18 marzo 2008

Inmigrantes usuarios, no accionistas



Dicen por ahí, y lo dicen en voz baja para que no nos cabreemos, que la actual ola de prosperidad que disfruta España procede en buena medida del aumento de la población. Dicen los que hacen los censos, aunque sólo cuentan a los que están en España legalmente, que en cinco años la población del país ha aumentado en cuatro millones de personas, y que esto mueve la demanda, la vivienda, el consumo y la producción.
Será verdad, no lo dudo, y todavía puede que se queden cortos, pero aun a riesgo de que me tachen de insolidario, me pregunto yo si esto no será en realidad una forma más, una torcida y refinada, de arrastrarnos a los españoles a la pobreza, permitiendo que se enriquezcan cuatro grandes empresarios mientras desaparecen las clases medias.
Porque el caso es que los que vienen, trabajan y pagan sus impuestos, pero usan unas infraestructuras y adquieren unos derechos que nunca pagaron. Y si uno quiere hacerse accionista de Iberia, por ejemplo, no basta con pagar el billete, porque eso te da sólo derecho a que te lleven de un lado a otro. Si uno quiere hacerse accionista de Iberia y ser dueño de una parte de las pistas, de los aviones, los hangares, las patentes y las líneas comerciales, tiene que comprar acciones. Acciones, y no billetes de vuelo, que son cosa bien distinta.
Lo que nos pasa aquí, me parece, es que no distinguimos al accionista del usuario. Porque el usuario tiene todos los derechos, los de uso, pero no los de propiedad, y si es una estupidez impensable darle a alguien una participación en un avión por el hecho de haber volado alguna vez, también es una tontería inaudita concederle a alguien derechos de ciudadanía por haber trabajado y cotizado alguna vez.
El que trabaja y cotiza tiene derecho a un salario, a un desempleo y a una seguridad social, porque ese es el viaje al que le da derecho su billete. ¿Pero de dónde salen otros derechos y otras exigencias? No de su aportación, sino de nuestro bolsillo. Y no sólo del nuestro, sino del de nuestros padres y nuestros abuelos, que se partieron el lomo para construir una serie de bienes que ahora disfrutan, a precio de saldo, los que nunca ayudaron a levantarlos. Para tener derecho a opinar en una comunidad de vecinos, y para tener derecho a una parte del solar el día que se derribe, no basta con ser inquilino y pagar puntualmente el alquiler. Para tener ciertos derechos, hay que haberse hipotecado treinta años y ser propietario.
Pero aquí no. Aquí da igual. Aquí vienes, pagas la entrada, y ya eres el amo.
Y todo para que los empresarios puedan despedir a trabajadores de cincuenta años, prejubilados a costa de la caja común, y sustituirlos por otros de veinte a los que les pagan la mitad.
Y encima aplaudimos. Manda huevos.

11 marzo 2008

Cuélgate o me crispo


Que está bien ser comprensivo. Que sí. Que hay que respetar la sensibilidad de los demás. Vale. Que hay que tratar de evitar las provocaciones y comprender que la convivencia pasa por ceder en unas cosas y exigir en otras. De acuerdo en todo.
Pero oigan: cuando alguien me dice que celebrar la fiesta nacional o sacar la bandera de mi propio país a la calle (¡y a mi propia calle!) puede herir sensibilidades, ¿qué tengo que pensar?, ¿a quién están vendiendo mi libertad?, ¿bajo qué yugo me ponen?
Y si el que lo dice es además el que representa a las instituciones del país, ¿qué está pasando?
No sé ustedes, pero yo lo veo bastante claro: aquí hay sensibilidades de primera y de segunda. En este asunto, como en otros muchos asuntos, están a un lado los que vocean, y pueden vocear lo que les dé la gana, y a otro los que callan, y tienen que callar cada vez más para no ofender a los que vocean.
Si en vez de sacar la bandera española el día del Pilar sacáramos la bandera francesa un catorce de julio para celebrar lo que a todos nos ayudó a progresar la toma de la Bastilla, ¿se quejarían los nacionalistas? No. Fijo que no. Porque para ellos Francia no es el enemigo, ni el objeto de su odio ni de su desprecio.
La bandera española, el himno, y cualquier otro símbolo parecido les molesta porque lo consideran enemigo. Y la verdad es que por mí pueden tomar por enemigo al lucero del alba o al zar de las siete rusias, pero lo que me molesta, lo que no puedo tolerar es que encima traten de imponerme sus preferencias y me digan que les provoco si soy el que soy, opino lo que opino, o me siento como me siento. Lo que no se puede consentir, de ninguna manera, es que las instituciones, las propias, las que yo pago y se supone que me deben un respeto, me manden callar porque se cabrean los que me odian.
Porque lo que me dicen está bien claro: si su nacionalismo me cabrea, me jorobo. Si mi nacionalismo les cabrea, me jorobo también. La conclusión es obvia: ese es el trato del señor hacia el vasallo, que impone siempre su ley, su norma, y su capricho.
Parea contentarles y que estén felices, queda que me suicide, supongo.
No pierdan de vista la idea porque, dependiendo de cómo salgan las cuentas de las próximas elecciones, lo mismo nos piden que nos colguemos de un pino.
Para que no provoquemos.
Para que no se crispen.

08 marzo 2008

Hosteleros con garfio de oro


Que sí, que la cosa está mala y que la crisis induce a los turistas a gastar cada vez menos y mirare más la cartera. Y no sólo a los turistas, con lo que se resiente el sector. Que sí, que no hay duda de que la hostelería, a falta de mejor ocupación, es el motor, el carburador y el chasis de nuestra economía, y que cuando vemos cerrar una tienda de topa, de fertilizantes o hasta un kiosco de gominolas, lo primero que se nos pasa por la cabeza es que van a poner un bar. Otro bar.
Todo esto es cierto, ¿pero no les parece a ustedes que los hosteleros también se han pasado catorce pueblos y tres partidos judiciales en estos años? Porque no hace tanto que un café valía veinte duros y un vino sesenta pelas, y de golpe y porrazo, con la entrada del Euro, se duplicaron los precios. Nada de subidas moderadas, no: el doble.
Se han pasado. Han tenido la impresión de que no había límite. Han trabajado a menudo como el que entra a saquear un país enemigo, y eso tarde o temprano se paga. Lo pagarán los que menos culpa tengan, pero se paga.
Y la gente es tonta hasta donde lo es: si antes salir a tomar un par de rondas con los amigos te costaba mil pelas y ahora te dejas quince euros, pues sales menos.
Lo peor del caso es que la inflación no sólo se ve en los precios, sino también en el servicio, con trucos tan bajos, tan rastreros y tan miserables como cambiar la cristalería por otra con una capacidad ligeramente menor. ¿Alguien se ha parado a comprobar el cubicaje de una caña?
Yo sí, y les cuento: al limpiar los almacenes de una vieja taberna en las montañas aparecieron varios cientos de botellines de cerveza y un montón de vasos y jarras de los que se usaban para servir, y resulta que comparados con los que ponen ahora parecían casi bañeras. Los botellines, que ahora son de veinte centilitros, eran de treinta y tres, y los vasos para la caña, otro tanto. Conclusión: que antes de un litro salían tres cañas y ahora salen cinco. Casi el doble. Y con los vinos, parecido. Si alguno de ustedes ha trabajado de camarero sabrá que de la vieja orden del patrón era que de la botella tenían que salir seis vinos. Ahora la consigna es que salgan ocho. En coponas a lo Heraclio Fournier, eso sí, pero el vino sólo manchando el fondo. Ya ni aquello de "agua va" nos gritan al servir el vino. En los vasos que ponen en muchos lados, ni agua cabe con holgura.
Si unimos a esto que en muchos sitios la tapa es cada vez más panadera, el café más carbonilla y los bollos más revenidos, no es de extrañar que la gente se eche atrás y empiece a estirar las consumiciones para seguir dando palique con los amigos sin rellenar el vaso.
Y ea que si nuestra economía está en manos de las grandes multinacionales es malo, pero parece que si está en manos de los taberneros, de algunos de ellos, todavía es peor.
¡Qué envidia le darían a Long John Silver si los viera!

01 marzo 2008

La religión del papel salmón



La economía clásica, la que se enseña en las universidades y poco a poco ha ido alcanzando rango de dogma religioso, afirma que un encarecimiento de los bienes de primera necesidad conduce a un repunte inflacionario. O dicho de modo cristiano: que si sube el pan o sube la vivienda, eso implica que los trabajadores presionarán los salarios al alza, con lo que finalmente subirán todos los demás productos porque aumenta el dinero que circula por los mercados.
Ese es el auto de fe, ya lo saben, pero ahora que ando preparando otra novela y documentándome para ello, resulta que hace setenta a os había un economista que decía justo lo contrario. Y se lo cuento porque el tipo me ha dado qué pensar, y creo que su opinión refleja más lo que vivimos en nuestros días y nos ayuda a entender mejor la actualidad. Y a que no nos enga en como a cretinos.
El tipo este decía que si suben los bienes de primera necesidad, bajan los salarios, y la clase trabajadora se empobrece doblemente: porque ha subido el pan y los pisos y porque cobra menos. ¿Y por qué bajan los salarios cuando sube el pan o la vivienda? Pues porque la necesidad real de un salario aumenta, y la gente está dispuesta a trabajar por menos, con tal de tener dónde vivir y poder comer. Si se encarece lo básico, entonces ya no basta con cuatro chapucillas para ir tirando, y hay que aceptar lo que sea. Y lo que sea siempre, invariablemente, es trabajar más horas por menos dinero.
A este díscolo economista no le hicieron ni caso, por supuesto, y no se le menciona más que en los libros de historia y por otras razones, pero nunca en los de economía. Sin embargo, fue el que defendió en teoría económica la postura más sólida que existe contra la flexibilidad laboral y el despido libre. Se la cuento para que sepan que no todo el mundo cree que cuando se abarata el despido prospera la economía:
Dicen los liberales, con Keynes a la cabeza, que si un empresario tiene que comprometerse en exceso con un trabajador, será reacio a contratar más personal y estirará su plantilla en lo medida de lo posible, de modo que donde podían estar trabajando siete trabajan sólo cinco, aunque la época sea buena. Dicen los liberales, con Keynes a la cabeza, que si se facilita el despido, el empresario contratará en todo momento a toda la gente que le haga falta, y que eso, en cualquier momento, supone que haya más gente trabajando y más gente cobrando un salario, lo que hace aumentar la demanda, aumentar la producción y lleva a contratar aún más gente, en un círculo que conduce a la prosperidad.
Dice nuestro amigo, en cambio, que si los contratos son inestables habrá, en efecto, más gente trabajando, pero como los trabajadores no saben hasta cuándo les va a durar el trabajo, no se atreverán a comprar bienes de alto valor (casas, coches, etc.) porque no saben si podrán pagarlos el a o que viene. De ese modo, se contrae la demanda o aumenta el endeudamiento, lo que en ambos casos irá contra la inversión futura, originando un círculo que lleva a la ruina a medio o largo plazo.
Como ven, la diferencia de opinión no puede ser más profunda. Como ven, hay más modos de pensar que el que nos presentan como única posibilidad, bajo palio, para que traguemos lo que nos echen pensando que no hay alternativa.
El díscolo economista opositor se llamaba Hjalmar Schacht, por si les apetece buscarlo en Google o en una enciclopedia. Pero mejor no lo busquen, ya se lo aconsejo, no vaya a ser que acaben pensando, como muchos, que es mejor que te exploten a estar de acuerdo con semejante tipo.
Mejor quédense con lo que dijo, y con la idea de que la economía real que tenemos sólo es una de las posibles. Una más, y nos aprieta.

11 febrero 2008

No tiren la puta al río



Con eso de que cada comunidad tiene su propia sistema de financiación, y que la base del invento está en que unas disfrutan de más derechos que otras, nos hemos encontrado con que nos han cerrado la puerta en las narices, y además justo en el momento en que teníamos la mitad de las narices para un lado y la mitad para el otro.
Antes, daba igual dónde tuviese la sede social una empresa, pues sus impuestos, y el IVA generado pro su actividad, revertía en una caja única y de esa caja, mejor o peor, se repartía para todos. En aquellos tiempos daba igual que el agua fuese nuestra y los tomates los regasen otros, o por dónde pasase el río productor de electricidad, o dónde se colocasen las torres de alta tensión o las centrales térmicas. Era indiferente.
Pero ahora, cada comunidad autónoma se financia con los impuestos que pagan las empresas radicadas en ella y con una parte del IVA que su actividad genera. Y siendo así, por si no habían caído en la cuenta, el hecho de que Iberdrola, por ejemplo, tenga su domicilio en Bilbao, hace que sean los vascos los que puedan exigir el derecho a gastarse en su tierra los impuestos de Iberdrola, sin importar dónde han sido generados sus ingresos.
¿Se dan cuenta? Con este sistema, los que ponemos los medios de producción, los kilómetros de carretera y los saltos de agua, sólo los pagamos, sacándolo de no tener unos sistemas sanitarios de los que otros presumen, y de carecer de ayudas que otros reciben.
Mientras tanto, los duros del Estado, los pocos que van quedando después de que las comunidades "espabiladas" fijasen lo que les toca del pastel en sus respectivas reformas estatutarias, se reparten por personas, mientras que las carreteras se construyen y se pagan por kilómetros. Para las comunidades extensas pero poco pobladas, la consecuencia es impepinable: nos cobran por lo que nos dan, pero no nos pagan por lo que nos toman.
La única salida es la que ya se conoció hace cosa de mil años: cobrar a los que pasan por los caminos, cobrar a los que emplean el agua, cobrar a los que tienden sus cables por nuestra tierra. Peajes, alcabalas y portazgos. Porque, siguiendo el ejemplo, si Iberdrola paga sus impuestos en el País Vasco, ¿qué ganamos nosotros con sus torretas?, ¿qué ganamos con que nos pongan una térmica que anule el valor turístico y ambiental de una comarca entra?
Con el paso de los años, los siglos, y las guerras, se llegó a comprender que era mejor asociarse, pero llegados al punto en el que todo el mundo barre para su casa tratando de expoliar al vecino, hay que buscar un modo de defenderse o resignarse a quedar en cueros.
Así que señores del gobierno, de todos los gobiernos, ustedes que saben el dicho aquel de "que jugamos todos o rompemos la baraja", acuérdense de ese otro dicho que no menciono y hagan algo cuanto antes para que no acabemos tirando la puta al río.

05 febrero 2008

La legumbre como símbolo de poder



No sé, oigan. No sé si alegrarme de leer que Zamora es una de las capitales con los alquileres más baratos o echarme a llorar. En principio parece buena cosa eso de no tener que dejarse, aparentemente, una costilla y dos lonchas de hígado para tener donde vivir, pero pensándolo un poco me da mala espina. Con esto, si lo reflexionas tranquilamente, pasa un poco como con las industrias y grandes empresas que se están asentando en León en los últimos años: cadenas de márketing telefónico y centros de distribución de mercancías de Zara y otros comercios conocidos por el baratillo. Y dan trabajo, sí, pero donde antes estaba Abelló, o Antibióticos, contratando técnicos con sueldos de dos mil euros ahora se contratan currelas a quinientos. Menos es nada, vale, pero da para pensar un rato, ¿no creen?
Con los precios de algunas cosas sucede como con las lentejas, las alubias y los garbanzos, que se consumen más cuanto más pobre es uno, y que se dejan de consumir, aun en perjuicio de la salud, cuando el presupuesto familiar va más holgado. Decir de un país que es un gran consumidor de garbanzos no es decir nada bueno de su prosperidad, y decir d eun ciudad que tiene los alquileres más baratos de España no es tampoco hablar mucho en favor de su pujanza económica.
Y es que no nos engañemos: en Zamora están los alquileres baratos porque los sueldos son de miseria. Son baratos porque el que tiene un piso y le quiere sacar un duro entra en sospechas, cada vez mayores, de que si no lo pone barato se lo va a comer con patatas. En Zamora están los alquileres más bajos que en otras capitales de provincia porque hay poco trabajo, porque la gente joven se marcha y porque ya no hay viejos en los pueblos que compren un piso en la capital para pasar los inviernos con calefacción en el cuarto y consultorio médico cerca. Los precios de los alquileres están baratos porque, al paso que vamos, no tardaremos en poner, en la ciudad, en la provincia, y en media comunidad, un letrero de "se traspasa por no poderla atender".
Bin está que algunas cosas tengan precios asequibles, y puede que eso sea un incentivo para que alguna gente quiera mudarse y convertirse en vecina nuestra, pero me parece a mí, la verdad, que con estas ventajas hay que pensar lo mismo que con las empresas de operadores telefónico y empaquetamientos diversos que mencionaba al principio: si una empresa puede elegir entre irse a China, a Marruecos o a tu pueblo, y al final decide irse a tu pueblo, desconfía.
Da las gracias, pero desconfía.

01 febrero 2008

Lo triste, lo malo y lo peor


En España es triste tener una idea, y no sólo por aquello del "que inventen otros". En el medio rural, por ejemplo, se te ocurre que las eras, en las que hace años que no trilla nadie, bien se podría levantar una docena de viviendas de protección oficial, para que no se marchen los pocos jóvenes que quedan. Se te ocurre también que va a sobrar sitio, y que se podrían plantar dos o tres mil castaños, para que, con el tiempo, haya sombra, madera, y una producción que puede tener buena salida en según qué mercados, sobre todo los asiáticos.
Entonces lo comentas un día en el bar, y aunque hay quien se opone, con razones tan poderosas como que "el que quiera tener donde vivir que vaya a trabajar a Alemania como yo fui", la idea parece buena a la mayoría. Y entonces miras de soslayo al calendario y ves que las elecciones son en seis meses. Y como el pueblo es tu pueblo, y además de tener la idea te manejas un poco en el papeleo, pues acabas liando a dos parientes y tres amigos y presentas una candidatura a las municipales.
Tú tienes tu idea, y la política de partido y nomenclatura te da por saco, así que te es lo mismo presentarte como independiente, que por un partido o por otro. Y resulta bien cierto que da igual, porque te presentes en la lista que te presentes, la pifiaste de todos modos. Porque aunque en los municipios pequeños el alcalde no tenga sueldo, tienes que oír que te presentas por interés. Aunque pagues de tu bolsillo los viajes a la capital para hacer gestiones en la Diputación, eres un aprovechado. Aunque te presentes por la Liga de Recesvinto, eres un trepa que quiere usar la influencia del partido para medrar.
El concepto de servicio público y vida política está tan denostado en España que es triste tener una idea y querer entrar en política para convertirla en realidad. Es triste que, para hacer algo, haya que soportar de oficio las peores sospechas y los apelativos más injuriosos.
Lo malo es que, con ese panorama, sólo acaban atreviéndose a dar el paso adelante los ociosos, los caraduras, y los que ya crían percebes en las orejas, de puro endurecido que tienen el oído. Lo malo es que si la expectativa general es que el político se enriquezca, medre y se aproveche, hay muchos que puestos a sufrir la condena acaban por cometer el delito, aunque sólo sea por no padecerla gratis. Lo malo, y no sólo en la política municipal de andurriales perdidos, es que una persona de verdadera valía tiene mil ocasiones mejores de ganar un buen sueldo en cualquier otro puesto, y que mientras el Presidente del Gobierno ocupe el puesto quinientos y pico de los directivos mejor pagados del país, no va a haber manera de encontrar gestores de verdadera valía.
¿Quién va a desear un cargo en el que te ponen pingando, por la quinta parte del sueldo que ganaría en otro lado con menos responsabilidades y menos peligro? El que no tiene posibilidad real de ir a otro sitio, por supuesto. El que nunca sería contratado para dirigir un banco, ni siquiera una fábrica de sonajeros. El que da más valor al poder que a la gestión. El ambicioso. El prepotente. El intrigante. O quizás también el héroe, pero de esos van quedando pocos y son raros de encontrar.
Pero lo peor de todo no es eso: lo peor es que los electores, cuando se nos pregunta, lo primero que pedimos a los políticos no es que desempeñen hábilmente sus funciones, ni dejen un país o un pueblo mejor que el encontraron, o sepan capear los temporales que se vayan encontrando. Lo peor es que los electores, visto lo visto, nos conformamos con que no roben.
Eso es como a ir a un restaurante y en lugar de esperar buen trato, exquisita cocina y decoración esmerada, conformarse solamente con que no te envenenen. ¿Se lo imaginan?
Pues así estamos.

24 enero 2008

El imposible alquiler


La cuenta sale a ojo: puede haber propietarios sin inquilinos, pero no puede haber inquilinos sin propietario que les alquile, porque la condición de inquilino se adquiere después de firmar el contrato.
Por estas tierras, sin embargo, parece estar de moda empujar el razonamiento en sentido contrario: para que el mercado de la vivienda vaya mejor, se pretende aumentar el número de inquilinos. Y no es eso, oigan: lo que hay que aumentar es el número de propietarios dispuestos a alquilar sus inmuebles, y hacerlo de una vez, sin complejos, y sin mentiras.
Dejar sin castigo al que no paga, no es una medida social. Permitir que un jeta se enquiste en una casa sin pagar el alquiler y no ponerlo de inmediato en la puñetera calle, no es una medida social. Permitir que se causen destrozos sin una rápida y eficaz compensación al propietario no es nada social. Ni caritativo. Ni tolerante siquiera. Semejantes actitudes, que vienen sufriendo los propietarios desde hace muchos años, son solamente muestra de cobardía y debilidad por parte de los políticos y una auténtica sangría para el bolsillo de la gente más humilde.
Porque esas liviandades en apariencia benévolas son las que hacen que se queden muchos miles de pisos sin alquilar y, por ende, suban los precios hasta cotas vergonzosas. ¿Cuántas viviendas saldrían al mercado si los propietarios no tuviesen miedo de que no les pagasen o de que les machacasen la casa? En toda España, cientos de miles, pueden estar seguros.
Así, como las leyes no defienden al que tiene el piso, se defiende él mismo. Bajando las persianas y echando la llave. Cobrando por anticipado al que cumple las pérdidas que le causará el maleante. Pidiendo una pasta de más, en concepto de "seguro" por lo que pueda pasar.
No entro en la legitimidad o la calidad de la mercancía que vende, pero el propietario de un piso, como el frutero, quiere que le dejen desempeñar pacíficamente su negocio, y si no, pues cierra. Quiere que le den seguridades, que para eso paga impuestos. Pero eso no: es mejor dar subvenciones al inquilino, como si eso fuera a poner más pisos en alquiler en vez de encarecer los que hay, o prometer, a seis meses de las elecciones, que se tomarán medidas contra los morosos, cuando todo el mundo sabe que hace falta casi un año para sacar adelante una medida legislativa de ese tipo.
Todo vale, con tal de no tener que tragarse la foto de la abuelita sacada de casa por la Guardia Civil. Amarillismo puro. Y es que no sólo los políticos, sino también los medios de comunicación también tienen su parte de culpa: ¿qué se juegan a que si se aprueba una ley que ponga en dos semanas en la calle a los morosos, la televisión y los periódicos sacarán en primera plana a la pobre abuela y no a los treinta cabrones que se fundían el alquiler en güisquis?
Somos así: nos va lo trágico y tragedias tenemos. Y las peores, las calladas, son las de todos los días. Las de los que honradamente pagan quitándolo de otro lado. De todos lados.
Las de los pobres a quienes dicen defender los que no aprietan al gorrón.

19 enero 2008

La obviedad como utopía



A veces, viendo el panorama, piensa uno que va a ser verdad aquello de que cambiar de voto en España es como cambiar de camarote en el Titánic. Y es que con los políticos y los sistemas electorales pasa un poco como con los bares y la clientela, que se eligen mutuamente por afinidad.
Del mismo modo que un pub o una cafetería seleccionan a los clientes mediante sus precios, la música que ponen o la decoración con que se ambientan, una ley electoral como la nuestra promueve la llegada a la política de cierta clase de personajes, a medio camino entre el superhéroe y el carterista, entre el visionario y el contable de plaza de abastos. En semejante hábitat, si se me permite el símil ecológico, la aparición de un candidato que pretenda limitarse a desempeñar su cargo en beneficio de sus electores sería tan extraña como la contratación de un camarero al que sólo le interesase satisfacer a los clientes.
¿Qué pasaría con ese camarero? Lo despedirían, por supuesto. Lo mismo que al político, porque debemos tener claro ante todo que a nuestros representantes no los elegimos nosotros, sino sus partidos respectivos. El sistema de listas cerradas supone eso, ni más ni menos: es el empresario, o partido político, el que decide qué clase de personas y que nombres concretos son elegibles, mientras que nosotros como votantes, o clientes, sólo podemos escoger entre lo que previamente han pasado la criba.
En la práctica, el sistema de listas cerradas supone una tutela por parte del aparato político establecido, que decide quiénes son y quiénes no son aptos para presentarse a unos comicios. De este modo, los candidatos son en primer lugar deudores y tributarios de esos engranajes y no de sus electores, y saben perfectamente que la satisfacción de sus votantes no garantiza su continuidad mientras que la docilidad con el partido se suele gratificar con un buen puesto en la siguiente lista.
Nuestros políticos, por tanto, ofrecen lealtad a sus electores a sabiendas de que en realidad deberán estar más pendientes de lo que opine el partido que de lo que contentos o descontentos que estén los votantes con su desempeño. O dicho de otro modo: se casan ya pensando en otra.
Puede oponerse, sin duda, que el partido quiere ante todo ganar las elecciones y que para ello debe proponer candidatos que satisfagan al electorado, pero esto sólo es cierto en los puestos más altos, media docena a lo sumo. Será candidato a presidente del gobierno el que más guste a la ciudadanía, sin duda, ¿pero quién irá de número dos, de tres y de cuatro en las listas al senado por Jaén o por Zamora? El que menos problemas plantee, por supuesto.
El sistema de listas cerradas, en suma, es una vulgar trapisonda para escamotear a los ciudadanos la posibilidad de elegir a las personas capaces que se presentan por cada partido, desechando a los mediocres, los corruptos y los inútiles. En todas las formaciones hay gente con buenas ideas y gente a la que uno no querría ni despiojar al gato: ¿por qué tenemos que quedarnos entonces con el lote completo, como en el remate de una feria ganadera?
Y eso no es todo.
La otra circunstancia legal que conforma nuestro paisaje político, es la extraña convivencia en nuestra ley electoral del modelo territorial con el modelo proporcional. Esto lleva a que un escaño por Madrid cueste ochenta y cinco mil votos mientras que para conseguir un escaño por Soria sólo hagan falta dieciséis mil. Según esta cuenta, la opinión de un soriano vale por la de cinco madrileños.
Semejante despropósito lógico, aplicado a las peculiaridades regionales de ciertas tierras, lleva a que se constituyan partidos minoritarios con vocación de gobernar desde su escasez de votos. Son los que se suelen llamar a sí mismos partidos llave. Y fíjense bien que dicen llave, para abrir, y no columna, para sostener el edificio desde dentro; ni siquiera contrafuerte, para sostenerlo desde fuera. Son llave, porque quieren que otros construyan y sostengan mientras ellos entran y salen del edificio común como Pedro por su casa.
Con tanta gente con vocación de llave, y tan poca deseando se cimiento o pilastra, con no es de extrañar que en nuestra vida política haya tantos cerrajeros y tan pocos arquitectos.
La conclusión, de tan obvia, es casi dolorosa: a los electores, ya que estamos en democracia, nos gustaría poder votar a quien nos diese la gana y saber que el voto de todos vale lo mismo. Nos gustaría, sobre todo, pensar que la obviedad no puede ser una utopía.
Pero de momento, ni eso, oigan. Ni eso.

13 enero 2008

La novela negra de Maddie McCann

La base está clara: el crimen es casi siempre un hecho irracional, y tratar de acercase a él con mente lógica es como jugar al mus con piezas de ajedrez. En esta clase de casos quizás se requiera algo más imaginativo, analítico, pero no totalmente lógico, como una piqueta tanteando en un sótano el hueco que se tapió.
Dicen los que saben más, que son cuatro las posibilidades que se barajan: secuestro, pedofilia organizada, un maniaco sexual y los padres. Oponen al secuestro el que nunca se haya pedido rescate y damos por medio buena esa objeción. Oponen a la trama de trata de niñas la facilidad para encontrar otras víctimas con menos riesgo y en países más apartados. Medio nos vale. Quedan como hipótesis más firmes la autoría de un delincuente sexual que tarde años en aparecer o acaso no aparezca nunca y la participación de los padres, que ante la muerte de su hija, por descuido o negligencia, tratasen de ocultar el cadáver para reducir las gravísimas consecuencias que eso podría tener para ellos, incluyendo la condena por negligencia y la posible pérdida de la custodia de sus otros hijos.
Últimamente, el juicio paralelo, amparándose en las pruebas periciales que se van reuniendo, parece haber condenado a los padres, o al menos así lo afirma nada menos que el ochenta por ciento de los encuestados.
Sin embargo, creo que hay más posibilidades y me gustaría compartirlas con ustedes, en el entendido de que son delirios de novelista. Si sirven de algo, doy por bueno lo que he leído desde los doce años; si no, poco hemos perdido, a estas alturas.
Podría ser también que se trate de un secuestro en el que el rescate no tenga nada que ver con el dinero. Podría tratarse de un ajuste de cuentas en el que alguien, no sabemos por qué, se lleva a la peque a sin necesidad de decir a los padres lo que quiere. No sabemos las razones de estos hipotéticos criminales, pero si los padres hubiesen querido ocultar su negligencia escondiendo el cadáver no es normal que insistiesen con tanta vehemencia en mantener abierto el caso y permanecer en Portugal. El que ha hecho algo así, llora, calla y pide que se investigue, pero no con tanto ahínco. No con una furia que podría acabar perjudicándoles. Si son culpables, ¿qué ganan los padres quedándose en Portugal?
Alguien que sabía que los padres estaban fuera entró en la casa y se llevó a Maddie. ¿No se puede pensar en un sospechoso que estuviese al tanto de los movimientos de los padres?, ¿con quién estaban cenando los McCann?, ¿qué relaciones tenían en su país?, ¿estaban involucrados en algo turbio o debían temer una venganza por algo? Ambos son médicos: ¿murió alguien por un error suyo?, ¿temen que al volver a su país y perder "visibilidad" mediática le ocurra algo a ellos o a alguno otro de sus hijos?, ¿intentan que el caso sea tan célebre que una acción posterior sea casi impensable?
En mi hipótesis, los padres saben lo que pasa, pero eso no significa necesariamente que se encontrasen muerta a su hija por un accidente doméstico y que tratasen luego de deshacerse de su cuerpo.
Puede significar otras muchas cosas, todas siniestras, todas oscuras, pero puertas nuevas y nuevos túneles hacia los que enfocar la linterna.
Hipótesis de novela. Las que quedan cuando las otras no sirven.