pero tiene un pase: las bandas terroristas no se caracterizan precisamente por la solidez de sus argumentos. Lo que ya es más duro es que después de semejante afirmación haya quien dude todavía de que se está entablando una negociación política con unos individuos que amparan sus premisas en muertos en vez de en votos.
Y no podía ser de otro modo, porque, seamos serios: por más que nos gustara a todos que así fuese, tener las armas no es lo mismo que no tener nada. Podemos mirar hacia otro lado, decir que no se cede y lo que nos parezca bien, pero el que tiene las armas en la mano tiene algo más que el que lleva las manos vacías. Es así, nos guste o no.
Partiendo de esta premisa, crudamente realista, es comprensible que cualquier gobierno responsable trate de frenar los atentados con algo más que medidas policiales, sobre todo cuando durante treinta a os largos estas se han demostrado insuficientes. Hasta ahí, todo en orden.
Lo que no puede hacer ningún gobierno responsable, y el actual ha prometido no hacerlo, es dar a entender a los que empu an las armas que fue buena idea optar por ese camino en vez de por la vía política. Ningún gobierno puede permitir que cunda la idea de que matando lo suficiente se acaba consiguiendo lo que se quiere, porque si no, ya nos podemos ir preparando. Por tanto, como el que tiene las armas tiene una baza, pero no se puede permitir que esa baza se canjee en beneficios políticos, hay que ofrecer amnistías o beneficios penitenciarios por el estilo.
Sin embargo, está más que claro que las posiciones de ETA no se han movido un centímetro desde que decidió graciosamente dejar de pegar tiros. Ni siquiera se ha conseguido que Batasuna condene la violencia para ser legalizada y convertirse en interlocutor válido.
¿Por qué, en estas circunstancias sigue negociando el Gobierno?, ¿por qué hacen la vista gorda a los clamorosos desplantes de los etarras y sus secuaces?
Les propongo tres hipótesis, empezando por la más bienintencionada:
Que el se or Zapatero considere la negociación un beneficio en sí misma, olvidando que el verbo "negociar" es transitivo y que en todo caso hay que negociar ALGO. Su intención, de todos modos, puede ser tender una mano para dar una oportunidad de imponerse a las voces que, desde dentro de ETA, abogan por el fin de violencia. Vale.
Que el Gobierno quiera apuntarse el indudable tanto de acabar con ETA de cara a unas elecciones y para ello esté dispuesto a llegar un poco más allá de lo previsto en cuanto a lo que está dispuesto a conceder en nombre de todos, pasando incluso por encima de la opinión de las víctimas. Lo que cuenta es la opinión de las víctimas que nunca llegarán a serlo, dijo un tal Ohlendorff hace tiempo, y Zapatero podría ser de la misma idea. Vale también.
Y por último, la hipótesis maligna: que ETA haya amenazado con reivindicar los atentados del 11 de marzo, independientemente de si los ha cometido o no. ¿Qué le ocurriría al Gobierno si ETA se responsabilizara de la masacre de Atocha?, ¿en qué está dispuesto a ceder el Gobierno para que no suceda tal cosa? Esta hipótesis tal vez explicase la prepotencia y chulería con ETA se expresa en los últimos comunicados, diciendo cosas como que la Constitución no puede ser un estorbo para la paz.
Esperemos que no, pero si esta última es la buena, Dios nos coja confesados.
Y no es que tema la cobardía de los socialistas, ni la miseria de los populares al explotar ese filón: es que nos temo a nosotros, los espa oles, demasiado proclives, como en tiempos del pucherazo, a dejar que voten los muertos.

23 julio 2006

Un artista ejemplar

Socialista, republicano, y autor de las monumentales estatuas del Valle de los Caídos, Juan de Ávalos nos ha dejado este viernes a la edad de noventa y cuatro años.
La calidad de su obra no admite discusión, y su nombre figura, sin ningún lugar a dudas entre los de los más grandes artistas plásticos españoles del siglo XX.
Además de los famosos evangelistas de ese monumento que debió ser símbolo de reconciliación y se ha convertido, como otros muchos, en un motivo más de querellas y disputas, Ávalos es también autor del conjunto escultórico de los amantes de Teruel, el homenaje a Cuba, en la habana, y otras muchas obras en diversas ciudades de España y otros países.
Pero lo que más llama la atención de este hombre es su talla humana, como Artista, con A mayúscula, en un mundo en el que parece que las convicciones ideológicas tiene que impregnar cualquier faceta personal. Juan de Ávalos era ante todo escultor. Amaba las formas y los materiales que las contenían por encima de los tintes políticos de quien encargase la obra. Amaba su trabajo y ese amor se reflejaba en sus logros, y como buen amor, se mantenía voluntariamente ciego a lo que no fuese estética.
Los amigos de las simplificaciones siempre dieron por hecho que el autor de las estatuas del Valle de los Caídos tenía que haberlas hecho por convicción política o por dinero. No fue por ninguna de las dos cosas: Ávalos las hizo porque le parecieron un gran proyecto estético, una obra de arte que tenía que estar muy por encima de quien la encargase.
Que el cliente fuese Franco, era lo de menos. Su carné número siete del PSOE de Mérida también. A un verdadero artista sólo le importa la belleza.
Y Juan de Ávalos lo era. De los más grandes.
Descanse en paz y florezca su ejemplo.

F. Javier Pérez

28 junio 2006

Los apaches




A esa especie ajena al peligro de extinción que son los políticos, se le llena la boca alabando las bondades del medio rural y subrayando la importancia, a todos los niveles, de que no se abandonen nuestros pueblos. No se cansan de repetir que son los habitantes del campo los que cuidan del medio ambiente, de buena parte del patrimonio artístico, del histórico, y hasta del lucero del alba.
Vale.
Pero lo cierto es que en Zamora, como casi en todas partes, los pueblos envejecen, se marchitan, se desmenuzan bajo el pedrisco del desinterés y la solana del abandono. Primero quitan las escuelas, luego van suprimiendo coches de línea, consultorios médicos y hasta parroquias, y cuando a algún osado se le ocurre que podría recortar costes estableciendo su empresa en el campo, se encuentra con que las comunicaciones y la tan pandereteada sociedad de la información llega justo, justito hasta las afueras de las ciudades. Y a veces ni eso.
La última jugada ha sido la del mundial, que hemos tenido que “verlo” por la radio mientras los políticos, todos a una, nos siguen dedicando felicitaciones por lo bien que sabemos hacer nuestro papel de apaches en estas reservas indias en que quieren convertir los pueblos.
Nos quieren tener aquí para venir quince días y que no se hayan podrido las cañerías del agua durante el invierno, o para que haya quien llame a la Guardia Civil cuando entran a robar en un chalé. Para eso y para poco más.
El penacho de plumas, en su variante de boina negra, nos lo hacen obligatorio cualquier día para que demos más ambiente. Y si no, al tiempo.

17 junio 2006

Veinte años de CAMPUS




Yo conocí esta revista con ya siete u ocho años, allá en los tiempos en los que se vendía, cuando uno iba media docena de veces al kiosco de la cafetería a ver si había salido porque, como ahora, no tenía fecha fija.
Como desde hacía algún tiempo escribía en un periódico de La Bañeza, Bedunia concretamente, se me ocurrió enviar un artículo al apartado de correos. Meses después lo vi publicado, me animé y pasé por la reunión, en la cafetería Momentos. Allí se desperdigaban por las mesas papeles de todo tipo, desde revistas del despelote a apuntes de microbiología, penal, contabilidad financiera y hasta obitualística. Lo que supuse que serían artículos y colaboraciones para el periódico circulaban más deprisa que el resto, pasando de mano en mano entre juicios unas veces ácidos y otras simplemente vejatorios; presidía el cotarro un tipo enorme mientras el resto se castigaba profusamente los oídos con toda clase de injurias, blasfemias rococó y griterío austrohúngaro o australopíteco. Austroalgo en todo caso.
A eso también estaba acostumbrado, así que me quedé y cogí la costumbre de caer por allí los viernes a ser uno más de los que voceaban, mangoneaban papeles y expurgaban la dudosa genealogía del prójimo.
Luego supe que lo de los papeles era una simple maniobra de encubrimiento para engatusar a los novatos incautos, porque el periódico se hacía en dos días de trabajar de veras, y que el resto del tiempo lo que verdaderamente se ventilaba era dónde ponían peor café, qué profesor tenía más queridas, cual había sido engendrado a escote y la compleja semántica de vocablos como “entrejoder” o “sexofonista”.
Pero el periódico salir, salía. Cuatro veces al año, sin fallar nunca. No había comités, ni consejos de redacción, ni reuniones pare decidir la fecha de la asamblea en que se decidiría reformar el anteproyecto para el borrador de estatuto del Coño de La Bernarda, pero el periódico salía. El método era simple y lo pillé al vuelo: el que tuviese una idea podía contar con que su proyecto saldría adelante con dos condiciones: que se buscara la pastas para financiarla y que se la currara. En CAMPUS eso de tener ideas maravillosas para que curren los demás o las pague el resto no pasó nunca de intento de suicidio.
Así fue como llegamos a una quiebra montaraz que superamos saliendo a hacer publicidad como posesos, y en cuanto se hubieron pagado las deudas, Marcelino, el director enorme, aprovechó la coyuntura para quitarse el cadáver de encima y cederme el catafalco. Juro por Dios que sólo me quedé con el periódico y que no tengo la mnás remota idea de dónde pudieron ir los cuarenta kilos por los que pregunta desde entonces todo el mundo. Los de Marcelino, digo; no os vayáis a creer que aquí hubo nunca cuarenta millones...
Así fue como además de director cambiamos de formato, y después de algunos números y unas cuantas vicisitudes, con quiebras, cuernos, defenestraciones y desfalcos incluidos, convertimos Chema y yo el periódico en gratuito.
Eso fue lo único que cambió realmente, porque las reuniones, los juramentos y la persecución de las autoridades no menguaron nunca. Y la sorpresa de ver que no cerramos, de ver cómo nos la suda lo que digan o lo que hagan va en aumento. A estas alturas y con los cierres patronales que llevan a sus espaldas ya deben de considerar lo nuestro algo milagroso.
Lo que sí ha ido menguando con los años es la participación física de la gente. Porque antes, el que tenía una queja, venía con ella en la mano, daba la cara, y si acaso te decía que si podía ser se lo publicaras con unas iniciales. Ahora, en cambio, la gente manda los artículos por internet, y en vez de escribirlos los copia de un foro argentino. Pero aún así los firma con seudónimo no vaya a ser que alguien se dé por aludido.
O sea, que en CAMPUS lo único que ha cambiado son los estudiantes, que son al fin y al cabo los que hacen el periódico. Lo que echo de menos son las reuniones, que se las cargó internet, y las maquetaciones a destajo, que se las cargó la informática, y a lo mejor aquellos viajes en autobús hasta Budapest, cogorza de anís incluida para hacer más llevaderos los kilómetros, o las ampollas de los ocho mil carteles que nos pegamos entre dos tíos, haciendo pensar al ayuntamiento que todo un regimiento de empapeladores y banderinistas asolaba la ciudad. Si nos pillan de aquella, nos capan.
Veinte años, y lo que ha cambiado es NADA. ¡Qué ciudad la nuestra, joder!