
Empiezo a preguntarme si los que en un sistema económico normal tendrían que competir no se habrán cansado de tanta competencia y se estarán buscando la manera de trucar la baraja. Nos dirán que les gusta el poker y que es cuestión de sentarse a jugar, asumir riesgos y realizar cada cual sus apuestas, pero cada vez veo menos claro que las normas sean iguales para todos.
En el mundo de la cultura, por ejemplo, da la impresión alguna veces de que se intenta ante todo espolear la resistencia de los filisteos a aceptar cualquier cultura distinta de la masiva. Se trata de fomentar que se ponga de moda lo más mediocre, de modo que sea eso lo que demanden las masas. Porque lo mediocre es fácil y barato de producir, y todo lo que sea educar al consumidor redundará en un mayor nivel de exigencia.
¿Y qué significa mayor exigencia? Mayor coste. Y mayor coste es igual a menores beneficios, así que en un sistema basado la maximización de los beneficios, la exigencia del consumidor no interesa en absoluto, por más que a veces traten de engañarnos diciendo que sus productos son para el consumidor exigente. Mienten: son para el consumidor que se cree exigente, el que pide agua en el mar y arena en el desierto. El que exige, en resumen, lo que le han enseñado.
El problema de base es la educación, por supuesto. Como dijo Ortega, el sistema actual puede procurar una educación mejor, pero esa educación mejor sería perjudicial para el sistema actual. La educación genera ante todo capacidad de discernir, y al que distingue unas cosas de otras hay que convencerlo para que compre las nuestras y no las de otro. Y convencer a la gente es arriesgado, y caro, y no muy seguro. Es mejor que no distingan y se convenzan solos.
Se dijo hace tiempo que cierta editorial, que producía sólo libros de calidad, fue comprada y desmantelada acto seguido por los nuevos propietarios sólo para que no existiese esa clase de libros en el mercado, libros que incitaban a la gente a pedir lo mismo a las otras editoriales; libros que hacían pensar al consumidor que se podía exigir un producto mejor.
Cuando escuché esta anécdota la atribuí a la teoría conspiratoria general, pero ahora, poco a poco, empiezo a pensar que posiblemente fuese cierto. Ya no me extraña que un sello como Aguilar pasase de imprimir clásicos encuadernados en piel a guías de viaje. Sabiendo quién la compró y lo que hace en sus medios, no me extraña en absoluto.
Y quizás la proliferación de comercios orientales con productos de bajo coste y nula calidad vaya también por ese camino: forzar que la exigencia decrezca. Del precio ya hablaremos luego, poco a poco, en silencio, pero de momento y ahora mismo lo que importa es que la gente se acostumbre a que las cosas no duren.
Que no duren, que no importen y que los productos sean cada vez más anónimos, sin otra identificación que un número de registro. Y el del envasador, que el del productor es secreto.
Y así, mientras tanto, podremos seguir diciendo que crecemos y que somos más ricos y más prósperos, aunque nos maúlle el estómago de comer liebre de la que no sube de precio para no perjudicar al IPC.