26 diciembre 2013

Las ideas que el nacionalismo resucita sin querer

Cuando tratas de argumentar algo acabas por echar mano a ideas y conceptos que hubiese preferido no tener que sacar a colación, pero el caso es que la tentación resulta a menudo demasiado fuerte como para poder evitarla, y asuntos que parecían atados y olvidados vuelven a la palestra.

Con las reivindicaciones nacionalistas de Cataluña hemos visto regresar al debate público qué es lo que configura una nación y qué criterios no son tan válidos. El tema es importante (para los nacionalistas) porque es lo único que justifica que una consulta, la que ellos piden, se celebre en un ámbito territorial y no en otro.

En el caso de España, las provincias se crearon a mediados del siglo XIX y se crearon un poco a ojo, basándose a veces en las diócesis y a veces, hay que decirlo, en los caprichos de los caciques y terratenientes que preferían estar en la provincia donde podían hacer notar con mayor peso su influencia. Fue así, y no que las provincias bajaran designadas del cielo, como algunos parecen creer a veces.

Limitar, por tanto, el censo de una votación a los habitantes de una provincia es casi siempre una majadería, y aunque lo hacemos constantemente en las elecciones por aquellos de las circunscripciones electorales, existen mecanismos de ajuste que tratan de paliar los efectos de este error perfectamente conocido. Para corregirlo, muchos analistas creen que España debería ser una circunscripción única, donde los votos de todos los españoles valiesen lo mismo, aunque no parece que de momento nadie quiera meter mano al sistema electoral.

¿Y qué pasa cuando lo que quieres demostrar es el derecho a la independencia de una provincias concretas? ¿Por qué esas y no otras?, ¿por qué en sus límites y no un poco más allá o un poco más acá? Entonces no basta con la definición territorial y administrativa y hay que tirar de conceptos como lengua y cultura, ideas que son tan resbaladizas como una pista de hielo y que convierten el debate en un partido de hockey.

 Como zamorano que vive en León no veo que haya más diferencias a nivel cultural entre uno de Tarragona y uno de Teruel que entre una persona de Benavente y una de Ponferrada. Un polaco y un ruso se parecen más que un francés de Bretaña y un francés de Marsella, y un español y un italiano se parecen más seguramente que un norteamericano de Texas y uno de Boston.

Los nacionalistas generalmente se dan cuenta de ellos y apelan al idioma, y precisamente por la importancia crucial del idioma en su discurso lo consideran intocable y hacen tanto hincapié en su defensa.

Y ahí es donde nos metemos en el gran avispero: ¿Somos, acaso, 400 millones de españoles? ¿Podemos decir que un venezolano o un chileno es un español que se ha despistado? O peor aún: ¿reconocemos que Austria pertenece a la nación alemana?

Por ese camino nos despeñamos. La utilización de ideas simples lleva siempre a conclusiones peligrosas. No podemos explicar en Europa este tipo de cosas cuando los austriacos, por seguir con el ejemplo, tienen una lengua y una historia común con los alemanes.

A este paso, los catalanes, en vez de conseguir crear un estado propio van a resucitar el Reich. O por lo menos a darle la razón a los que quisieran resucitarlo.

Y no es plan.

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