05 julio 2009

Malvas como campanas


Ni elecciones europeas ni leches en vinagre. Lo nuestro, se pongan como se pongan los cosmopolitas, no está en Europa. De poco nos vale en Zamora que el partido pirata sueco haya logrado entrar en el parlamento para defender los derechos de los ciudadanos y combatir el monopolio intelectual en que se han ido convirtiendo algunos tipos de patentes, o que el socialismo se haya despeñado por la pendiente de su propia insustancialidad, o que los conservadores remonten el vuelo con las alas del miedo.
Lo nuestro es mucho más urgente y máx concreto. Es tema de carne. De sangre. De huesos y tendones. Los que no hay.
Dice el avance del padrón, que pudimos leer en el editorial de este periódico hace unos días, que la provincia de Zamora pierde nada menos que 1578 habitantes. Será verdad, pero si me lo permiten, aún me queda una sospecha: ¡si sólo fuese eso! ¡Qué contentos nos pondríamos si sólo fuera eso!
Pero no, oigan. La realidad es mucho peor, porque los números tiene esa puñetera peculiaridad: que parecen exactos y verdaderos, precisos e indiscutibles, pero mienten como feriantes voceando garrafones de crecepelo. Nos dicen que perdemos mil quinientos y pico habitantes y no pensamos que lo que en realidad sucede es que ganamos tres mil quinientos y perdemos cinco mil. El saldo parece el mismo, pero la auténtica tragedia está en que recibimos tres mil quinientos viejos que vuelven jubilados de sus lugares de trabajo y nos despedimos de cinco mil jóvenes que van a buscarse los garbanzos fuera, porque saquí ya no los hay ni de secano.
Lo que el censo no dice, con sus lustrosas cifras, es en cuánto se modifica de año en año la media de edad de la provincia, porque si además de contar las cabezas contara los años, entonces descubriríamos que hemos perdido mil quinientos habitantes y hemos ganado veinte mil años, por lo menos. Y tres mil reumas, que tampoco está mal.
La desgracia de nuestra tierra no es sólo que se despueble, sino que se marchita. Somos víctimas de un sistema impositivo por el cual ponemos nosotros los embalses y los saltos de agua y otros cobran los impuestos por el simple método de domiciliar las empresas comercializadoras en su comunidad autónoma. Somos el lugar por el que se pasa, con los cables, los tubos y los caminones, y nos gastamos la hijuela en arreglar las carreteras para que otros comercien y nos nieguen luego cualquier aportación en nombre de una solidaridad que sólo tiene un sentido. Somos la casa de Tócame Roque, porque un zamorano cotizando en Barcelona es dinero que da Cataluña al Estado, pero cuando vuelve a casa tras jubilarse, resulta que su pensión es dinero que el Estado da a Zamora, con lo que recibimos, según su cuenta, mucho más de lo que damos.
Somos, en resumen, la abuela al que todo el mundo le pide la propina dando por hecho que, a sus años, no tiene vicios en que gastar la pensión ni motivos para ahorrarla.
Nos ven camino del cementerio, criando malvas como campanas y así nos tratan.

04 julio 2009

¿Especialistas en qué?


Vivimos en un mundo complejo. Todo es complicado y hasta el menor de los artilugios, o de los papeleos, requiere la cooperación de un montón de personas y tecnologías. En un mundo como el nuestro parece imperativa la formación de especialistas, porque es tan grande y de tal amplitud la variedad de campos del saber que no se puede pretender ya que un hombre, por grande que sea su capacidad, abarque todos esos conocimientos.
Quizás por eso se han ido suprimiendo poco a poco de los planes de estudios todos esos conocimientos que llamábamos humanistas y que hoy algunos no tienen mayor empacho en calificar de inútiles. Cada enfermedad tiene su propia especialidad en medicina y cada pieza de un coche acabará teniendo su propio mecánico. Una manera como otra cualquiera de fragmentar el trabajo y el esfuerzo para maximizar el resultado final. Vale. Como Dios.
Y ahora viene la pregunta jodida: Y partiendo de estas premisas, ¿ quién se ocupa de las tareas de coordinación del conjunto? Porque se supone que cada cual es especialista en una cosa y sabe mucho, o todo, de lo suyo, que es limitadísmo, y muy poco de todo lo demás. Y claro: resulta que las piezas del coche hay que ensamblarlas y que hay que poner de acuerdo a los albañiles con el ingeniero, a este con el economista y a todos con la administración para al final construir el coche o levantar el edificio. En un sistema orientado a la especialización, ¿quién coordina?
La respuesta da miedo: el que no sirve para otra cosa.
Cuando el sistema se orienta a la especialización, los mejores sueldos, las mejores posibilidades laborales, las mejores carreras y el mayor reconocimiento social se lo llevan los que han conseguido destacar en su pequeña parcela concreta. Por tanto, los puestos interdisciplinares, los que deben abarcar varias materias, los acabarán desempeñando aquellos que retrocedieron en el escalafón de su especialidad porque no pudieron destacar en ella. El mejor oculista no va a dirigir el hospital, ni el mejor traumatólogo, ni siquiera el mejor economista. Esos estarán en otros puestos, ganando mucho más en su especialidad. ¿Quién dirige el hospital, la fábrica o el país con este sistema educativo? El mediocre, porque le que realmente vale ha sido desviado, desde la universidad e incluso antes, hacia una férrea especialización.
Así las cosas, hagan un ejercicio de memoria y díganse a sí mismos qué puestos tenían fuera de la política los que nos gobiernan y los que aspiran a gobernarnos. ¿Hay alguno que haya destacado terriblemente en su campo antes de convertirse en gestor o coordinador de la caja y la ley común? Si acaso, Rodrigo Rato, que era un conocido empresario aunque no el más rico ni el más brillante, pero fuera de ese, que llegó a presidir el Fondo Monetario Internacional, ¿quién más se les ocurre a ustedes?
A mí, ninguno. Así que si todo está hecho una pena y cada cual va por su lado, trabajando a lo tonto y gastando a lo idiota sin tener en cuenta lo que hacen los demás, ¿de qué nos extrañamos?

03 julio 2009

La risa floja

Lo que más me preocupa de la situación económica y social que estamos viviendo no es lo mal que lo pasan algunos, sino las caras que les veo cuando me los encuentro por las calles. son rostros de desilusión, en vez de enfado, como si en lugar de ver desaparecer el pan de sus hijos vieran perder la fase de ascenso al equipo de su pueblo.
De pronto, no sé si se habrán fijado, parece haberse extendido una especie de humorismo obligatorio según el cual es imprescindible hacer bromas sobre la crisis, y hasta los anuncios de algunos productos la mencionan como si hablaran de una nueva moda, como el flequillo a un lado o los pantalones de campana. ¡Pruebe el yogur contra la crisis!, ¡sonajeros anticrisis!
La trivialización ha llegado a desvirtuar hasta la angustia. Angustiarse por no poder pagar, o por no poder llegara fin de mes, o por ver cómo el puesto de trabajo pende de menos que un hilo, es trivial. Da la impresión de que el miedo al qué pasará, o el temor ano ser capaz de salir de la mala situación en la que se encuentra la propia familia fuese un rasgo de histeria, propio del que se ahoga en un vaso de agua.
En realidad, a mi juicio, la histeria es la contraria. Vivimos en medio de una risa floja, una de esas risas macabras de condenado a muerte, que se vuelve cínico porque no encuentra salvación. Y la hay, no crean que hablo desde el pesimismo, pero no pasa en ningún caso por esperar que todo se arregle solo. La anestesia ha llegado hasta nosotros para convencernos de que es mejor aguantar lo que nos echen a decirle de una vez al gobierno que deje de sepultarnos en sus estupideces, a la administración regional que deje de aceptar y apoyar una reglas tramposas que nos esquilman, y a la municipal que administre de una vez lo que tiene en vez de endeudar hasta a nuestros tataranietos.
Nos reímos, aunque la procesión vaya por dentro, porque la risa se ha impuesto como norma para evitar que se imponga el rechinar de dientes. Antes los españoles éramos católicos y pasábamos por todo con la esperanza del Cielo, y a eso se le llamaba cristiana resignación. ¿Qué nueva religión tenemos ahora, y qué cielo nos ofrecen, para seguir tan resignados, tan escasos de esa fuerza elemental que es la indignación?
A lo mejor no nos importa que se acabe el trabajo porque nunca quisimos un trabajo, sino un salario, y aún parecen quedar posibilidades de que el salario dure aunque desaparezca el trabajo. A lo mejor no nos duele ver que es imposible emprender empresa o proyecto alguno porque nunca tuvimos verdadera intención de emprender nada.
A lo mejor esta ruina general nos viene bien en el fondo porque nos permite echar la culpa a otros de nuestra incapacidad, nuestra falta de iniciativa, y nuestra tendencia a esperar que alguien, en una hornacina de un retablo o en un escaño del Congreso, se ocupe de que no nos falte lo necesario.
Cuando nos sobraban los medios, nos faltaban los fines. Ahora por lo menos no hay medios y no se nos nota tanto lo que somos.
Por eso nos reímos con risa floja. Quizás de alivio.

02 julio 2009

Instrucciones para flotar



Un amable lector me acusaba el otro día, con los mejores modos y la mejor prosa, de seguir escribiendo literatura negra fuera de las novelas. Puede que así sea, y como no hay mejor manera de desmentir una acusación que recaer en el pecado que se señala, les voy a contar mi pronóstico, no sé si a corto o medio plazo, sobre la solución de esta ruina económica que padecemos.
El caso, señores, es que da igual que el gobierno permita desgravar poco o mucho de una vivienda, porque el problema principal es que no hay dinero en el mercado y por tanto ni los bancos lo pueden prestar ni los empresarios lo pueden invertir.
Tanto en España como en el resto de países desarrollados, la quiebra del sistema financiero ha llevado a una terrible falta de liquidez que poco a poco se ahonda con el descenso del consumo y el crecimiento del desempleo.
Cuando la situación se agrave un poco más, y les aseguro que seguiremos viendo datos muy negativos a lo largo de todo este año y seguramente el que viene, los gobiernos se verán abocados a devolver liquidez al mercado, y como el endeudamiento no es posible, porque tampoco hay quien preste, se acabará recurriendo a la imprenta.
A la imprenta se puede recurrir de distintas maneras, en el caso español: esperando a que el Banco Central Europeo decida devaluar el euro, como los ingleses devaluaron ya salvajemente la libra, o como los americanos han devaluado el dólar. Es muy posible que el Banco Centralo Europeo devalúe el euro entre un veinte y un treinta por ciento para poder inyectar liquidez al mercado y salir del hoyo. ¿Y quién paga las devaluaciones? Nosotros, por supuesto. Cada euro que tengamos en el banco o en el bolsillo valdrá de una noche para otra un veinte o un treinta por ciento menos. La otra posible salida es que los países con datos de déficit más duros y economías más golpeadas, como España, acaben saliéndose del euro, por su propio pie o de una patada en el culo. Esto, por supuesto, conducirá también a una inmediata devaluación de la nueva peseta, carente del respaldo internacional con el que cuenta el euro.
O sea, y resumiendo, que yo estoy convencido de que va a haber una devaluación. Y contra la devaluación sólo se puede luchar de dos modos: o evitando tener dinero en efectivo, o endeudándose. Y si se pueden combinar las dos, mejor.
El que tenga una cantidad de cierta importancia en la cuenta del banco, lo mejor que puede hacer es invertirlo en lo que sea. Si es en acciones de una empresa eléctrica, como Iberdrola, o REE, la inversión será más o menos segura y puede que hasta rentable. Es un suponer, nada más, y cada cual sabrá, pero si hay una devaluación, el dinero perderá valor, pero no las acciones. Y si luego necesita ese dinero, va vendiendo poco a poco acciones, ganando o perdiendo, para obtener lo que necesite, pero no deje más de cuatro cinco mil euros en efectivo en el banco, o lo lamentará.
Si con el tiempo ven que acierto y han salvado el pellejo por saberlo a tiempo, me deben una botella de vino o un queso, que en Zamora no hay cosa mejor que se pueda pedir, a Dios gracias.
Si no acierto y la economía se recupera, tampoco perderán en las eléctricas.
De nada.

01 julio 2009

El mileurista como nuevo rico


 
Durante los días previos al inocuo y aséptico Debate sobre el Estado de la Nación, los comentaristas oficiales y extraoficiales, dedicados a calentar el encuentro como si se tratase de una final copera, no se cansaron de decir que el Presidente Zapatero haría algunas propuestas novedosas, de corte social e inasumibles para la derecha.
Algunos nos temimos que anunciase el sueldo universal para todos, o una ampliación indefinida del subsidio de desempleo, o alguna de esas ideas que se le pasan por la cabeza a la gente de mentalidad caciquil que cree que no hay por qué ganarse los votos que cuando se pueden comprar, y con dinero ajeno además.
Pero no: no era nada de eso. En cierto modo, fue peor. El Presidente del Gobierno ha anunciado, nada menos, que para los pisos comprados a partir de 2011 dejará de será aplicable la deducción por vivienda para las rentas superiores a veinticuatro mil euros. Así que quienes estén pensando en comprarse una casa lo mejor que puede hacer es darse prisa. Esa es la moraleja, interesada y torticera.
Cuando se analiza un poco más despacio, semejante ocurrencia es simple y llanamente desastrosa, y no sólo por sus consecuencias económicas, sino por lo que supone implícitamente en cuanto a valores, previsiones e ideología.
En primer lugar, esa medida da a entender que el Gobierno no cree en la igualdad y que considera aceptable que haya ciudadanos, los que compraron la vivienda antes del 2011, que desgraven hasta nueve mil euros al año por ella, mientras que otros, con sus mismas o mayores necesidades, deban pagar el doble o el triple de impuestos. ¿Dónde están los principios de igualdad y equidad de la Ley General Tributaria? Se los pasan por el forro. Mala cosa. Muy mala.
En segundo lugar, la medida es un claro y directo perjuicio para los jóvenes, que ven que desde ya se les dice directamente que ellos tendrán que pagar el desaguisado actual y que si ahora lo tenían difícil para emanciparse, en el futuro las pasarán todavía más negras. Esta clase de manipulaciones sólo las puede hacer quien menosprecie a la juventud, por mucho que se le llene luego la boca con homenajes, pitos y zambombas sobre los dueños del futuro y la leche merengada.
En tercer lugar, y para mí el más grave, decir que se va a cortar la desgravación fiscal para las rentas más altas y salir luego con que esas rentas tan altas son las superiores a veinticuatro mil euros, raya lo vergonzoso. Al Presidente del Gobierno lo ha delatado el subconsciente, porque, por lo que se ve, piensa que un matrimonio en el que trabajan los dos y ganan mil euros brutos al mes (o sea, que se llevan a casa ochocientos euros cada uno) es un matrimonio de clase alta. Echen la cuenta: mil euros, por doce meses, doce mil. Si trabajan los dos, veinticuatro mil. ¿Eso es para Zapatero un ejemplo de la clase pudiente?, ¿un matrimonio que lleva a casa ochocientos euros cada uno es realmente gente adinerada?, ¿era ese el ataque a los ricos que no podría tolerar la derecha?
Pues a lo mejor sí. A lo mejor en 2011 serán esos los que más tengan según las cuentas de Zapatero. No lo descarten.

23 mayo 2009

Una lanza por Blas



Ahora que estamos en un punto en que reivindicar lo español es sinónimo de ser un nacionalista ultramontano, y que enorgullecerse de los abuelos propios viene a significar lo mismo que mentarle la madre al vecino (quizás porque se acostaba con el abuelo, aunque nunca lo supimos), quiero romper una lanza por los navegantes españoles, postergados en la historia por otros nombres anglosajones de más relumbrón en el cine y más sentido común en las aulas.
Hoy he leído que un barco español ha detenido a otros siete piratas en Somalia y quiero acordarme de Blas de Lezo, el increíble vencedor de la batalla naval de Cartagena de Indias, donde los ingleses perdieron tres veces más barcos que nosotros en el desastre de la Invencible, aunque nadie lo sepa y nadie hable de ello, porque somos así de panolis y de tarugos.
Se supone que los ingleses eran los amos del mar y hasta aquí lo reconocemos, como bobos, sin pensar que si los ingleses se dedicaban a la piratería y nosotros a combatirla era porque no sabían ni podían enfrentarse abiertamente a nuestra armada. Pero ya ven: con los años todo el mundo se sabe el nombre de los pitaras, y le suena Francis Drake, y hasta los aplaude de vez en cuando, sin querer enterarse de que en el mundo real, fuera de las pantallas de cine y los libros de aventuras, se convirtió literalmente en mierda (murió de diarrea crónica) en unas ciénagas de Nicaragua porque no se atrevió a salir a enfrentarse a los barcos españoles que le esperaban.
Ahora, cuando la piratería, con sus hazañas de robo y secuestro en el mar, vuelve por sus fueros, nada tiene de extraño que una vez más sean los barcos españoles los que hayan ido a combatirla, y más que lo harían si les dejasen. Hay imágenes que se quedan para siempre en la mente colectiva y que se asocian a un objeto de manera inseparable. En la mente colectiva de medio mundo, los tanques llevan pintada una cruz negra y los barcos que luchan contra los piratas la bandera roja y gualda.
Sin embargo, a nosotros, estas cosas parecen no importarnos y seguimos ocultándolas tras un manto de indiferencia o ignorancia. Conocemos a los piratas que nos robaban, pero no a los nuestros, que nos defendían. Sabemos quién era Barbarroja, pero no quién era Blas de Lezo, terror de corsarios y azote de bucaneros, a los que colgaba a pares en las jarcias de su barco.
Los españoles somos así, oigan, y ya ven que no es nuevo: aplaudimos a los piratas ingleses de las películas y ofrecemos dar cursos universitarios a individuos como Julián Muñoz, a ver si enseña a los alumnos nuevas técnicas en el arte del desfalco, o del cohecho, que en el fondo es lo que quieren aprender aunque no lo reconozcan abiertamente. Ya verán como el curso se llena, aunque sea de pago.
Se llenará como nunca se llenó uno de criminalística, ni como se llenaría ningún curso que enseñase a combatir la estafa.
Por eso, cada cierto tiempo, volvemos al barro. Porque nos va la marcha.

22 mayo 2009

Vampiros forasteros



Que la gente busque su propio interés es una de las bases del capitalismo. De hecho, el mecanismo al que Adam Smith llamaba pomposamente mano invisible es la suma de todos los intereses propios defendidos por los ciudadanos particulares. La tesis, discutible si quieren, es que si todo el mundo busca realmente el interés propio, al final se conseguirá una defensa tácita del interés común, porque cualquier perjuicio que se genere lo sufrirá alguien y ese alguien tratará de impedirlo.
Y después de semejante párrafo teórico, al pregunta práctica es: ¿qué tiene entonces de extraño que los rumanos inmigrados a España digan que prefieren vivir aquí en el paro que ir a vivir a Rumanía aunque el gobierno ofrezca trabajo a los que regresen?
La cosa está clara: si el subsidio de desempleo español, o la ayuda familiar en su caso, es varias veces superior al salario medio rumano, la gente preferirá vivir aquí en lo que se supone que es el mínimo, que en su casa, en peores condiciones.
El reto que esta crisis nos plantea es reconocer de una vez que no podemos tener la misma moneda y los mismos derechos teóricos sin en la práctica resulta que el abismo de riqueza que nos separa convierte toda el mecanismo en papel mojado y en fisura para que entre la picaresca. El estado del bienestar, como cualquier juego lúdico, social o humano, se tiene que basar en unas normas homogéneas, y lo mismo que es de locos entrar a competir en un mercado libre con países que no tienen normas laborales ni de calidad en la fabricación, no se puede entrar a homogeneizar las prestaciones por desempleo, u otras similares, con países donde trabajar produce menos que estar aquí cruzado de brazos.
Lo curioso del asunto, si se fijan, es que el problema no lo ha planteado nuestro gobierno, al que parece que le da todo igual, sino el gobierno rumano, que se ve impotente para conseguir que la gente regrese al país en un momento donde se necesita mano de obra cualificada.
El problema, ciertamente, es que mientras a nosotros nos cuesta unos dineros preciosos mantener a esta gente aquí, su país no acaba de despegar por falta de personal.
Y es que el inconveniente de la caridad siempre ha sido el mismo: que hace daño al que da y hace daño al que pide. Al uno, por lo que le cuesta, y al otro por las oportunidades que pierde de dejar de necesitar lo que le regalan.
Ya que hablamos de Rumanía, conozco el país, y les aseguro que es una nación acojonante. Por ejemplo Brasov y Timisoara no tienen nada que envidiar a otras ciudades con encanto que se les puedan venir a la boca.
El único problema que tienen allí es que pasaron demasiados años dentro de un régimen, el comunista, que les acostumbró a que todo, lo poco que había, venía del aire. Y ahora, cuando el comunismo se ha ido al carajo, los que les decimos que se puede vivir sin hacer nada somos nosotros.
No me extraña que su presidente esté tan cabreado. No me extraña que digan por allí, por Transilvania, que los vampiros existen, pero siempre son de fuera.

21 mayo 2009

Experimentos académicos y sociales



Me tiemblan las piernas sólo de pensar qué nueva chorrada dirá la ministra de turno, o el presidente, para justificar que los estudiantes españoles sigan siendo de los peor preparados de Europa y de que la incultura avance a pasos pantagruélicos por este país, que fue piel de toro y acabará en piel de burro al paso que llevamos.
Sepan, de todos modos, que de la piel de toro se hacen zapatos para andar y de la piel de burro tambores para darles palos, así que bien claro está el símbolo para quien lo quiera entender.
Por este camino, señores, el país no puede salir adelante. Si sólo tenemos gente preparada para tirar de pala, tenemos que competir con los países donde sólo saben tirar de pala, y lo cierto es que la gente de esos sitios cobra menos y exige menos que los nuestros, así que mala cosa. Y si queremos competir y convivir con el primer mundo, lo que no puede ser es que la enseñanza vaya por dónde va: al garete, y con unas prueba objetivas de comprensión lectora y cultura que nos cubren de vergüenza.
Lo malo es que no es culpa solamente del gobierno actual. Desde que tengo memoria, que es poco después de la voz entrecortada de Arias Navarro anunciando la muerte de Franco, la cosa ha ido a peor. A mí, por ejemplo, me metieron un plan experimental de matemáticas (álgebra de conjuntos a los siete años) que me convirtió en un zoquete numérico de por vida. Fue allá por el año setenta y siete y aún no he terminado de cagarme en sus muertos.
Posteriormente, con los filisteos del PP y los doctrinarios socialistas se ha ido quitando el latín, el griego y la enseñanza de las Humanidades en general, y sustituyéndolas por mandangas regionales, bailes folclóricos y abrazos comunales. Si sirviese de algo lo daría quizás por bueno, pero lo cierto es que con tanta solidaridad, tanta ética y tanta gaita, al final la gente sale sin saber nada y más violenta y cruel con los compañeros que nunca.
En resumen, ¿qué pasa? Pues que cuanto más se les llena la boca a algunos defendiendo la enseñanza pública más gente lleva los hijos a la privada. Y no porque sea buena, sino porque es un poco menos mala. Y no porque esperes que el niño aprenda mucho más, sino porque esperas que le impongan alguna disciplina y le presten alguna atención en vez de usarlo para integrar a algún pobre desgraciado que no tiene culpa de necesitar integrarse, pero que se acaba convirtiendo en un lastre para los compañeros. Las cosas como son: si se mezcla un litro de vino con una cuba de veneno, el resultado es veneno; y si se mezcla un litro de veneno con una cuba de vino, el resultado también es veneno. Y la integración es eso.
Afortunadamente no han empezado a aplicar eso de la integración en los hospitales, porque el día que decidan que hay que integrar a los enfermos y mezclen en la misma planta a los infecciosos con los cardiacos, a los psiquiátricos con los de oncología, entonces sí que vamos a saber de una buena vez lo que significa para la enseñanza la idea de que los chavales van al colegio a hacer vida social y a mejorar sus traumas en vez de a aprender matemáticas, inglés y geografía.
Pero está visto que lo de aprender es lo de menos. Y si no, no tienen más que echar un vistazo a los horarios, pensados para complacer a los sindicatos y no para ayudar a los estudiantes. O preguntar a algún profesor qué se puede hacer con un sistema disciplinario como el actual, donde el maestro carece de autoridad.
Han sido geniales todos nuestros gobernantes de estos años. Ni un enemigo que ocupara el país nos habría hundido tanto.

20 mayo 2009

Manifestación contra la gripe



No sé a qué están esperando eso que llaman las fuerzas sociales vivas de este país para convocar una gran manifestación contra la gripe. Si son capaces de manifestarse contra el paro y contra el terrorismo, ¿por qué no contra esta gripe porcina, gorrina o cochinista, que no deja de consumir horas y horas de informativos?
Que la convoquen de una vez y ya verán como son miles, o cientos de miles, los pasmados que acuden a pasear su buena intención, o su voluntad de que las cosas se arreglen, armados de banderas diversas o ataviados con algún símbolo mágico creado para la ocasión. Y además, el cachondeo en el exterior no sería superior al de otras veces: si se pide a los terroristas que dejen de matar, ¿por qué no pedir a los virus que dejen de infectar? ¿O es que se creen que hay alguna diferencia entre el caso que pueden hacer los terroristas a una manifestación y el caso que van a hacer los virus de la gripe?
A mí todo este barullo mediático en torno a enfermedades extrañas me parece demasiado oportuno para tapar otras cosas. Y no es que no me crea que existe la enfermedad, que sí que existe, y ya se ha llevado a algunas personas por delante, pero creo que los cerebros pensantes de medio mundo están cayendo en un alarmismo exagerado que a la larga vamos a pagar muy caro por el conocido mecanismo del cuento aquel de "que viene el lobo".
La famosa gripe puede ser peligrosa y lo que quieran, pero ni es más peligrosa ni está teniendo más incidencia que cualquiera de esas enfermedades raras que también matan a la gente y nadie se molesta en investigar porque, según la definición, afectan a menos de cinco personas por cada diez mil habitantes.
O sea, que ya lo ven: si tiene usted una enfermedad que afecta a menos de cinco de cada diez mil habitantes, posiblemente no sepan curarlo, o no haya medios siquiera para diagnosticar correctamente su mal, pero para que la gripe esta de los cerdos dejase de ser una enfermedad rara, como la enfermedad de Crohn, o la anemia de Fanconi, debería haber en España al menos dos mil casos, cifra a la que no hemos llegado ni por asomo.
Lo malo de todo esto es que las supuestas pestes como las vacas locas, la gripe aviar y ahora la gripe porcina, se acumulan en la mente colectiva y van creando su propia costra de indiferencia, y el día que de veras haga falta que la gente se alarme todo el mundo se encogerá de hombros y se preguntará qué nueva crisis o qué agujero habrá que tapar esta vez.
A lo mejor lo que pasa es que las autoridades sanitarias empiezan a pensar como los de Tráfico: se anuncian siempre nevadas descomunales, y así, cuando de veras nieva, se lavan las manos y le pueden echar la culpa a otro.
A lo mejor lo que pasa es que de veras hace falta una manifestación contra la gripe, pero no contra el virus, sino contra los que parecen empeñados en venderla.
Con el tiempo nos enteraremos de por qué.

19 mayo 2009

Pues no será



Decía el presidente Zapatero hace poco que la salida a la crisis actual será social o no será, y la frase, por sí misma, da más miedo que una vagón de pulgas. Nada menos que nuestro presidente del gobierno viene a decirnos que si las cosas no funcionan haciéndolas como él dice se irá todo al carajo. Eso, si lo miran bien, es lo que viene a significar la frasecita.
Y el caso es que me parece a mí que la salida de la crisis no puede ser nunca social, o al menos no en el sentido en el que este señor y sus turiferarios entienden la palabra social, que para ellos significa gastar más y, a ser posible, lo de los demás.
Cuando las cosas van mal, no se puede incrementar el gasto no productivo, sea cual sea la partida en que se encuadre ese gasto. Podemos decir que las necesidades humanas son lo primero y que el lucero del alba canta por alegrías, pero la realidad, la puñetera realidad es que del hoyo sólo se sale creando riqueza, y no distribuyéndola. ¿Que eso no es justo? Ya lo sé, pero para hablar de justicia ya está Séneca, si les parece. La enfermedad no es justa tampoco y afortunadamente en los hospitales trabajan para curarte y no para echarte sermones sobre la injusticia de que te hayas puesto malo.
Repartir es una virtud, desde luego, pero sólo se puede repartir lo que hay y para que haya más es necesario que se cambien los incentivos, único mecanismo válido en una sociedad basada, se supone, en el derecho y las libertades.
Un país en el que miles de jóvenes, decenas de miles, estudian una carrera por cuenta del bolsillo común, y cuando acaban se pasan otros cinco o seis años preparando oposiciones, porque es lo más cómodo y es para toda la vida, no puede ser un país próspero.
Un país en el que se mira mal al que pone una empresa o un negocio y se enseña a los chavales en la escuela a detestar el enriquecimiento y el lucro porque es inmoral puede ser un país de predicadores y misioneros, pero no un país próspero.
Un país, en suma, donde todo se da por bueno a la espera de que caiga la tajada propia se puede sostener por un tiempo mientras hay para todos o mientras el dinero llega a chorros de Europa, pero cuando vienen mal dadas y se cierra el grifo nadie debe extrañarse de que las empresas empiecen a plegar velas en buscar de otros aires y, sobre todo, de otras gentes con menos mentalidad de señorito de cortijo.
Porque el problema no es el clima, ni la tierra: el problema somos nosotros, que nos hemos ido convenciendo poco a poco de que alguien arreglará las cosas o de algún sitio saldrá lo que haga falta, como si tuviésemos un tío rico que al final se compadecerá de nosotros y nos acabará pagando las facturas con las que nos hemos entrampado.
Y no es así: no hay ningún tío rico esperando para pagar. Este agujero que vemos crecer lo vamos a pagar nosotros solos, o endeudando hasta a nuestros nietos mientras haya quien nos quiera prestar.
La salida a esta crisis, señor Zapatero, será aumentar productividad o no será. La salida será de esfuerzo o no será. La salida será de dar el callo y no vivir por encima de lo que tenemos, o no será.
O sea, que por lo que al Gobierno respecta, no será.