
Una vez que hasta los más escépticos han acabado por reconocer la defunción y posterior sepelio de las ideologías, no queda más remedio que pararse un momento al pie del camino, este camino siempre embarrado y cuesta arriba de la historia, para echar un vistazo a la realidad.
Y la realidad es una cosa muy mala, señores, con muchos dientes, muchas uñas y cerdas como escarpias en el cogote.
No sé ustedes, pero yo echo un vistazo general a los candidatos que me presentan los partidos y lo que más deseo es que una vez se imponga el sistema de listas abiertas, porque lo que de verdad me gustaría sería votar a dos o tres candidatos de cada partido.
Pero no: los partidos se reúnen, guisan la lista, incluyen en ella a quienes mejores razones tengan para no quebrar luego la disciplina de voto, y sacan de la cocina un pastel que tenemos que tragarnos. Pastel de lentejas. Y el ciudadanos es libre y soberano, por supuesto, porque puede elegir qué clase y marca de lentejas traga, o si se va en ayunas a casa, sin votar a nadie.
Al final, el dato del que nadie habla es el porcentaje de ciudadanos que decidieron dar al demonio semejante menú y se negaron a votar. Quizás no estuviese mal que los votos no emitidos supusieran sillones vacíos, a ver si los políticos, esos políticos profesionales que nunca trabajaron en otra cosa porque en realidad no sirven para nada, se esforzasen de una vez en buscar a personas capaces de suscitar más confianza en quienes hemos de elegirlos.
Así las cosas, ya ven ustedes lo que hemos tenido: presidentes que en su vida privada desempeñaron honrosas profesiones; pero gestores, ¡ni uno! O si no, echen atrás la memoria: Adolfo Suárez, licenciado en Derecho y político profesional desde los veinticinco años; Felipe González, abogado laboralista; José María Aznar, inspector de Hacienda; José Luis Rodríguez Zapatero, profesor universitario (y muy malo, según dicen sus alumnos). ¿Para cuándo un Presidente con experiencia en gestión y administración de algo, aunque sea de una empresa de gaseosas?
Seguramente, para cuando podamos elegirlo. Porque ahora, no nos engañemos: al Presidente lo eligen los parlamentarios, y a los parlamentarios los eligen los partidos, que los incluyen en sus listas. Nosotros sólo podemos elegir entre varias de esas listas, veamos churras, merinas, galgos o podencos en ellas, bien mezclados y revueltos para mejor disimulo.
Mientras permanezca el sistema actual, este por el que el partido impone los nombres en una lista y el ciudadanos se limita a elegir qué píldora traga, no tenemos más quena democracia de la señorita Pepis.
Por el sistema actual, cambiar de voto en España es como cambiar de camarote en el Titánic.
Y la realidad es una cosa muy mala, señores, con muchos dientes, muchas uñas y cerdas como escarpias en el cogote.
No sé ustedes, pero yo echo un vistazo general a los candidatos que me presentan los partidos y lo que más deseo es que una vez se imponga el sistema de listas abiertas, porque lo que de verdad me gustaría sería votar a dos o tres candidatos de cada partido.
Pero no: los partidos se reúnen, guisan la lista, incluyen en ella a quienes mejores razones tengan para no quebrar luego la disciplina de voto, y sacan de la cocina un pastel que tenemos que tragarnos. Pastel de lentejas. Y el ciudadanos es libre y soberano, por supuesto, porque puede elegir qué clase y marca de lentejas traga, o si se va en ayunas a casa, sin votar a nadie.
Al final, el dato del que nadie habla es el porcentaje de ciudadanos que decidieron dar al demonio semejante menú y se negaron a votar. Quizás no estuviese mal que los votos no emitidos supusieran sillones vacíos, a ver si los políticos, esos políticos profesionales que nunca trabajaron en otra cosa porque en realidad no sirven para nada, se esforzasen de una vez en buscar a personas capaces de suscitar más confianza en quienes hemos de elegirlos.
Así las cosas, ya ven ustedes lo que hemos tenido: presidentes que en su vida privada desempeñaron honrosas profesiones; pero gestores, ¡ni uno! O si no, echen atrás la memoria: Adolfo Suárez, licenciado en Derecho y político profesional desde los veinticinco años; Felipe González, abogado laboralista; José María Aznar, inspector de Hacienda; José Luis Rodríguez Zapatero, profesor universitario (y muy malo, según dicen sus alumnos). ¿Para cuándo un Presidente con experiencia en gestión y administración de algo, aunque sea de una empresa de gaseosas?
Seguramente, para cuando podamos elegirlo. Porque ahora, no nos engañemos: al Presidente lo eligen los parlamentarios, y a los parlamentarios los eligen los partidos, que los incluyen en sus listas. Nosotros sólo podemos elegir entre varias de esas listas, veamos churras, merinas, galgos o podencos en ellas, bien mezclados y revueltos para mejor disimulo.
Mientras permanezca el sistema actual, este por el que el partido impone los nombres en una lista y el ciudadanos se limita a elegir qué píldora traga, no tenemos más quena democracia de la señorita Pepis.
Por el sistema actual, cambiar de voto en España es como cambiar de camarote en el Titánic.