
Dicen que una vez, en uno de sus arranques de retranca gallega, Franco se opuso al nombramiento de Ortega y Gasset como ministro de educación escribiendo "no y no" al lado de su nombre en la lista de candidatos que le presentaron. Ortega era partidario de reducir a cuatro las asignaturas de los estudiantes hasta los diez años, concretamente lengua, matemáticas, música y gimnasia, de modo que sobre esa sólida base pudieran luego aprender fácilmente cualquier cosa, y seguramente a Franco le dio miedo que la gente pudiese aprender cosa. El dictador era partidario de que a los chavales se les enseñase de todo antes que a leer y a hacer cuentas. Como los de ahora. Casualidades.
Franco ni quería a Ortega ni quería a Gasset. Eso está claro. Pero Franco se murió hace treinta y pico años (no hace dos días como parecen pensar algunos), y ahora tenemos un presidente del gobierno con la mente puesta en otro de esos apellidos casi dobles: el Largo Caballero de la revolución de Asturias y la voluntad de aniquilación de la derecha.
Igual que los pintores buscan su maestro, y los escritores tratan de encontrar inspiración en la sobras de sus antecesores, no es de extrañar que los políticos busquen sus raíces ideológicas en los orígenes de su propio partido. Con Zapatero, estoy cada vez más convencido de que trata de reflejarse en Largo Caballero y no en Negrín.
Zapatero trata de seguir los pasos al político que dijo que si la democracia servía para que gobernasen los mismos que gobernarían sin ella, mejor no tenerla. Zapatero parece imitar al que pensaba que la derecha tenía que ser eliminada de las instituciones, relegándola al silencio, y si eso no era posible, llegar a su ilegalización, como se hizo en su día con la CEDA.
Porque Largo Caballero, no nos engañemos, fue un político que trató de fomentar desde el poder las condiciones necesarias para la subversión, para la revolución obrera y para la implantación en España de una dictadura del proletariado. Por eso alentó la revolución de Asturias de 1934, y por eso apoyó los obreros asturianos hasta el último momento.
Hoy en día nos toca preguntarnos qué prepara el presidente Zapatero con tanto nuevo estatuto de autonomía y con tanto diálogo con los terroristas: seguramente la formación de un amplio frente en el que, aunando voluntades de nacionalistas y descontentos profesionales de diversa índole, se haga imposible cualquier gobierno que no sea el suyo. Se prepara aquí un corralito político al estilo mexicano, un PRI de setenta años de revolución institucional, con los medios de comunicación al servicio del pesebre y la estigmatización como fascista de todo el que no esté de acuerdo con sus proyectos expropiadores. Por al final estas cosas siempre pasan por robar, no se crean otra cosa.
Zapatero quiere repetir la revolución fallida de Largo Caballero siguiendo sus mismos pasos: si entonces ilegalizaron la CEDA, hoy deben acabar con el PP. Acallarlo. Reducirlo a cuatro terruños hambrientos y despoblados y pactar con quien sea, ETA incluso, a costa de Navarra o de la sangre de quien haga falta, para estructurar una dictadura bolivariana en España. El caso es llegar a la dictadura; formal, tácita o encubierta, pero a la dictadura.
Y en algo hay que reconocerles la razón: lo mismo que se dejó linchar la CEDA en su día después de ganar unas elecciones se dejaría hoy linchar el PP, entre lágrimas de protesta, y tartamudeos de legalidad impotente. Pero en algo se equivocan y eso también hay que recordárselo antes de que nos conduzcan a algún desastre: que Zapatero no es Largo Caballero, porque no tiene ni su coraje, ni si talento, ni su credibilidad, ni su carisma. Tiene, eso sí, su voluntad de imponerse por la fuerza sin respeto a ninguna norma y su convencimiento de que gobernar significa aniquilar la adversario y negarle incluso la palabra.
Pero en un país lleno de estómagos satisfechos no va a ser bastante con eso. Sin hambre no.
Ánimo, Presidente: arruínenos a todos y a lo mejor lo consigue. Usted puede.