29 diciembre 2007

Violaciones masivas (o lo que calló Pierre Boulle)

Estos días se ha insistido en una de las noticias más estremecedoras que yo haya leído en los últimos años: parece ser que en África se ha extendido la creencia de que el SIDA se cura manteniendo relaciones sexuales con niñas menores de trece años. Se dice también que si no se consigue a la primera hay que volver a intentarlo hasta que el mal desaparezca. Y no es un chiste cruel, no. Es en serio.
Semejante estupidez parece estar contribuyendo, y no poco, a la extensión del SIDA por África, además de suponer la muerte civil de estas ni as, que frecuentemente son violadas o arrancadas de sus familias en un majadero y criminal intento de librarse la mortal enfermedad infecciosa. Acto seguido, por razones también culturales, y como han perdido la virginidad, acaban vendidas como prostitutas.
Por supuesto, el periodista que comentaba el hecho, o quien redactó el informe que lo denunciaba, añadía piadosamente que estas creencias son fruto de la incultura y la pobreza.
Y una leche, digo yo.
Porque uno lee esas cosas y se pregunta por qué los esquimales, que son el doble de pobres que los africanos y están bastante más aislados, no se entretienen en violando a sus niñas para curarse, por ejemplo, el escorbuto.
No va a ser la pobreza. No va a ser la incultura. Va a ser, aunque suene un poco bestia, la definitiva incapacidad de ciertas sociedades para salir del barrizal. Con potencia colonizadora, sin ella, con petróleo a chorros o con minas de diamantes. Es igual. Hay quien tiene un pantano friolero y repulsivo y funda Holanda. Hay quien tiene un mina de diamantes y funda un matadero de hambrientos. No es la tierra. No va a ser.
Si es cierto aquello de cada hombre es él y sus circunstancias, hay que pensar que las circunstancias históricas y culturales de media África invalidan a algunas de sus gentes para la vida en sociedad. Por sus irrenunciables y casi generalizadas mutilaciones de clítoris, por su especial violencia en conflictos como el de Rwanda o el de Darfur, por sus bestialidades como la que hoy me atrevo a describir.
Los europeos hemos hecho las mismas cosas, y peores, pero no utilizábamos estas señas de identidad como credenciales para pedir ayuda al resto del mundo. Lo malo, creo yo, es que por África ha empezado a correr el rumor de que cuanto mayor sea el grado de salvajismo, más fácil será que alguna organización aporte fondos para remediarlo. Así que el mecanismo es simple: si haces el burro, mandan camiones con arroz.
Por mi parte, pienso justo lo contrario: al ser humano, todo, pero el que se porte como un chimpancé, que muera como tal.
Tal vez sea una burrada, no lo niego, pero el remedio va por ahí. O al menos, el nuestro, por ahí nos vino. Pagamos y aprendimos.

O eso quiero creer.

12 diciembre 2007

La Ruta de la Plata (la otra)



No se engañen: la ruta de la plata tiene poco que ver con una línea férrea que nos quitaron de rondón, por feos, por callados, y por fachas. La verdadera Ruta de la Plata es la que lleva los cuartos que pagamos entre todos de las zonas díscolas con el Gobierno a regiones más amigas de peonadas, subsidios agrarios y sufragios galeotes.
Aquí, como mucho, tratarán de ponernos un AVE, un TAV, o cualquier otro pajarraco que suponga, ocultándolo de algún modo, que viajar en tren sea cosa de ricos.
¿O qué se creen, que cuando ponen el tren de alta velocidad se mantienen los otros, de precio asequible? De eso nada. Cuando a una ciudad llega la alta velocidad llega también el alto precio, el ráscate el bolsillo si quieres y si no vete en coche o en autobús. Esa es la verdadera vocación de servicio público de los que gestionan las líneas férreas.
Hagan cuentas conmigo, a ver qué les sale: cada pasajero que va en un tren barato obliga a mantener las vías, pagar el personal, la locomotora, las estaciones, la limpieza de los vagones y un largo etcétera de gastos a adidos. y además, no tiene coche, que paga unos impuesto suculentísimos cuando se compra. Y no gasta gasolina, cuyo precio son impuestos en más de un ochenta por ciento, y no tiene garaje, que paga IBI, y no paga impuesto de circulación, etc, etc. Cada pasajero que va en el tren es una pu etera ruina para la administración, así que nuestros políticos deben de pensar que, por lo menos, el que vaya en tren, que pague uno de los buenos, a razón veinte mil antiguas pesetas por viaje, y por lo menos se le saca algo. De Madrid a Sevilla hay por ferrocarril cuatrocientos setenta Kilómetros, y el billete de ida y vuelta en el AVE cuesta alrededor de ciento cuarenta euros. Y son lentejas, porque los demás los quitaron. ¿O qué se creían?
Esto es lo que nos ofrecen en vez de reabrir un servicio público que simplemente sirva para descongestionarlas carreteras y dar un servicio barato y de calidad a los ciudadanos. ya verán, cuando funcione, qué bien circula la plata por esa ruta. Ya verán.

05 diciembre 2007

El gran padrastro

El gran hermano de Orwell se está quedando en caperucito rojo ante el advenimiento de otro lobo, rojo también, qué casualidad, en la cada vez menos lejana China.
Dicen las noticias de estos días que en una ciudad de nombre impronunciable (algo así como Chenzén) y doce millones de habitantes, el gobierno va a colocar en las calles doce mil cámaras de vigilancia capaces no sólo de grabar los menores movimientos de los transeúntes, sino también de reconocer sus rostros y localizar de inmediato el nombre, dirección, nivel educativo, antecedentes familiares, religión y trabajo de todo el que cometa la imprudencia de ir por la calle.
La idea, que es sólo un proyecto experimental, amenaza con convertirse en ley para todo el país, y si algo no lo remedia, verán ustedes qué pronto nos encontramos por aquí con algo parecido.
El pretexto será lo de menos: proliferación de la delincuencia, salud pública, amenaza terrorista o una variante de la glosopeda asnal que se transmite a los humanos. Es igual. El caso será tenernos a todos atados y bien atados, por nuestro bien, y a nuestra costa. Y seguro que hay quien lo aplaude.
Por esos mismos hormigueros, hay otro país donde hablan de prohibir paulatinamente el uso del papel y el metal moneda, de modo que sea obligatorio pagar cualquier compra con tarjeta de crédito. De momento, lo están haciendo por las buenas y el estado ofrece una bonificación del dos o el tres por ciento de todas tus compras con tarjeta, que te devuelve con la declaración de la renta. la idea parece inocente, pero no hace falta mucha imaginación para darse cuenta de que por ese camino el Estado controla hasta el último céntimo que se mueve en el país, y sabe además qué marca de chocolate nos gusta a cada uno, la talla de los condones y la frecuencia con que los compramos y el efecto de cualquier campa a publicitaria sobre la cesta de la compra. A los sociólogos se les hace la boca agua sólo de pensarlo. Y a los publicistas, ni les cuento.
Para que nos pongan una manivela en la espalda para darnos cuerda, faltan cuatro días. Y eso en Asia; aquí, como son así de majos, seguro que nos la ponen dos palmos más abajo.
Por echarse unas risas además de controlarnos, vaya.
Ustedes verán lo que hacen pero yo, por si acaso, pongo un anuncio para ir curándome en salud: "se compra rebaño de ovejas, sin cuota, para aprender idiomas con personal nativo. Interesados presentar ofertas en http://www.javier-perez.es/
Joer.

26 noviembre 2007

Una dictadura en marcha



Hay una forma sutil de asesinato que no figura en ningún código penal: convencer poco a poco ala víctima de que su vida no vale la pena hasta lograr que finalmente se cuelgue de un árbol, o acabe siendo una sombra de lo que fue cuando aún deseaba algo. Hay una forma de matar sin arma ni veneno: disolver la autoestima, sustraer lentamente el deseo de abordar nuevos proyectos, de levantarse por la mañana, de trabajar para comer. Porque comer ya no importa, ni hay porqué enfrentarse a los problemas, ni razón que lo justifique.
Muchos novelistas lo han intentado y, desde mi punto de vista, aún está por escribir la obra en la que el asesino acabe con sus víctimas aburriéndolas, instilándoles indiferencia por su propia vida, convenciéndolas de que lo mejor es quitarse de en medio y dejar que todo siga su curso.
Los novelistas no sabemos plantear semejante trama de modo creíble, pero los políticos sí. Nuestra democracia lleva ese camino. España se va a convertir en una dictadura no porque vaya aparecer un golpista o un iluminado que suspenda los derechos constitucionales, imponga la ley marcial y el toque de queda, sino porque poco a poco nos van convenciendo de que da igual votar a unos que a otros, de que es lo mismo quién esté en el gobierno o lo que protestemos, porque nos engañarán igual.
La participación electoral sigue descendiendo, y a medida que más gente se queda en casa, más se devalúa una democracia meramente testimonial, donde cada vez más, y con distintos pretextos, se condena la libertad de expresión y se impone el pensamiento único de unos valores creados fuera de la sociedad e instilados por la fuerza y de modo obligatorio.
Lo están consiguiendo, amigos: dentro de nada, si no ahora mismo, harán lo que les dé la gana de espaldas a los ciudadanos. Nos expropiarán el trabajo con impuestos abusivos y no servirá de nada quejarse, porque dirán que es en nombre de la solidaridad, la sociedad, la ética y la democracia. Nos dirán que el sistema financiero está en crisis por nuestra culpa, después de ver cómo subían artificialmente bienes de primera necesidad como la vivienda. Nos dirán que es nuestra culpa, o de los constructores, cuando son los ayuntamientos los que dan las licencias con cuentagotas para seguir sacando el máximo. Y nos lo tendremos que creer, porque no va a quedar más remedio. Es el trágala a la enésima potencia.
Pero no hay democracia que valga cuando al pueblo no le interesan los asuntos públicos. Y ellos son los que han peleado duramente porque no nos interese: para no dar explicaciones. Para lograr la impunidad del asesino que consigue que sea el otro el que, por su propia mano, se quite de en medio.
Lo están consiguiendo, porque el asco nunca falla como arma de guerra. Lo han conseguido, porque ya nos da igual y preferimos pensar en otra cosa. hablar de otra cosa. Tratar de vivir al margen de la política y tirar para delante. Como con Franco, pero sin esperanza de que se muera de una vez el opresor.
Talmente.

19 noviembre 2007

Fuego al contado (ruina a plazos)



Nos puede gustar mucho hablar de ética, de concienciación, y de todas esas cosas que vienen tan bien para redactar un proyecto hermosísimo y pedir una subvención al erario público, pero lo cierto es que a la hora de legislar, a la hora de crear las normas que nos tienen que defender de la ley de la selva, lo que verdaderamente funciona es que no haya nadie que obtenga beneficio con lo que empobrece al común.
El caso de los fuegos es de los más claros: mientras haya quien saque tajada de las hogueras, seguirá habiendo incendios forestales todos los veranos. Si la mitad de lo que se gasta en campañas de concienciación, en carteles, en anuncios, y en dar la pasta a empresas de publicidad más o menos afines, se gastase en evitar que haya quien saque un puñetero duro de los fuegos, nos cantaría otro gallo. O nos cantaría uno sin asar.
Porque la concienciación está muy bien, y es genial que los niños amen el monte y que la gente tenga cuidado de no lanzar la colillas por las ventanilla de los coches, pero, ¿cuántos incendios tiene como causa última un despiste o una negligencia? Quizás un diez, o un quince por ciento. Son muchos, vale, pero una miseria comparada con el casi setenta y cinco u ochenta por ciento que se consideran intencionados.
La clave en la lucha contra el fuego está en bloquear cualquier mecanismo de lucro que el fuego pueda producir.
Lo importante es cumplir de manera efectiva la prohibición de comerciar con la madera quemada o aprovecharla de algún modo. Si el árbol se quema, el árbol se pudre para los restos o se incinera en una térmica, pero nadie ve un duro del árbol quemado.
Lo importante es cumplir la prohibición de edificar, durante cincuenta o cien años, en los terrenos quemados. Usted queme el monte si quiere, pero la urbanización no la levanta, ni usted, ni su nieto, ni su puñetera madre. Y lo mismo vale para los pastos: si el monte ardió, la hierba muere de risa, pero las ovejas y las cabras no entran ahí en un siglo, no sea que el ganadero piense que quemando otro poco en otro lado habrá más hierba en unos años.
Lo importante, por último, es que no haya cuadrillas de extinción de incendios, sino cuadrillas de mantenimiento forestal. Si contratas a la gente para apagar fuegos, es natural que siga habiendo fuegos, por miedo a que si no los hay deje de haber trabajo. La idea tiene que ser la contraria: contratar a la gente para mantener, limpiar y sostener el monte, y así, si deja de haber monte, deja de haber trabajo. Verían entonces qué cambio.
Pero no: el caso es hacer que hacemos. El caso es ser tonto y celebrarlo. A la brasa.

15 noviembre 2007

Un país a vela


Algún día será el momento de hablar de los grandes navegantes españoles y de cómo, por aquello del respeto a las comunidades históricas, se convirtió a Castilla, principal potencia marítima de todos los tiempos, en una tierra sin mar. Geniales los tíos que diseñaron el mapa autonómico, ¿verdad?
Algún, día será oportuno, o vendrá a cuento. O quizás no, porque aquí no nos quejamos, ni nos hacemos las víctimas, no nos tomamos la mínima molestia en defender la memoria de los nuestros.
Pero tranquilos, que hoy no. Hoy, al hablar de velas, toca mencionar las que se están gastando y las que se gastarán con los continuos apagones. El modelo energético de España se parece, más que a nada, al del presidiario que va anudando sábana tras sábana y cordel tras cordel en busca de una salida que a un verdadero plan de cobertura. El incremento del consumo que se ha producido en los últimos años, debido al crecimiento de la población, a la mayor industrialización y al aumento del nivel de vida, no ha tenido más contrapartida por el lado de la producción que unas pocas centrales de ciclo combinado y la incorporación de centenares, millares de molinos de viento, que están muy bien, son muy ecológicos, pero sólo funcionan cuando sopla el aire. Y no es plan, oigan.
No se le puede decir a ninguna industria que quiera instalarse en nuestra tierra que podrá trabajar si hay viento. No se le puede decir al empresario que va a abrir un hotel que tendrá luz si sopla la tramontana.
La salida, por supuesto, está en las nucleares. Son peligrosas, de acuerdo, pero desde mi punto de vista no tanto como las térmicas que explotamos actualmente, con su emisión bestial de humos, sus nubes ácidas y su porquería generalizada.
Tengo un amigo, especialista en estas cosas, que me lo planteó un poco a lo bestia, y se lo voy a contar, si me permiten la burrada: imaginen que todos los días, al salir de casa, hay un tipo en su portal que les pone una pistola en la frente y les obliga a elegir un número del uno al doscientos cincuenta mil. Si aciertan el número que él lleva anotado en un papel, aprieta el gatillo y allí mismo les deja secos. Hoy, por ejemplo eligieron ustedes el ciento veintidós mil trecientos nueve, y él llevaba apuntado el ochenta y tres mil cuatrocientos catorce. Hoy no pasa nada. Acertar el número es muy difícil, pero el día que lo aciertes, te vas al carajo. Eso es la nuclear.
Ahora, imagínense que todos los días, al salir de casa, hay un tipo en su portal que les arrea una patada en la entrepierna, saluda y se marcha. Es doloroso, molesto y desagradable. No se muere nadie de eso a corto plazo, pero es un asco permanente. Eso es la térmica.
Cada cual según su talente elegirá una u otra. Yo, por mi parte, lo tengo claro.
Luego, por supuesto, están los que nos quieren llevar a la edad media, convenciéndonos de que consumiendo menos podríamos tener lo mismo. Esos son los de las velas. Esos son los que, desconociendo la naturaleza humana, tejen utopías para seres perfectos que no somos nosotros. Y cundo se dan cuenta, deciden reeducarnos. Concienciarnos. Esos son los que, si pudieran, nos quitarían hoy la nevera, ma ana la lavadora y finalmente fijarían un toque de queda para poder ahorrar en el alumbrado de las calles. Se dicen ecologistas pero en realidad utilizan el medio ambiente como pretexto para luchar contra el capitalismo, porque, si se fijan, esa gente nunca dijo una palabra de la contaminación soviética. Lo que quieren es detener el sistema actual, y el cómo, les da lo mismo. Esos son los que se oponen a que las líneas de alta tensión crucen los valles y los que se oponen a todos los trazados de las autopistas. Las personas, en el fondo, les dan igual, así que mejor ni mencionarlos.
Aquí, el caso, el caso real es que se consume más y no se ha logrado equilibrar esa demanda con una producción y una distribución adecuadas. El caso es que al paso que vamos, nos estrellamos. O nos quedamos en la cuneta, que casi es peor.
Cualquier solución sería buena si se abordara con coraje y con un mínimo de determinación, pero de momento, lo único que se les ocurre a nuestros políticos es quejarse de lo poco que invierten las eléctricas, amenazar con subidas de tarifas, y rezar para que los cables aguanten hasta que acabe su legislatura.
Y entre tanto, los apagones serán más frecuentes y más largos, hasta que llegue uno que nos haga polvo. Así que ustedes, por si acaso, hagan como los que se fueron a América: vayan aparejando las velas.

08 noviembre 2007

Muñoces y velascos



No digo yo que no tengan derecho a la nacionalidad los nietos de los exiliados a México, que sí que lo tienen. Pero me pregunto qué razón asiste a los que crean semejante criterio para dársela a unos y negársela a otros.
Porque el caso, seamos serios, es que si España se pone a repartir nacionalidades entre los descendientes de los que alguna vez se marcharon de esta país a alguna parte, vamos a ser setenta millones en cuatro días.
Somos una nación fértil; de eso no hay duda. Hay descendientes de españoles en todas partes, a millones, y en todas las circunstancias posibles. ¿Y por qué tiene más derechos el que huyó de una guerra que el que huyó del hambre?, ¿por qué se reconoce la legitimidad del que se fue por razones políticas y no del que se fue a trabajar? Me temo que va a ser por lo de siempre: porque vale más tener el carné del partido correspondiente que partirse el lomo día a día.
La conclusión a al que se llega, dando la nacionalidad a estas personas no es mala, pero el razonamiento es lamentable, en cuanto consagra la discriminación por razones ideológicas. ¿Que Franco también lo hizo? Pues claro, peor se supone que no hemos llegado hasta aquí para hacer lo mismo que Franco, porque si no, apaga y vámonos.
Ahora que estamos en la Unión Europea y que la nacionalidad española da libre acceso al resto de países de la unión, deberíamos ser un poco más cauteloso con estas cosas, no sea que nuestros vecinos nos empiecen considerar el coladero mayor, y acaben por cabrearse. Habría que tener algún criterio serio, el que sea, pero distinto a poder demostrar que tu padre o tu abuelo eran lo bastante afines al gobierno actual.
Ignoro si la anécdota es real o apócrifa, pero cuentan que cuando en los Estados Unidos hicieron a mediados de los cincuenta una campa a de integración, sugirieron a todos los descendientes de inmigrantes no anglosajones que "nacionalizaran" sus apellidos para facilitar el entendimiento y complicar las posibles distinciones o discriminaciones por razón de origen. La iniciativa, en principio, pareció correcta, y millares, casi millones de griegos, checos, italianos, húngaros y rusos acudieron a los registros para anglificar sus apellidos. La comunidad hispana, que quería en su mayoría quería seguir siendo y pareciendo hispana, no se lo tomó tan bien y contraatacó con una campa a apoyada en el siguiente eslogan: "antes que Dios fuese Dios y los peñascos, peñascos, los Muñoz ya eran Muñoz, y los Velascos, Velascos".
Pues eso, que como nos pongamos a nacionalizar muñoces y velascos, acabaremos por dar la nacionalidad y el voto hasta a Dios y a los peñascos. Y tampoco será eso, ¿no?

04 noviembre 2007

Bandoleros con glamour

Acabo de leer que una cadena televisiva de ámbito nacional prepara una miniserie sobre el tipo este al que llaman el Solitario y que se dedicaba a robar miserias matando gente. Lo normal es que cada país tenga sus chorizos, sus pederastas y sus destripaviejas, pero tengo la impresión de que en este nuestro hay demasiada afición por eso de ensalzar al delincuente.
Y me dirán, por supuesto, que de ensalzar nada. Que las horas en los medios que se le dedicaron en su día al Lute no eran ensalzarlo. Y que el aplauso más o menos abierto que se brindó al Dioni después de largase con la pasta de un furgón blindado era solamente una profundización en la anécdota. Ahora, cuando se lee la crónica de la detención y posteriores andanzas de este elemento, se aprecia entre líneas un cierto toque admirativo, algo semejante a lo que se puede leer en los periódicos deportivos cuando se pretende crear un mito para que suba su cotización mediática.
Parece que desde los tiempos de los bandoleros de Sierra Morena estamos igual: jaleando al que roba y mata, porque siempre roban y matan a los demás. Por este sistema, aunque nos parezca gracioso, aunque el espíritu español sea reacio por naturaleza a plegarse a la autoridad de la ley, lo único que conseguimos es que cualquier imbécil que busque su minuto de gloria se eche la escopeta al hombro y deje tieso de dos tiros a algún pobre desgraciado.
Por este camino, lo que hacemos es fomentar nuestra propia ruina, y socavar sin saberlo la seguridad de la sociedad en la que vivimos. Porque, antes de que se promulguen las leyes o se empeñe mayor o menor vigor an cumplirlas, antes de que la pesada maquinaria oficial se ponga en marcha, ya actúa la mente colectiva en el futuro delincuente, diciéndole que no está tan mal lo que va a hacer.
¿Les parece raro? Permítanme un ejemplo: cuando un joven se plantea qué carrera o qué oficio va a estudiar, pasan por su cabeza los futuros posibles, y lo que la gente que le importa opinará de él, y lo que podrá obtener, y el estatus que alcanzará. Y la opinión de los demás pesa tanto que, mira por dónde, a sabiendas de que se gana más dinero y se tiene empleo más seguro con un oficio, siguen siendo mayoría los que prefieren ir a la Universidad. Porque luce. Porque te miran bien. Porque da prestigio.
Pues señores, con los delincuentes pasa igual: si el que está pensando en dar un atraco ve que al que roba y mata se le dedican páginas en la prensa y minutos en los noticiarios, y se les dedican con un cierto aire de admiración, cada día se animará más a asumir los riesgos y convertirse efectivamente en un atracador y un asesino.
Y la culpa, en parte, es nuestra. Por esa sonrisilla imbécil de admiración. Por esa épica gratuita que a veces les concedemos.

31 octubre 2007

Las cuentas con la Iglesia (mejor no hacerlas)



Que sí, señor Carretero, que sí saben lo que hacen. Que perdonarlos los perdonará Dios igual, si existe, porque para eso derogó en una cruz el Antiguo testamento y su ley del garrotazo y tentetieso, pero vaya si saben lo que hacen.
Lo saben y les da igual. Porque les importa un carajo el número de plazas de asistencia a ancianos que esté ofreciendo la Iglesia. Les importa tres pimientos que los padres sigan haciendo malabarismos para mandar a sus hijos a un colegio concertado en vez de enviarlos al que les quieren imponer. Les da por el saco que el noventa por ciento del patrimonio histórico y cultural español dependa para mantenerse en pie de la diligencia de párrocos y cabildos. Se la suda.
Cerrarán los colegios, los albergues para personas sin techo y las residencias de ancianos, y acto seguido le echarán la culpa a la Iglesia. Por avariciosa, insolidaria y oscurantista.
Aquí de lo que se trata es de darle los cuartos a los partidos y a los sindicatos, de repartir subvenciones entre comunas de artistas, pancarteros y otros apesebrados del régimen. Lo importante es combatir cualquier grupo o asociación que vertebre la sociedad más allá del terruño, la televisión y el lerele cortijero con señoritos estirados en que poco a poco van convirtiendo el país. Y no es cuestión de colores, sino de mentalidades, y en eso de amurallar lo propio y echar treinta cortinas a lo que se hace van todo por el mismo camino.
Si esperamos que hacer cuentas sirva de algo, estamos apañados, señor Carretero. Las cuentas le importan al que gasta su dinero, y estos gastan el de todos. Para lo que sirve esta clase de cuentas es para ponerles los dientes largos, porque lo que de verdad les gustaría es cambiar un albergue de transeúntes que está costando treinta mil euros al año por otro que cueste noventa mil, con cinco personas contratadas, todas afines, y todas funcionarias. Y que el comedor lo lleve la empresa de un cuñado.
Nos cuenta usted que una plaza en un colegio público cuesta 3518 euros y en uno concertado sólo 1841, y seguramente tiene razón. Seguro. ¿Pero no se da cuenta de que eso son 1677 euros perdidos por niño?, ¿no se da cuenta de que alguien tenía que cobrar ese dinero y se lo están quitando de las manos? ¡Vaya faena!
Que sí, que es eso, no se engañe, y que por esa razón le dan tantas vueltas a quitarle la asignación a la Iglesia: porque están a ver lo que cierra y a ver lo que pueden chalanear por el camino. O a qué ONG se lo dan, a cual de esas a las que cuesta un imperio sacarles el dato de qué parte de sus ingresos gastan en lo que tan galanamente llaman autogestión. O a qué empresa recién creada le contratan el mantenimiento de una ermita que hasta ahora se conservaba con trescientos euros al año, a escote de los fieles.
Por eso es mejor evitar semejante clase de cuentas, conociendo al personal.
Por no dar ideas, más que nada.
Mejor callar, hágame caso.

Gestores del todo a cien



Se discute estos días si los sueldos que se autoasignan nuestros políticos deberían referenciarse a lo que gana un funcionario, a lo que gana un gestor, o a qué. Se quejan algunos de que del bolsillo de todos salen cantidades difícilmente justificables, y puede que tengan razón en parte, pero no por las cantidades, sino por lo poco que vemos a cambio de ellas.
Por mi parte lo tengo claro, porque llevo muchos a os trabajando cerca de la institución universitaria, y considero más que demostrado que hay ciertos puestos, mal pagados, en los que sólo se acaban metiendo los que no valen para otra cosa.
Harto estoy, se lo aseguro, de comprobar que los buenos profesionales, los de verdadera valía, acaban trabajando para empresas que les pagan un pastón mientras que en las tarimas de la Universidad quedan para dar clase los que saben que no van a encontrar nada mejor o los que no tienen ganas de rendir cuentas ni horarios a nadie. En general, los vagos y los ineptos, vaya.
Ya les he contado antes que lo mío es la economía, y en esta rama les aseguro, les juro incluso, que una profesional con grandes habilidades para la gestión no se conforma con cobrar dos mil euros. A no ser, claro, que la otra opción fuese cobrar setecientos trabajando de contable de una panadería.
Pues en la política igual. O peor. Necesitamos gerentes. Necesitamos administradores con iniciativa, dispuestos a partirse la cara para sacar adelante sus proyectos. Necesitamos gente que sepa hacer las cuentas, buscar los recursos y optimizar su utilización. Y la gente que sabe hacer eso cobra verdaderas fortunas en la empresa privada.
¿Cómo queremos que se presente a alcalde un se or que gana veinte o treinta mil euros en su trabajo? No se presenta, por supuesto, y con esta postura populista y bonachona del amor al arte acabamos permitiendo, o fomentando, que los asuntos públicos queden en manos de aficionados, de arribistas y de desaprensivos que vienen a hacer experimentos con nuestra gaseosa.
Y es que es igual en todo: si buscas un alicatador de cuatrocientos euros al mes, al final se van los azulejos al carajo. Y si buscas un alcalde de miseria, pues eso obtienes: una miseria de alcalde.
Lo que vale algo, algo cuesta. Eso lo sabemos todos, pero la sabiduría popular parece agotarse cuando se trata de estos temas. Porque si no, no se explica esta continuo recaer en tener muerto de hambre al perro que vigila las gallinas.
Va a ser por cainismo. Va a ser por jorobar a alguien. Aunque nos rebote.
O por el convencimiento de que con el sistema electoral actual, aún pagándoles, tendríamos a los que eligiesen los partidos. Y en el partido, pues ya se sabe: si el candidato sabe sumar o no, es lo de menos; lo que cuenta es que sea dócil y un poco más tonto que el líder inmediatamente superior, para que no le haga sombra.
Por las dos cosas, me temo.
Foto: Ciudadano echando cuentas

21 octubre 2007

Zamora y sus litorales



El problema de Zamora no es sólo que el Cartógrafo Mayor la pusiera en una esquina por donde nadie pasa, como decía el otro día el director de este periódico, sino también y creo que sobre todo, la manía secular de pensar que Portugal no existe.
Porque no me negarán que si Zamora estuviese junto a la frontera de Francia nos lo tomaríamos de otro modo. Pero no estamos en los Pirineos: no tenemos limitada nuestra movilidad por una cordillera de mucho pe asco, mucha nieve y muchos miles de metros de altura. Lo único que tenemos a nuestra espalda es más tierra, como la nuestra, y más gente, también como la nuestra, y la continuidad de un río que sigue frontera abajo con total indiferencia a la latitud exacta donde algún tonto caducado puso una frontera.
Seamos serios, paisanos: Zamora queda en ninguna parte, pero no porque sea una isla, ni porque sus costas miren a un océano infranqueable. Zamora está "en casa Dios" porque no se ha hecho ningún esfuerzo real de comprensión, de colaboración, ni de coordinación socioeconómica con los portugueses, que son tan vecinos y tan horizonte nuestro como los vallisoletanos o los leoneses. Somos una esquina porque queremos, sobre todo en estos tiempos de ausencia de fronteras, normativa común y moneda única.
Deberíamos echar un vistazo al modelo alemán, o al modelo checo donde la frontera entre sí, o la frontera con Austria, es un simple convencionalismo, donde la gente va a trabajar o a hacer la compra de un lado a otro todos los días. Deberíamos echar un ojo a sus infraestructuras comunes, pagadas a escote, y a sus esfuerzos doblados, y hasta triplicados para que en la regiones fronterizas no se duplique y tripliquen los gastos. Viena y Bratislava, las capitales austriaca y eslovaca respectivamente, están a treinta kilómetros, y a estas alturas deben haber acordado hasta el reciclado de basuras en común, sin que nadie entienda que pierde su soberanía. Sólo es cuestión de hacer que las cosas funcionen mejor y más barato. Sólo es cuestión de usar la cabeza para algo más que llevar la boina.
Pero no, aquí no.
Aquí lo que ocurre es que mantenemos esa mentalidad medieval de que al otro lado hay monstruos, de que una vez que se llega a la línea de demarcación empiezan los precipicios insalvables donde se pierden los hombres y las almas. Y no es así. Zamora no es una esquina. Es un territorio central con Castilla al este, León al norte, Salamanca al sur y Portugal al oeste. Es así. No hay quien lo niegue, pero a nuestros políticos, siempre originales y decididos, ni se les pasa por la imaginación convertir en realidad económica y vital la evidencia de los mapas, sobre todo porque el único mapa que han visto es el del tiempo y ahí no sale Portugal.
Debe de haber quien cree que al oeste de Zamora hay playa, caray. Y lo que hay es gente que se siente aislada y abandonada por su gobierno, porque les dicen que son noreste periférico y es mejor invertir en Lisboa o en Oporto. Del otro lado de la frontera hay gente que está mal porque piensa que está sola, y de este, otro tanto. Y seguimos pensando eso después de que el Tratado de la Unión borrase al demonio la frontera. Somos como dos náufragos que se ven todos los días, se saludan con frialdad y se mantienen en la cabezonería de que están solos.
Somos de chiste, no me digan.

14 octubre 2007

La lealtad de los girasoles



El otro día estuve siguiendo un rato del debate sobre el estado de la nación y al que más eché de menos fue a Manolo el del bombo. A ver cuándo lo invitan.
En estos debates, por lo que tengo visto y oído, lo que menos le importa a nadie es lo que se dijo, lo que le cuesta a los espa oles llegar a fin de mes o las razones que puedan esgrimirse. Lo que cuenta aquí es la camiseta que lleve cada uno y su capacidad para sentir los colores, porque se trata de eso: de sentir los colores o sacar el santo en procesión.
Si llueve o no llueve es lo de menos: lo que cuenta es si eres de este o de aquel santo. Si los tuyos juegan bien o mal, importa un rábano: el caso es que ganen, aunque sea de penalty injusto en el último minuto.
El debate sobre el estado de la nación se parece cada día más a un Madrid-Barça: cada cual aplaude a los suyos a rabiar, hagan lo que hagan, porque el forofo es como el talibán. Mientras tanto, los cuatro aficionados de verdad al fútbol se resignan a ver un partido de mierda donde unos tíos que cobran lo que no valen ridiculizan la profesión que dicen desempeñar.
Y resulta que yo siempre fui un aficionado de veras. Y cuando oigo a estos fulanos que nos representan no paro de echarme las manos a la cabeza, por su baja categoría, por su nula capacidad oratoria, por lo malos que son, lo mal que se explican, las tonterías que son capaces de decir y la impunidad con que nos insultan a la cara.
Estos señores no tienen media bofetada dialéctica. Unos son analfabetos funcionales y se muestran orgullosos de ello, diciendo que no sólo la gente preparada puede representar al pueblo; otros hablan para la galería, sin saber que las galerías cerraron hace años, sobre todo las de carbón; otros se contradicen, se lían, se dan de bruces contra sus propias majaderías y siguen tan anchos. Y mientras tanto, el público, aplaudiendo a rabiar a los de sus colores.
Porque el público quiere ante todo ser leal. Y fiel.
Fiel como los girasoles, que siguen en todo momento las evoluciones de su astro, sin perderle ojo.
Tenaz como los girasoles, que no desmayan nunca en su empeño.
Inteligente como los girasoles, por supuesto.

¿Y qué hay del puente de mi pueblo?


Tenemos en estos días temas de sobra para hablar. Que si los atentados en Yemen y en el Líbano, cumpliendo a rajatabla aquel dicho de que no hay en el mundo un pu ado de tierra sin una tumba espa ola. Tenemos el orgullo gay, con millón y pico de participantes de toda Europa; tenemos la jornada final de los juicios de los atentados de Atocha, aquellos que unos dicen que cambiaron un gobierno y otros dicen que simplemente acabaron de ayudar a caer al que había.
Y precisamente por la dificultad para elegir, por lo sesudo y lo dramático que se pone todo el mundo, creo que es el momento de preguntar: ¿y con el puente de mi pueblo qué coños pasa?
Porque el caso es que ya va para seis o siete a os que una riada destruyó el puente que une, (o que da paso, porque unirnos no nos une ni Dios) San Pedro de Ceque y Uña de Quintana. Siete a os y así estamos, como entonces, vadeando el río en plan John Wayne cuando se puede, o dando más vueltas que Moisés en el desierto.
Y es que es la leche, oigan. Que si ya hay presupuesto. Que si ya está aprobado. Que si lo van a hacer de un momento a otro. Que si de este mes no pasa el comienzo de las obras, pero seguimos igual: con un puente en ruinas que dentro de poco no podremos retirar porque nos lo van a catalogar como patrimonio arqueológico los de cultura.
Mucho politiqueo por todas partes, mucho vete y ven, peor el caso es que los servicios mínimos, los que hay que cumplir, lo que diferencia a un país normal de una monarquía platanera, siguen pasándose por alto.
Se supone que tendría que haber cosas que no son negociables. Se supone que los impuestos los pagamos todos independientemente del partido que gobierne el pueblo, y que por esos impuestos abonados tenemos derecho a unos mínimos. Y no estamos pidiendo el Metro, carajo, sino sólo que la red viaria funcione. Por no pedir, no pedimos ni que asfalten la carretera: sólo que sea transitable.
Pero es que ni eso, oigan. Siete a os con un puente derrumbado, no se sabe si a la espera de que gane las elecciones un partido del agrado de quien corresponda, o de que se levante con el pie derecho un lisiado que tiene los dos izquierdos.
Por este camino no nos desprendemos del rebufo del franquismo, porque vamos a votar, so amos por las noches con que tenemos una democracia, pero a la hora de la verdad dependemos de la aplicación de esa reputada figura jurídica que es el capricho administrativo.
Y para esperar a que se respeten nuestros derechos a que se le ponga en los cataplines al jefazo de turno, casi estábamos mejor con el tío Paco. Por lo menos nos podíamos cagar en sus muertos sin que a nadie se le ocurriera venirnos con monsergas de voluntades populares.
Por lo menos con Franco si te tomaban el pelo podías pensar que las cosas mejorarían cuando llegase la democracia. ¿Pero así qué hacemos?, ¿Subir los cachos del puente a un trailer y dejarlos delante de la Diputación o de la Junta?
Pues igual hay que hacer eso. Manda carajo.

08 octubre 2007

Carta de un republicano al Rey


Majestad, soy republicano porque no reconozco más rey que Elvis Presley. Y a rey muerto no hay rey puesto que valga. No fumo Coronas ni Royal Crown. No bebo Coronita ni Soberano. No escucho zarzuela. Y se me escapa una risita cuando en la tele hablan de las vacaciones del Bribón del rey. Nunca creí en los Reyes Magos (por cierto, que su hijo Felipe debió ser el único niño que nació sabiendo que los reyes eran los padres). No me cambiaría por usted: mire ese antepasado suyo francés, Luis XIV: mucho Rey Sol y al final ha quedado el hombre para dar nombre a una cómoda. Lo que sí le digo es que los que queman su foto, majestad, no son republicanos: son gilipollas. Ya estará usted de ellos, señor, hasta la coronilla.


Francisco García en La Opinión de Zamora

30 septiembre 2007

A cascarla a la vía



Que no me encajan el mitin, hombre. Que no. Que se pongan como se pongan no voy a ir a ver las películas españolas al cine, aunque las programen obligatoriamente, ni aunque sea gratis y paguemos la entrada a escote, vía impuestos.
Que no. Que como no me lleven a punta de pistola, no voy. Que estoy ya hasta los huevos de películas sobre la guerra civil, de putas y de travestis, de yonquis y de colgaos. Que el cine social es otra cosa, hombre. Que estos tíos van a la manifa con la pancarta para que les den para una película y luego hacen la película para que les den para la pancarta. Y ya está bien. Que más que una pescadilla que se muerde la cola son pulpos que se muerden las ocho colas, porque bocaza les sobra. Y tentáculos. Y ventosas.
Y si encima me dicen que los actores son creativos, ya me parto. Creativos son los albañiles cuando levantan un tabique, y no le piden una parte de lo suyo al arquitecto. Se curran el tabique, lo cobran y en paz. Pero estos no: estos quieren cobrar un canon para meter la cuchara en lo que trabajó Paco Martínez Soria, que sigue saliendo en la tele de cuando en vez porque aún hay quien no la apaga cuando lo ve. No como ellos, que no compiten ya ni con la publicidad de los dodotis.
El cine americano es malo, vale. Es frívolo, ramplón y con acné. Cuenta milongas, vende motos y transmite una imagen social de echarse a temblar. Que sí. Pero por lo menos no aburre a las ovejas. Por lo menos sabe lo que es y dónde está. El cine español, en cambio, es como ese tío gilipollas que se deja el libro de Sartre en el asiento de atrás del BMW de su hermano, para vengarse de lo costoso con algo barato que aparenta intelectualidad.
Y no. Ya no cuela. Lo nuestro no da para planos largos reflexivos como el cine francés, ni para desgarrados desiertos como el iraní. Lo nuestro es cine sueco, pero con barman en vez de Bergman. Lo nuestro es la mirada fija y la barbilla temblorosa para terminar diciendo "hay gente pa tó". Lo nuestro es un despelote donde el director hace de director, de guionista, de intérprete y hasta de jefe de maquillaje, porque de todo entiende. Y luego sale lo que sale: o historias que se adivinan desde el minuto tres, o elefantes en la bañera que no hay dios que los saque a flote dignamente, como aquel "abre los ojos" de Amenábar, depilado en seco de puro traído por los pelos.
Muy mal está la cosa. Muy mal. Con excepciones, por supuesto, pero de pena.
Hay que apoyar lo de casa, por supuesto, pero está demostrado que el arancel y la norma legal no hacen más que empeorar el producto y machacar al consumidor. ¿Qué nos vendían los de dentro cuando no se podía comprar fuera? Cualquier cosa y al precio que ellos querían. ¿Cuándo empezaron a espabilar? Cuando vinieron los de fuera a competir y poner a tono al chapucero de toda la vida.
Pues estos del cine quieren lo contrario. Que no venga el de fuera. Que haya que ver lo suyo por narices. Y con la ayuda del Gobierno, por supuesto, porque este ministerio que se dice de Cultura es en realidad un Ministerio de Propaganda.
Como decía Eduardo Mendoza, espero que no sea verdad eso de que cuando te llega el momento de la muerte veas transcurrir toda tu vida por delante de ti, porque bastante malo es ya morirse como para encima morirse viendo cine español.
Terrible, oigan.

Un cierto desasosiego



Aún no ha salido sentencia en el proceso sobre los atentados de aquel marzo, en Atocha, cuando casi doscientas personas resultaron muertas y varios miles heridas.
Quien más y quien menos ha seguido el juicio, y no sé a ustedes, pero a mí me queda una cierta sensación de desasosiego, como cuando salgo del cine de ver una de esas películas malas, en las que el guión no encaja, los personajes no se sostienen y hay que suplir con exceso de efectos especiales la inventiva que faltó.
No sé, caray. No me lo explico. No puede ser que en el atentado más grave de la historia de España no se pueda determinar el explosivo empleado. He hablado algo con entendidos en la materia y se encogen todos de hombros. Es incomprensible: no es que quedasen dos pinzas y el capuchón de un boli para analizar: quedaron trenes enteros, y una estación, y nadie tomó las muestras en su momento, y alguien las lavó con amoniaco, y alguien tiró al cubo de la basura los objetos recogidos en el lugar de los hechos. Y la mochila que no estalló no se sabe dónde la cogieron, ni dónde estuvo, ni qué carajo pasó con ella. Y la furgoneta no tenía nada cuando la revisaron los perros y luego contenía hasta cuarenta objetos, después de pasar por una comisaría. Y claro: el que lleva lo de los perros se mosquea, porque dice que él puede no ver una cosa, pero su perro detecta un petardo en el césped del Bernabéu.
Y luego resulta que las mochilas las ponen unos tíos que se bajan de los trenes pero se suicidan al día siguiente, o a los dos días, cuando de haberse suicidado a bordo hubiesen provocado diez veces más daños.
Y poco después aparece otra mochila en las vías del AVE, y de esa no se habla porque eso es materia de otro proceso y otro delito.
Y se ha periciado, y se ha preguntado, y han salido policías diciendo que no comunicaron a sus jefes que un soplón les había hablado de quinientos kilos de explosivos porque se les olvidó mencionarlo.
Y está todo muy bien y muy trabajado. Pero a mí, que me dedico a eso de la novela negra, me queda la impresión de que si se me ocurre presentarle esta historia a mi editora me echa a patadas de su despacho, y eso que es una chica simpática y paciente. Me corre a boinazos si le presento esto, se lo juro.
Porque los confidentes se enteran, se lo cuentan a la policía y los polis no se dan por enterados. Porque la dinamita la trae un asturiano chalado que va y viene en el Alsa con otro tío. Porque los suicidas se suicidan al día siguiente y no cuando cometen el atentado. Porque hay trece mochilas, y explotan todas, menos una, que estaba activada por un teléfono móvil al que le faltaba un trozo de plástico que aparece en casa de un sospechoso.
Todo muy malo. Todo muy cutre. Todo muy traído de los pelos y demasiado parecido al cuento de Pulgarcito.
Si esto es la realidad, no es de extrañar que el cine español sea tan flojo y que vaya a verlo tan poca gente.
Yo por si acaso, pongo mi anuncio, que nunca se sabe: se ofrece novelista especializado en género negro para planear la próxima marranada. Experiencia contrastada en tramas que encajan sin necesidad de recurrir a milagros.
Razón aquí mismo o en http://www.javier-perez.es/
Si me llaman, ya les cuento.

12 septiembre 2007

El poder de la prensa (y otros cuentos chinos)


El poder de los medios de comunicación es un mito heredado de otro tiempo, como el poder de un obispo o la importancia de los caballeros templarios.
Los periódicos, y después las radios y las televisiones, eran un verdadero poder en tanto en cuanto tenían capacidad para mover a las masas de modo que estas, a través de la presión expresada de distintos modos, movieran a su vez a los gobernantes. La comunicación, pues, era un poder real e indirecto.
Pero los medios ya no movilizan. El pueblo en tanto masa, y en tanto gran estómago satisfecho, es incapaz de activarse de modo efectivo. Y en cuanto masa y en cuanto cerebro abotargado, tampoco guarda memoria. Cualquier criminal sabe que para mover unas elecciones hay que poner la bomba tres días antes, porque si la pones con un mes de anticipación ya no se acuerda nadie. O se acuerdan, pero no les influye.
Es duro pero es así: un político cualquiera podría muy bien gobernar tres años y medio de espaldas a los periódicos. Podría ser incluso un dictador que se saltase cualquier norma y hacer caso omiso de las críticas de los columnistas y los titulares de los telediarios. ¿Se imaginan a un dictador sin partido único y sin censura? En otro tiempo eso era impensable, pero hoy resulta hasta probable. Este hipotético personaje podría gobernar a sus anchas sin necesidad de reprimir reacción alguna por el simple procedimiento de hacer caso omiso de lo que se le dijera. Y mientras la economía marchase bien, el sistema le funcionaría. Porque el lector y el espectador están tan acostumbrados al escándalo constante, a la interminable sucesión de supuestos y reales atropellos que se limitará a indignarse dentro de los límites de su sillón, acudir al trabajo al día siguiente y, todo lo más, comentar la nueva felonía del poder con algún amigo de cafetería. Las revoluciones existen, sí, pero consisten en cambiar de marca de cuchilla de afeitar o de cepillo de dientes.
El poder de los medios de comunicación sólo existe en tanto en cuanto el político o el empresario de turno desean ser amados. Sólo existe en tanto en cuanto caen en el vicio de buscar anuencia, de querer ser aplaudidos y de sentirla necesidad de leer elogios. El poder de la prensa estriba solamente en la vanidad del gobernante, pero sus posibilidades de influir fuera de esta faceta se ha vuelto ínfima, casi nula, tras la desaparición de su verdadera fuerza: la capacidad de reacción popular.
Estamos ante un vigorizante o un excitante que antes cabreaba y fortalecía al luchador. Como el luchador ha muerto, la pastilla sólo da risa.
Pero eso sí: colocada sobre su tumba mejora el decorado. Y nos hace creer que seguimos en una democracia. Nos hace creer que le importamos a alguien.

10 septiembre 2007

Salvados por el chorizo


Es increíble que haya que decir estas cosas, pero lo cierto es que en España debemos mucho a los mangutas, los trileros y los estraperlistas de todo pelo que forman y formamos la mitad del censo. O más.
Y hay dos razones, dos, para reconocer esta deuda, como si fueran morlacos astifinos de alguna afamada ganadería. Parta explicarlo como es debido habría que meterse en corrientes y torbellinos económicos, pero el caso es que estamos casi en verano, cerca de la noche brujeril de san Juan, y lo mejor será que intente exponerlo con menos precisión pero poniéndolo a mano.
Hay dos razones, decía, para que los españoles estemos en deuda con los defraudadores.
La primera es la monetaria. Cuando la Unión Europea instituyó el euro como moneda, calculó el tipo de equivalencia con las monedas anteriores y a cada país le correspondió un tipo de cambio. El euro, como todos sabemos por la cuerda que tanto nos aprieta en el pescuezo, valió 166,386 pesetas. Esta cifra, que no es caprichosa, se suponía que tenía que reflejar el valor de la economía española. Todo bien hasta ahí. Pero resulta que según cálculos y estudios el volumen de la economía sumergida española, es decir, el de los negocios y actividades económicas no controlados por el Estado, era muy superior a lo estimado, por lo que había más pesetas ocultas de las que se pensaba. Así, España recibió más euros de los que le correspondían, o dicho de otro modo, se valoró la peseta por encima de su valor real, ya que de haberse sabido que había más, el valor final habría rondado el de un euro por cada 185 o 190 pesetas. De este modo, no queda más remedio que reconocer que fueron los que tenían los cuartos escondidos debajo de la teja (o en una caja de seguridad de un banco) los que enga aron a las autoridades europeas e hicieron que al peseta se valorase en más de lo que le correspondía. Esta, según los entendidos, puede ser una de las razones pro las que hayamos vivido en los últimos a os un gran auge económico: porque fue como si nos tocase la lotería.
La segunda razón duele más, y es la eficiencia. Según afirman algunos estudios econométricos, en Espa a se obtiene casi una doble productividad real del dinero que queda en manos privadas que del que administra el Estado. la proliferación de distintas administraciones, central, autonómica, provincial y local, hace que por cada euro que se gasta o se invierte desde el sector privado sea necesario gastar casi dos para conseguir lo mismo si es el sector público el que lo gestiona. De esta manera se llega a la conclusión de que, dentro de unos límites, cada euro que se escaquee al fisco y que se invierta en la propia empresa o en un chalé en la costa (alguien lo construye, y ese alguien cobra un sueldo) rinde más, produce más empleo y más riqueza que si se lo llevara Hacienda. Podría ser, por tanto, que la prosperidad de esta última época, se deba también en parte a lo mucho que se oculta, lo mucho que se esconde y lo mucho que no se declara.
De si esto es ético o no, hablen con un cura. Yo sólo soy economista.

01 septiembre 2007

Héroes en mangas de camisa



Risa floja me da cuando pienso en el mandato constitucional de llevar la descentralización del Estado más alla de las autonomías. Tan floja que casi se me tuerce el gesto, oigan.
Ahora que nos han convertido en espectadores de las tomas de posesión de los distintos gobiernos, administraciones, concejalías y fregadurías de turno, no queda más remedio que preguntarnos qué fue de esa descentralización y qué se hizo de la idea inicial de que las Comunidades Autónomas transfiriesen dineros y competencias a las administraciones locales.
Parece que nada. Y que ahí se va a quedar. Normal, porque la creación de las autonomías no tenía nada que ver con aquel rollo macabeo de acercar la administración al ciudadano. Si fuera por eso, por una mejor gestión basada en la proximidad, nadie mejor que los ayuntamientos para conocer los problemas reales. Pero no era eso: se trataba de callar la boca a los nacionalistas a fuerza de bajarse los pantalones. Se trataba de arrancar un consenso imposible de transición a una gente que basaba y basa su existencia en la queja, el lloriqueo, el victimismo y la reivindicación perpetuas. Que el ciudadano estuviese mejor o peor atendido les importaba y les importa tres pu etas.
Y pasan los a os y la cosa se agrava. Las provincias que no tienen agarraderas, o que sólo cuentan con políticos zoquetes o pesebrarios, se empobrecen, víctimas de la competencia desleal de los que se permiten decretar vacaciones fiscales o pueden exigir inversiones en infraestructuras que los demás ni so amos.
El campo se despuebla. Y resulta ahora que te metes a alcalde de un pueblo cualquiera de nuestra provincia y te encuentras con que tienes las mismas farolas que hace veinte a os, o más, y las mismas cañerías de la traída de aguas que mantener, pero que en lugar de trescientos vecinos te quedan sesenta, y el presupuesto se ha dividido por cinco. Te metes a alcalde de un pueblo zamorano y entonces ya no te da la risa floja: ya es que te descojonas por los rastrojos pensando en cómo vas a dar servicio a tus vecinos con la porquería de recursos que te deja la nunca descentralizada, siempre rapiñera administración regional.
Porque los habremos votado o no, nos la liarán más o menos, tendrán algunos también sus torcidas intenciones, pero la inmensa mayoría de los que van a ser alcaldes en nuestra provincia son verdaderos héroes que tendrán que lidiar contra la incuria, el abandono, el despoblamiento y la intrascendencia de sus problemas. La mayoría de nuestros alcaldes y concejales tendrán que sacar el traje y la capa de Superman del baúl para que sus pueblos no se caigan a cachos, para que no les cierren la escuela, no les quiten el autobús o no les pregunten para qué quieren un médico, con lo sanos que están todos.
Luego sale alguno como Lobato, en Peque, y los que no conocen el paño se echan las manos a la cabeza pensando que está loco. Y no. Lo que está es harto, coño. Si soy yo, pido una base de portaaviones. ¡Con un par!
Así que los que empiezan, que se vayan preparando, porque en esta provincia nuestra para ser alcalde de pueblo hay que ser Roberto Alcázar, Mortadelo, Hulk, Spiderman y Gandalf juntos.
Y aún así es poco. Ya lo verán.

06 agosto 2007

La abuela se fue al bingo



Imagínense que llegan un día a casa y les da por preguntar a sus hijos, o a su cónyuge, dónde está el dinero del cajón, y les contestan que la abuela se fue al bingo. Puede que la abuela sea una persona sobria y cabal, pero no dejarán de reconocerme que la respuesta les parecería inquietante. Como poco.
Pues váyanse haciendo a al idea, porque la realidad está muy próxima: el viernes ocho de junio el Consejo de Ministros aprobó que se pudiera invertir una parte del Fondo de la Seguridad Social en renta variable.
Como estas cosas suelen ser muy obtusas, trato de explicarlo: simplificando y muy por encima, la renta variable es la bolsa. En la bolsa, como casi todo el mundo sabe, se puede ganar mucho más que en un depósito a plazo fijo, pero también se puede perder. Y se puede perder mucho, muchísimo y hasta todo, si vienen mal dadas. De hecho, los grandes batacazos económicos de la historia han venido precedidos de un crack o desastre bursátil.
En principio, el hecho de que el gobierno decida invertir en bolsa los dineros de las pensiones futuras no tiene por qué asustar, porque a la larga la bolsa siempre sube, si se tiene el dinero y el tiempo necesarios para esperar. Como el gobierno tiene todo el dinero que quiera sacarnos a través de los impuestos, y todo el tiempo que le concedamos antes de reinventar la guillotina, parece razonable pensar que los fondos de las pensiones van a estar mejor en la bolsa que en un plazo fijo con intereses miserables. Esa cuenta, hasta podría salir, oigan.
Lo que ya es más difícil de tragar es la justificación ideológica del asunto, y da lo mismo que uno sea de derechas o de izquierdas. La cosa no cuela.
Si uno es de derechas no puede tolerar esto, porque invertir en bolsa significa hacerse accionista, y por este camino tendremos de nuevo al gobierno de turno como principal accionista, y por tanto como principal jefazo de las empresas espa olas. Son los accionistas los que mandan en los consejos de administración, los que deciden el dividendo que se paga y los que deciden en qué se invierte y en qué no. Si las empresas del Estado han funcionado siempre como el ejército de Pancho Villas, ¿qué queremos?, ¿que se vayan también al carajo las privadas, que hasta ahora iban bien? Con el estado metiendo cuarenta mil millones de euros en la bolsa tendremos la mano del Estado en todas partes, decidiendo qué sube, qué baja, quién gana, quién pierde, y adónde va la panoja. Corrupción a paladas. Ruina segura.
Y si uno es de izquierdas, la cosa se pone peor aún. Una persona de izquierdas es la que piensa que los recursos de la sociedad deben revertir en la sociedad a través de inversiones, y que el Estado debe emplear sus recursos en construir infraestructuras y favorecer la distribución de la riqueza. Entonces, si el Estado invierte en bolsa, es porque considera que la empresa privada significa una mejor inversión que el gasto en hospitales, en escuelas o en carreteras. Si el gobierno invierte en bolsa es porque reconoce que el dinero esta mejor gastado cuando lo gasta otro que cuando lo gastan ellos mismos, y por eso vale la pena comprar acciones del BBV o de Iberdrola antes que invertir en bienes sociales. O sea, una vergüenza.
Así que díganme ustedes de qué partido hay que ser para votar esto en un consejo de ministros. Del de Zapatero, seguramente, que ni es socialista, ni conservador, ni liberal, ni anarconazi.
Para votar esto hay que ser un jeta o un zoquete. Cada cual elija.
(El chiste que ilisutra este artículo es del genial Quino.)

27 julio 2007

Alimentar la culebra




Me gustaría que un día se echara la cuenta, a tarifa, de lo que le estamos regalando entre todos a ETA en espacio publicitario. Me gustaría que este periódico, y otros, y las televisiones y las radios, echaran manos de sus precios publicitarios por página o por minuto, y se calculara algún día el importe total de lo que esa banda a conseguido obtener, en valor económico, a base de pegar tiros y poner bombas.
Porque uno escribe un libro, o abre una residencia de ancianos, o pone en marcha un proyecto, y se las ve y se las desea para conseguir atraer la atención de los medios. O llamas al departamento comercial de un periódico o de una radio y te dicen, como es normal, que media página para dar a conocer lo que haces, son mil o dos mil euros.
Y entonces es cuando empiezas a pensar que la publicidad que se da gratuitamente a ciertos grupos es lo que los mantiene en pie, porque si cualquiera de ustedes o yo mismo tuviésemos acceso a esa misma publicidad, nos haríamos ricos o poderosos con cualquier cosa.
Por eso, por mi parte, prefiero no hacer cábalas sobre el funcionamiento lógico de una gente que ha demostrado sobradamente no tener lógica alguna. Están donde han estado siempre: donde les ha salido de las narices y cuando han querido, teniendo a todo el mundo pendiente. Están, como de costumbre, en la posición que graciosamente les cedemos: la de protagonistas de un país que tiene otros muchos problemas graves y que no es capaz de afrontarlos porque se pasa la vida preocupado de ese vecino que no paga la comunidad y en el garaje del sótano pincha una rueda de alguien de vez en cuando.
Cuando estaban de tregua, eran protagonistas y ahora que la abandonan gobiernan también las páginas de los periódicos y las declaraciones de los políticos. Querámoslo o no, eso es lo que significa ser manejados desde la sombra: que otro decida de lo que tenemos que hablar.
Por mi parte, cuando quieran, hablamos de cosas serias.
De esto, sólo un apunte: si la violencia es un argumento, pues usémosla para argumentar. Si no lo es, demostremos en la práctica que no admitimos esa clase de razones. Y dejemos ya de hacer regalos multimillonarios, en espacio y publicidad, a los que viven de matarnos,
Porque es el colmo, oigan.

17 julio 2007

la peor grieta


El caso es que en Occidente se nos llena la boca hablando de derechos humanos, estado de derecho, democracia y respeto a unas mínimas garantías procesales y personales. Hace décadas que creemos en esas cosas y nos decimos a nosotros mismos que la democracia real necesita todos esos previos para funcionar como algo más que un dictadura con elecciones periódicas.
En el respeto a ese conjunto de normas y derechos basamos nuestra supuesta superioridad moral, y eso es lo que según nuestros gobiernos nos permite exigir a las dictaduras del mundo que depongan su actitud totalitaria y entren en el club de los civilizados.
Vale. Todo estupendo. Todo aséptico, perfumado y hasta recién esterilizado. Y hasta bonito si quieren. ¿Pero cómo encaja en ese puzzle una pieza como la de Guantánamo?, ¿a qué nuevo eufemismo habrá que recurrir en la próxima detención o ejecución de un ministro palestino por parte del gobierno israelí? ¿Asesinato selectivo, como dicen ahora? No está mal.
Lo que el terrorismo internacional ha conseguido va más allá de una cifra abultada de muertos, algunas humillaciones simbólicas y la destrucción de unos cuantos bienes materiales perfectamente sustituibles. Su conquista más preciada ha sido conseguir sacarnos de nuestra posición inmaculada para mostrarnos como criminales. Y no criminales contra sus leyes, sino contra las nuestras propias. Eso es lo grave. Esa es la peor grieta que han logrado abrir en el edificio de nuestra credibilidad y nuestra autoestima.
No entro ahora a discutir si un Estado tiene derecho a utilizar todos los medios a su alcance para defenderse de un plaga como el terrorismo internacional. Lo que no puede es, al mismo tiempo, decirse valedor de la libertad y la democracia y tener a cientos de personas encerradas en una base militar, por tiempo indefinido, sin juicio, y sometiéndolas a torturas. Eso es perfectamente lógico si te llamas Adolf Hitler y el campo de internamiento se llama Dachau, o si te llamas Josef Stalin y el centro de internamiento es el Gulag. Pero cuando eres una de las democracias más antiguas del mundo y te cansas de decir a tu gente que eres la antorcha de la libertad, este tipo de campos de prisioneros no son más que una victoria del enemigo.
La cosa está clara: o cambiamos de métodos o cambiamos de discurso. Y siempre resulta más barato cambiar la máquina que aprender el idioma en el que viene escrito el libro de instrucciones.
Por nuestra parte, como ciudadanos de a pie, más nos vale hacer de tripas corazón y pedir que se suelte a la pandilla de miserables, chiflados y seguramente pringadetes que tienen recluidos en Guantánamo. Y no por compasión ni por razones humanitarias: para que al gobierno de turno no se le ocurra ma ana meternos a nosotros porque alguien, sin decir quién, dijo que éramos sospechosos de algo, sin decir qué.
Porque ahora podrían hacerlo con cualquiera de nosotros. ¿Por qué no?

09 julio 2007

La hora de los trileros


Y ahora que han pasado las elecciones llega el momento de ver lo que hacen con eso que nos han sacado como si fuese una muestra de sangre: el voto. Ahora será cuando una vez más veremos por el forro de dónde se pasan los políticos la voluntad popular, el sufragio universal y todas esas mandangas en las que amparan sus doradas jubilaciones, sus dietas que nunca adelgazan y sus privilegios de canónigo medieval.
Y no se crean que les van a faltar pretextos del tipo de que los pactos reflejan la voluntad popular a través del respeto a la diversidad y a las minorías, o aquello otro, tan bueno, del equilibrio de sensibilidades. Pero ni caso: aquí lo que ocurre es que llegó la hora de la aritmética, y las ideas ya no cuentan y no importan, más que nada porque las ideas no tienen expresión numérica y se trabaja mal con ellas a la hora de sumar o de restar. Ahora ya da igual si llevamos todo la campa a mentándonos la madre que nos parió, o llamándonos ladrones, puteros o pederastas. Esto va a ser como aquellas castizas peleas en broma de Juanito Valderrama y Dolores abril en las que a fuerza de ponerse a bajar de un burro acababan cada día más amartelados y declarándose amor eterno. Esto va a ser la rechufla gótica, con palio, butafumeiro palio y con monaguillos revestidos: rechufla de solemnidad.
De pronto se olvidan los insultos, los agravios y las diferencias, porque llega la hora del reparto y hay que estar bien avenido para que no caigan migajas donde no deben. Y uno, que ve estas cosas desde fuera, echa de menos a aquellos soldados que se rifaron la túnica de Jesucristo, porque por lo menos eran todos del mismo ejército y no se juntaron sólo par hacer lotes.
Nuestro sistema electoral permite y hasta fomenta que sean los partidos minoritarios los que al final impongan las condiciones a los más votados, y así, con un poco de voluntad y cuatro duros que ponga un banco (o aún mejor una caja de ahorros, que no es de nadie) a condición de vaya usted a saber qué ojos cerrados, se puede impulsar un movimiento político que con dos esca os y un concejal desequilibre la balanza.
Y ya no es cuestión de ser desconfiado; basta con escuchar: las palabras que se emplean nunca son inocentes y resulta que esos partidos gustan de llamarse a sí mismos la llave. ¿No se dan cuenta? Ya nadie quiere ser muro, ni pilar, ni bóveda de la sociedad. Quieren ser llave. Quieren ser los que entran y salen, los que abren y cierran pero sin sostener ni levantar nada.
A ver cuándo llega el día de que se sinceren de una vez con nosotros y esos partidos minoritarios se atreven de una vez a decirnos que en vez de llave quieren ser alforja. Y entonces, sí, tendremos que reconocer que no nos mienten.
Mientras tanto, hagan juego.
Javier Pérez

03 julio 2007

Si la SGAE comiera piedras del río


Estamos en lo de siempre: como hay quien delinque, lo mejor es convertir a todo el mundo en delincuente para que pague la multa antes de cometer el delito y así ya llevamos el beneficio ganado de antemano. El canon que ha extendido la Sociedad General de Autores es eso: pagar por los soportes susceptibles de copiar material protegido con derechos de autor para que, se haga luego lo que se haga con ese material, el dinero ya esté en el buche.
Esto es un poco como si la Dirección General de Tráfico cobrase cuatro mil euros por cada coche que se matricula en concepto de las posibles infracciones que puedan cometerse con ese vehículo. Es como si los ferreteros cobrasen mil euros por cada cuchillo por los posibles crímenes que puedan cometerse con él.
El caso es cobrar. Cobrar sin contrapartida. Cobrar por lo que se hace, pro lo que no se hace y por lo que otros podrían llegar a hacer. Pero cobrar.
El canon es ridículo, inmoral e ilegal, pero los políticos lo admiten y permiten que una asociación privada nos expolie a todos porque quiere contar con los cantantes los actores y los faranduleros en general para la próxima campa a del "pásalo", para la próxima manifa o para la siguiente campa a política. Los políticos nos venden a todos y nos dejan en manos de gente como Ramoncín, que según sus propios datos sigue siendo uno de los artistas de mayor éxito en España, o al menos uno de los que cobra buenas indemnizaciones por lo que su música se piratea. Y mientras tanto otro no ven un duro. Ni un céntimo. Porque no existen.
Esto, amigos, es el despelote: en lugar de perseguir a los delincuentes, se dedican a perseguirnos a todos porque es más fácil sacar una indemnización a escote que encontrar a los verdaderos culpables. Esto, como tantas veces vemos en España, es quejarse de los efectos de la ley pero no atreverse a cambiarla.
Y lo peor es que el canon no va a proteger la creatividad, sino todo lo contrario. Porque en cuanto se cobra el canon da igual vender discos que no. Da igual que la gente vaya al cine que no. Se puede seguir produciendo cualquier mierda despreciando al público, porque la fuente principal de los ingresos no es lo que se vende, sino lo que se recauda mediante esta especie de impuesto revolucionario.
Así, los verdaderos creadores, en vez de tener que estar pendientes de los gustos del público tendrían que estar al albur de las preferencias políticas, del amiguismo o simplemente de los gustos de cama de los responsables de esta sociedad, la SGAE, que será una especie de Dios premiando a los sumisos y castigando a los díscolos.
Si esta es la verdadera vocación de nuestros artistas, la de ser funcionarios de un impuesto injusto pagado a la fuerza, entonces no me extra a que la gente trate luego de robarles en el top manta, aunque sólo sea por compensar.
Pero bien pensado, ¿de qué artistas hablo?, ¿de Ramoncín?, ¿de Teddy Bautista? Apuéstense algo conmigo a que no veremos a Julio Iglesias o a Nacho Cano presidiendo la SGAE.
¿Y saben por qué no? Porque cantan, coño. Porque cantan.

20 junio 2007

Por el escaño vacío




Hoy quiero romper una lanza, o un junco aunque sólo sea, porque se nos escuche de algún modo a los ciudadanos que no creemos que los partidos políticos tengan la más mínima intención de representarnos.
Quiero tener la posibilidad de negarme a que esos fulanos a los que han impuesto en las listas, como si fueran lentejas, digan que van a las cortes en mi nombre. En mi nombre no.
No basta con decir y hasta demostrar que no has ido a votar: te dicen que eres igual de responsable. Los que se abstienen dejan la representación política en manos de los demás y reconocen su dejadez o su incapacidad para elegir lo que creen que les conviene. Cuando no se va a votar, baja el índice de participación y los políticos se encogen de hombros porque no ven peligrar su estatus de privilegiados y tiralevitas. Los descensos de participación, ya lo saben ustedes porque están hartos de oírlo, son culpa del clima, de las festividades, o de la final de la copa femenina de voleibol. Son culpa de cualquiera, menos de los políticos.
No basta tampoco con votar en blanco, porque nuestra ley electoral, por si no lo saben, consagra la ley D´Hondt como mecanismo de ajuste entre los partidos mayoritarios y minoritarios. La puñetera ley esta, que resulta complicada de explicar sin que se aburra el personal, implica que los votos en blanco no se cuentan de ninguna manera, a no ser que sea necesario un mínimo de participación, como por ejemplo en el caso de un referéndum que requiera el 50 % de votantes para ser tenido en cuenta. Votar en blanco equivale en la práctica a no votar, por mucho que se quiera de ir que es una forma de protesta. Más que nada es una forma de pataleo contra los candidatos, apoyando el sistema.
En cuanto al voto nulo, se considera una protesta contra el sistema, puesto que se acude a las urnas pero no se respetan las reglas electorales. La diferencia es teórica, doctrinal, o de honrilla, como quieran llamarle, pero a efectos prácticos a los políticos también les importa un cuerno, porque obtienen de igual modo su escaño, su buen sueldo y su coche oficial, cuando procede.
Lo que habría que intentar obtener es que el número total de escños fuera correlativo al número total de votantes, y que los ciudadanos que se queden en casa, voten blanco o nulo, puedan hacer de ese modo que queden escaños vacíos. ¿Que nadie ha defendido a Zamora estos años? Pues nadie representa a Zamora en las próximas elecciones, o van sólo dos a las Cortes en vez de los siete que van ahora.
En ese caso, si el asiento pudiese quedar vacío y su posible ocupante dependiera realmente de los electores, veríamos si se tomaban la molestia de escuchar las quejas reales de la calle o no.
Pero mientras las sillas sean fijas, ellos fingirán que les duele que nos quedemos en casa. Hasta que venga un líder populista y los vapulee. Y entonces será el llanto de todos.
O a lo mejor no, porque a ese político populista o medio loco puede darle todo risa y ser el único que proponga cambiar las normas del pesebre. Nunca se sabe.

17 junio 2007

Divorcio y sopa boba


Entre las noticias cada vez más delirantes que leemos en la prensa, hubo una de hace poco que me llamó especialmente la atención: un juez de Barcelona retiró a una mujer la pensión alimenticia porque esta tenía una relación afectiva con otro hombre, aunque no llegase a demostrarse que convivían.
Sin entrar en si el juez se excedió con su sentencia o no, o si este tipo de casos acaban por meter las instituciones en la cama de uno, a mí se me ocurre preguntarme y preguntarles otra cosa: esa se ora, y cualquier otra, ¿en concepto de qué reciben esa pensión?
Porque no se trata aquí de pensiones alimenticias para los hijos, sino de pensiones compensatorias. ¿Compensatorias de qué?
¿Por qué un se or que se separa o se divorcia tiene que seguir manteniendo a su ex-esposa, o indemnizarla? Si la indemnización es un dinero en que se da en concepto de reparación de un da o, ¿cual es el da o que hay que reparar?
¿No tienen esas mujeres manos y cerebro para trabajar?, ¿no tienen una cabeza para aprender como aprende todo el mundo?, ¿en qué concepto se entiende que un divorcio le da a alguien derecho a vivir de la otra parte a perpetuidad?
Estas cosas eran normales en el franquismo, cuando la mujer había pasado treinta a os metida en casa y tenía que tragar lo que le echaran porque no podía ir a otra parte. Entonces había que conceder una pensión compensatoria para evitar que el dinero condujese a la esclavitud. De acuerdo. ¿pero ahora?, ¿por qué seguimos con la misma canción cuando la mujer se ha incorporado plenamente al mercado laboral?, ¿por qué seguimos entendiendo que a una mujer la tiene que mantener el marido cuando ella puede trabajar si quiere?
A mí lo que me parece es que por aquí hay mucho concepto medieval de virgo roto que hay que pagar, mucha idea enquistada de que una mujer sin un hombre no sirve para nada y que hay que mantenerla porque es una inválida que no se vale por sí misma.
A mí me parece, la verdad, que este concepto es un insulto y un ultraje para la mujer de hoy en día, que estudia, trabaja, se esfuerza, y tiene medios y capacidad de sobra para alcanzar las metas que persiga. No van a quejarse, por supuesto, porque eso de vivir del esfuerzo ajeno y recibir un dinero por nada es algo que resulta agradable, y hasta goloso, pero lo cierto es que son estas cosas las que imposibilitan la verdadera igualdad.
Pero las que ponen la mano nunca creyeron en la igualdad, me temo. Es mejor poner la mano a ver lo que cae.
Porque en este país, cuando se trata de poner las mano ya no existen ni principios, ni convicciones, ni lógica que valga.
De la dignidad no se come, trabajar es de pobres y la igualdad es sólo para las pancartas. No se enga en: es eso.

03 junio 2007

Samaritanos con trabuco



Así, como quien no quiere la cosa, se aprobó hace unos días la nueva Ley del Suelo, una Ley que según Zapatero tiene que ser el pilar sobre el que se asiente el derecho de los espa oles a disponer de una vivienda digna.
Como siempre, la intención suena bien, pero en cuanto se echa un vistazo a la Ley la cosa empieza a oler a chamusquina. A cuerno quemado y chorizo triunfante, para ser más exactos.
Porque resulta que ahora, tras la entrada en vigor de la nueva ley, todos los suelos serán rústicos hasta que no se califiquen de lo contrario, y lo serán con independencia de dónde se encuentren. Parece cosa de poco, pero tiene su importancia: ahora como todos los suelos tienen carácter rústico hasta que la administración competente los considere urbanoso, esta administración, u otra cualquiera, puede expropiarlos para supuestos fines de interés público y pagarlos a precio de terreno agrario.
Con esta ley se deja completamente indefenso al que haya comprado un suelo y vea como al expropiárselo para un pantano, una carretera, un jardín o una promoción oficial, se lo tasan a ochenta céntimos o a un euro el metro cuadrado, que es la tasación de las fincas agrarias en Espa a.
Hasta ahora se podía reclamar el precio de mercado, pero con la entrada en vigor de esta ley no hay reclamación posible porque el terreno es efectivamente agrario hasta que el ayuntamiento decida otra cosa.
Los efectos podemos verlos enseguida: se harán los parques y jardines en los solares de los que no sean afines al partido de turno. Se amenazará con la expropiación al que no pague las comisiones oportunas, y todo, además, quedando bien con los ciudadanos, porque se dirá que es para bien social y beneficio de todos.
¿Qué constructor medianamente honrado se va a arriesgar ahora a comprar un solar para construir dentro de unos a os si el ayuntamiento, o la Junta, o san Periquitín del Monte le pueden expropiar lo que compró y pagarle a ochenta céntimos?
Esta ley, como otras muchas de las que estamos viendo, nos acerca un poco más al imperio del terror; al te callas o te arruino; al pagas o revientas.
Esta ley, como otras muchas de las que estamos viendo, es un ejemplo más de la avidez socialista por criminalizar al que tiene algo, lo que sea, y buscar pretextos de todo tipo para echar mano de lo ajeno.
Y en el fondo, bien pensado, deberíamos alegrarnos, porque dentro de nada nos robarán ya sin buscar justificaciones. Nos robarán porque sólo el muerto de hambre es intachable, mientras que el que tiene algo es porque ha sido un canalla y un miserable.
Esta gente quiere ser Curro Jiménez, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Y quieren además convencernos de que esa es una postura ética cuando, la verdad, es la única posibilidad rentable.
Más que nada porque robar a los pobres es un negocio de mierda.
Me jodo yo en estos samaritanos.

27 mayo 2007

La doctrina decimal


Yo ya no sé si pensar que en este país será endémico el cainismo o es que somos una banda de lobos totalitarios disfrazados con vellones democráticos de la Mesta. Con lo que estamos viendo últimamente, me inclino por lo último, sin que acabe, de todos modos, de excluir la otra posibilidad.
Empiezo a pensar que, por estas tierras, la democracia es un concepto que no le interesa a nadie; un concepto que se esgrime solamente como arma política contra el contrario cuando es el propio bando el que alcanza la mayoría que le permite convertir en ley sus intereses.
Lo hemos visto durante décadas y lo veremos de nuevo tras las elecciones locales y autonómicas: tras el recuento de votos, las distintas formaciones políticas comenzarán a trapichear con la aritmética para construir pactos contra natura, o peor aún, rodillos que dejen en la calle a grandes grupos ciudadanos. Y no sólo en la calle: indefensos, y a ser posible cabreados, para que sepan lo que cuesta no estar con el que ha ganado.
Nos encontramos hace tiempo en España ante la expresión más visible de la famosa doctrina del cincuenta coma uno: todo lo que sea obtener más del cincuenta coma uno por ciento de los votos demuestra que el gobernante es malo, porque ha favorecido a más gente de la estrictamente necesaria para mantenerse en el poder.
La doctrina del cincuenta coma uno está pensada para perpetuarse: gastar lo de todos en satisfacer exactamente a los que te pueden mantener en el gobierno. Si gastas menos, pierdes y te marchas. Todos los votos que obtengas de más, es dinero perdido que has quitado a los tuyos y has repartido sin cabeza.
En un país sano, los ciudadanos de todas las sensibilidades políticas se opondrían a esta práctica, convencidos de que el bienestar general depende de que haya oportunidades para todos. Pero aquí no. Aquí estamos ante lo que con tanta claridad explicaba Adolfo Hitler, un político que algo sabía sobre manejar a las masas: que la victoria de lo propio satisface al pueblo, peor no tanto como la destrucción de lo antagónico. Aquí estamos ante el madridista que sólo quiere saber si ha perdido el Barça y le da igual lo que hayan hecho los suyos. Estamos ante la aniquilación del adversario político, a costa de cualquier pacto, de cualquier componenda, de una trapisonda cualquiera que pase por encima de la ley, el sentido común o el futuro de las personas.
Aquí se dicen cosas como que hay que hacer imposible una situación en que la derecha vuelva a ganar unas elecciones, se dicen públicamente, y no pasa nada. Se pacta con partidos que presumen públicamente de odiar a España. Se pacta con partidos que no condenan los asesinatos. Se pacta con partidos que hablan de expropiarnos a todos los ahorros, y a todo el mundo le parece normal.
Aquí pasa todo esto, y más, porque creemos que la democracia es un sistema donde se disparan porcentajes, se bombardea con cifras, se ametralla con mayorías y se sepulta a los contrarios con arbitrariedades.
Gobernar es una cosa que no le interesa a nadie. Aquí, lo que quiere todo el mundo, es imponerse. Y no es lo mismo.

Universidad de los Cuérragos


Dicen que van a abrir un centro universitario en santa Cruz de los Cuérragos, cerca de Portugal, y en lo más hondo de nuestros montes. Y si no lo dicen lo dirán pronto, porque estamos cerca de las elecciones y por promesas no va a quedar.
Y el caso es que va a ser todo lo contrario, aunque traten de ocultarlo en estas fechas tan destacadas. Va a ser, y si no al tiempo, que cerrarán centros universitarios, porque no es lógico que una comunidad como la nuestra, empobrecida y despoblada, tenga tres universidades: León, Salamanca y Burgos.
Con la transferencia de las competencias en materia de educación a las comunidades autonomas se acabó la etapa del café para todos. Ahora, agua hervida, y el que quiera que ponga el té, la manzanilla o el poleo.
Y uno, la verdad, no sabe qué pensar. Por un lado, está claro que algunas ciudades como León y Burgos dependen en gran medida de sus universidades, mientras que otras, como Salamanca, se amparan en su antigüedad para exigir que cierren otros. Si las universidades se pliegan sobre sí mismas, el batacazo va a ser descomunal, y a los que les toque ver como se cierran sus centros lo van a pasar mal.
Pero por otro, hay que reconocer que las universidades se están convirtiendo en fábricas de parados donde se cae una y otra vez en la obsolescencia de temarios, el amiguismo más descarado en las contrataciones y un nulo nivel investigador en lo que realmente importa: la transferencia a la sociedad de los resultados. Y así la cosas, la institución universitaria se desprestigia día a día, porque cada vez más jóvenes saben que obtener un título no equivale a obtener luego un buen empleo.
Hemos llegado a un momento triste: el de reconocer que la política de Universidad para todos ha conducido a que el título se ha devaluado y que, otra vez, como en lo peor de los viejos tiempos, el que tiene diez mil euros para pagarse un máster, o un buen complemento académico, es el que logra diferenciarse y llevarse el buen empleo.
Hemos llegado al peor momento: a la hora en que la natalidad ha descendido y hay que competir por los alumnos, porque en vez de poner nota mínima de entrada en la Universidad, son ellos los que ponen sus condiciones para irse a uno u otro sitio.
Y en Castilla y león, salvo algunos prestigiosos centros, sobre todo de León y Salamanca, no tenemos nada que nos diferencie ni nada que convenza a los foráneos de que vengan aquí. Si acaso el castellano bien hablado para convertirnos en escuela de idiomas. Así que a ver cuándo en Zamora se potencia de veras eso.
Porque si no, por el camino que llevamos y con el ri ón y medio que cuestan las universidades, pronto veremos cierres. O reconversiones. O modificaciones ontológicas, tipo alquimia, según les dé por llamarle.
Y entonces será la de Dios. Ya lo verán.

21 mayo 2007

Sindicatos horizontales


Ahora que venimos de las celebraciones del primero de mayo le queda a uno la impresión de que los festejos sindicales tiene algo de reedición de los carnavales, pero sin samba y sin entierro de la sardina.
Nadie va a negar a estas alturas la importancia del papel de los sindicatos en la historia, ni sus logros en la mejora de las condiciones laborales. Nadie lo va a negar como nadie niega la importancia de la penicilina que descubrió el doctor Fleming, pero la farmacología ha avanzado y ha seguido investigando, mientras que el sindicalismo parece atrincherado en la defensa de viejas conquistas y dudosos privilegios.
Porque el capitalismo avanza, y no la mejor parte de él. Porque avanza la idea de que esto es la guerra, sin cuartel ni prisioneros, y el movimiento sindical centra su lucha en que se le permita gestionar la caja de pensiones o en blindar aún más a sus prebostes. Lucha por su tajada. Así de claro.
Todos sabemos que en muchas empresas no se cobran las horas extraordinarias, porque el empresario se las embolsa con la amenaza de despedir al que se queje. Todos sabemos que a menudo se firma una nómina distinta de la que se cobra. Todos sabemos que en algunos sectores se han hecho obligatorios horarios de diez y doce horas diarias, y el que no esté a gusto, a la calle. Todos sabemos que hay muchos trabajadores sin dar de alta en la seguridad social, trabajadores sin papeles, trabajadores sin medidas de seguridad. Todos sabemos que se sigue amenazando con el despido a las mujeres si se quedan embarazadas.
Lo sabemos todos menos los sindicatos que, curiosamente, no se enteran. Porque en todas las empresas hay representantes sindicales que sólo van por allí a pedir el voto, y luego no miran, no saben, no protestan.
Si los representantes sindicales no pueden ser despedidos, y este logro se alcanzó precisamente para no limitar su acción, ¿por qué callan?, ¿por qué dejan indefensos a sus afiliados?, ¿para qué sirve hoy en día un sindicato a los trabajadores?, ¿para sacarle dos décimas en el convenio colectivo? Para eso no me afilio. Para eso voy yo y me lo negocio con el patrón, como ya hacen muchos.
Todo el mundo sabe lo que se cocina en su empresa, los horarios que se hacen, las nóminas que se firman y los salarios que se cobran. ¿Dónde están los representantes sindicales para denunciar esos abusos?
Seguramente creen que es mejor callar, meterse a liberado y comer la sopa boba. Sin dar la cara. Limitando su lucha a llevar pancartas, poner pegatinas y vocear un rato en la calle. Pero sin despegar el culo del sillón.
Y mientras, los trabajadores, que se jodan, porque sus representantes son como los tres monos: no ven, no habla, no escuchan.
Antes estábamos mal con los sindicatos verticales de la Falange. Pero es que estos son peores: estos son los sindicatos horizontales de la poltrona.

Vergüenza, ¿de qué?


A mí lo que me hace desconfiar de Rajoy no es que gane ocho mil euros, sino que se avergüence de decirlo, por mucho que quien se lo haya preguntado sea una pensionista a la que sólo le dan trescientos euros al mes.
¿De qué se avergüenza?, ¿le pagaba él a esa mujer la pensión de trescientos euros? Lo malo es que los políticos, casi siempre, creen que sí, porque tienen la impresión de que el dinero del Estado es suyo.
A mí, lo que me joroba y lo que me hace pensar que en este país vamos de cráneo, es que a la gente le dé vergüenza ganar dinero, y que se considere el beneficio o el lucro como algo sucio. Si ganar dinero está feo, ¿qué es lo que debe hacer una persona para mejorar?, ¿pedir una subvención?, ¿hacerse liberado sindical?, ¿o simplemente robarlo?
Porque el dinero es el sistema de intercambio más limpio y pacífico que hemos conseguido inventar los seres humanos en milenios, y donde le dinero deja de ser razón para trabajar se imponen las armas, y aquellas relaciones personales de vasallaje que caracterizaban al feudalismo.
Lo cierto es que pensar que un líder político como Rajoy gana ocho mil euros, me da un poco de miedo. Y se lo explico: ocho mil euros los gana al mes cualquier due o de un restaurante mediano, casi todos los propietarios de un pub de copas y la mayor parte de los empresarios con más de cuatro trabajadores. Estoy cansado de hacer declaraciones de la renta de profesionales y del impuesto de sociedades para empresas, y les aseguro que beneficios de cien mil euros al a o no son una cosa rara, ni siquiera en sitios tan empobrecidos como Zamora o León. De hecho, no conozco a ningún dentista que gane menos, digan ellos lo que digan en sus cuentas oficiales.
Y da miedo.
Da miedo pensar que una persona, Rajoy o cualquier otro, que puede influir en la vida de todos, o que puede llegar a gobernar un país, gane menos que el due o del bar de copas de la esquina. En estas condiciones, ¿quién se va a meter en la política? Pues los muertos de hambre. Los que no valen para otra cosa, los que creen que el mejor sueldo que van a ganar en su vida son estos ocho mil euros, porque no valen para empresarios, ni para tenderos, ni para dentistas.
El buen profesional, el que debería ser ministro, sabe que puede ganar doscientos o trescientos mil presidiendo una empresa, o veinte millones de euros al a o como gerentes de Telefónica, o de Endesa. Los que nos convendría tener al frente del kiosco se mueren de risa pensando en dejar sus trabajos privados para ponerse al servicio público.
Así, pagando a los políticos lo poco que se les paga, se meten a políticos los trepas, y compiten entre ellos. Y así nos va.
Y es culpa nuestra, por esta mentalidad tan cainita y tan cabrona que ve mal que el vecino se enriquezca. Porque han pasado quinientos a os, y aún sigue vigente aquella frase del elector de Worms: "Los espa oles ven mal que se gane dinero comerciando. Los espa oles ven mal que se gane dinero con el préstamo. Los espa oles creen que los nobles no deben trabajar, porque el trabajo envilece. Los espa oles se han ido a América porque creen que la única manera honrada de conseguir oro es robarlo".
Y así estamos.